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IRLANDA

Las ganas de visitar Irlanda las resumo en que es uno de esos países que seguramente no tienen algo espectacular para ver pero que siempre me atrajo visitar. Lo asemejo al norte de España que tanto me gusta, con sus verdes paisajes y con sus casi 1,500 kms de costa. También lo comparo con otro país cercano, Escocia, que me encantó recorrerlo en 2008 (https://apasionadosporviajar.com/escocia/). Con la visita a Irlanda, cerrábamos el círculo de las islas británicas y podíamos tener ya una visión bastante amplia de las mismas.

Teníamos además tantas ganas de viajar y dejar atrás este maldito COVID19, que no me resultó muy difícil hacer que también me acompañaran mis amigos viajeros Rocío y Manolo (y qué gran pena que no pudiera venir Roberto finalmente con nosotros).

Hace unos meses compramos los billetes con Ryanair, como no, aerolínea irlandesa y que no es santo de mi devoción pero que por precio, no suele tener rival. Por los pasajes pagamos unos 95€ cada uno ida y vuelta, un buen precio.

25 de septiembre de 2021

En un vuelo directo a Dublín desde Madrid llegamos a la capital irlandesa sobre las 19h que nos regaló este maravilloso atardecer a punto de aterrizar.

Y sorprendentemente nos encontramos un tiempo estupendo a pie de pista, ¿no hay lluvia? qué afortunados, ¡¡estábamos por fin en Irlanda!!

Una vez que aterrizamos y entramos en el moderno aeropuerto de Dublín nos dirigimos rápidamente a por nuestro coche de alquiler, la oficina nos cerraba a las 20h así que llegamos justo a tiempo. La verdad es que me costó bastante encontrar un buen precio, las compañías de siempre eran muy caras, Avis, Europcar.. y tampoco encontré ninguna local con buena tarifa, así que finalmente encontré la mejor en la página Rentalcars, que no sé si sabéis que es del mismo grupo que Booking.com. Habíamos pagado al hacer la reserva unos 40€ por día, pero una vez allí nos ofrecieron el todo riesgo por 30€ más y decidimos cogerlo, sí, somos así de precavidos, aquel viaje a Islandia, nos dejó secuelas psicológicas :). El coche que nos dieron fue un fantástico Hyunday Tucson con sólo 700 kms, osea, prácticamente a estrenar.

Desde allí fuimos rápidamente al que sería nuestro alojamiento esa noche, el Egans House, un bed & breadfast clásico con buenas críticas y por el que pagaríamos 114€ sin desayuno, un buen precio para 3 personas (aunque podríamos haber dormido 4) sabiendo que los alojamientos en Dublín no son muy baratos. Es una antigua gran casa victoriana con más de cien años que dispone de nada menos que 32 habitaciones, con parking propio de pago y desayuno a 12€ (caro para mi gusto).

Esta es la ruta hacia el sur para llegar desde el aeropuerto. Como podéis comprobar, está muy cerca del centro.

La habitación que nos encontramos, con una decoración muy clásica y por tanto muy diferente a lo que estamos acostumbrados, yo creo que por esto no me disgustó.

Dejamos las maletas y nos fuimos al centro en coche (cosa que he hecho bastantes pocas veces en mis viajes pero no teníamos mucho tiempo) guiándonos con Google Maps, que gran noticia siempre es tener datos en cualquier sitio fuera de España. Buscamos un parking en el barrio céntrico y animado de Temple Bar, el más antiguo de la ciudad, que encontramos cerca de la calle William Street y salimos en búsqueda de un sitio para cenar. Las calles estrechas estaban abarrotadas de gente cenando y tomando algo, esto es algo que caracteriza a la capital irlandesa y es uno de sus atractivos, más que monumentos y edificios para visitar.

Tenía varios pubs apuntados para cenar así que buscamos uno de ellos cercano, el Pub O’Neill’s, pero ya tenían cerrada la cocina, y lo mismo en un par de ellos alrededor. Eran las 9 de la noche y nosotros muertos de hambre. Junto a la iglesia St. Andrew’s Church, finalmente encontramos uno que parecía italiano llamado Pacinos que todavía seguía dando cenas así que allí nos quedamos. Pagamos los 3 una cuenta de 74.50€, con un plato para cada uno, pizzas, un salmón para Rocío y cervezas, que como nos imaginábamos no son baratas, la pinta 5,5€. Teníamos ya nuestro primer encuentro con uno de los mitos de Irlanda, y eso que no somos muy cerveceros. La verdad es que no estuvo mal la comida, buena atención y sitio agradable.

Salimos del restaurante, y aunque estábamos cansados por el viaje, no perdimos la oportunidad de dar una vuelta por esas animadas calles y por supuesto fuimos en búsqueda del pub más famoso de Dublín y de Irlanda entera, ya sabéis cuál es, ¿no?

Efectivamente, hablo del Temple Bar, con su llamativa y bonita fachada roja, que data del siglo XIX y que goza de fama me atrevería mundial por su animado ambiente los 365 días del año y su música en directo.

Tras dar una vuelta volvimos al parking para recoger nuestro coche e ir al hotel, estábamos muertos. Descansamos muy bien, a pesar de una falsa alarma de incencio que nos levantó prácticamente de la cama y nos dejó en la calle unos 15 minutos hasta que llegaron los bomberos y comprobaron que todo estaba bien.

Domingo 26 de septiembre de 2021

Comenzamos el día a las 7 de la mañana, había que madrugar ya que no había mucho tiempo para visitar Dublín. Por la ventana entraba un sol espléndido que dejaba ver las edificaciones de ladrillo rojo tan típicas del Reino Unido y que me recordaban muchísimo a la zona del hotel en el que me alojé en Liverpool.

Ya con luz natural pudimos ver bien el hotel por dentro, que siempre me resultan curiosos estos edificios tan antiguos y llenos de historia. Parecía todo sacado de una peli británica del siglo pasado.

Lo de aparcar en la calle había sido otra aventura por la noche porque no sabíamos si había que pagar, parecía que sí leyendo una señal justo delante del B&B, pero preguntamos a un simpático viandante que nos dijo que en una calle cercana era gratis, así que ahí lo habíamos dejado. Nos despedimos de nuestro hotel aunque no por mucho tiempo porque volveríamos en 4 días.

El barrio residencial, lleno de casas de estilo victoriano y de enormes árboles, me encantó.

Dado que como decía el desayuno del hotel nos parecía bastante caro (12€) decidimos salir con el coche y buscar alguna cafetería.

Como había pensado ya antes de llegar, nos dirigimos cerca del museo de la cerveza Guinness para intentar aparcar cerca, ya que sería ésta nuestra última visita de la ciudad y desde allí ya partiríamos a última hora del día hacia Galway. La verdad que tuvimos la suerte de que era domingo y el aparcamiento en la calle donde pensábamos dejar el coche, apenas a una manzana del museo, era gratis, así que estacionamos y desde ahí buscamos una cafetería. Eran las 9 de la mañana y ninguna abierta, pensamos ¿no madruga nadie aquí a pesar de ser domingo?

Decir de Dublín que es por supuesto la ciudad más grande de Irlanda con alrededor de 1 millón de habitantes (a los que hay sumar 250,000 si le añadimos el área metropolitana), recordemos que el país tiene unos 5 millones. Es una ciudad joven, con una de las poblaciones de menor edad de Europa y en la que la música está muy presente (¿os suenan U2, Sinead O’Connor, Van Morrison?), y estas dos características hacen cada vez más atractiva esta ciudad a los visitantes, que se encontrarán una animada vida nocturna, pubs con muy buen ambiente y música en directo tanto en estos como en las propias calles.

Tras dejar el coche avanzamos por la Thomas Street y entramos en la imponente John’s Lane Church, fundada en 1874 y en la que destaca del exterior su torre de casi 80 metros de altura.

Y ya enseguida nos fuimos acercando a nuestra primera parada, al lado de la cual por fin encontramos una cafetería llamada Bite of Life donde tomamos unos cafés con croissants por los que pagamos 18.9 € y desde cuya terraza en el exterior permitía disfrutar de la vista de la espectacular Catedral de San Patrick, el templo más grande de toda Irlanda. Construída en el siglo XIII en honor al patrón del país y de estilo gótico, destaca por su arquitectura de piedra y su imponente aguja en la torre.

Decidimos entrar pagando los ocho euros de entrada y enseguida pudimos apreciar que tenían todo bien orientado a las visitas, tienda de recuerdos nada más entrar y un recorrido con audioguía para conocer todo lo que se expone en el templo, que no es poco, ya que está lleno de una gran cantidad de bustos, monumentos sepulcrales y lápidas en conmemoración de los ciudadanos irlandeses más célebres, como por ejemplo Jonathan Swift, famoso por ser el autor de la obra -los viajes de Gulliver-. Me gustó especialmente el coro de madera, del siglo XV y la pila bautismal, mantenida intacta desde su construcción en la Edad Media.

Salimos al exterior para dar un paseo por el agradable y pequeño jardín que tiene para dirigirnos a continuación a la otra catedral que junto a esta son los emblemas de la ciudad y del país, la también espectacular Christ Church, la más antigua de Irlanda. En 1172 comenzó la construcción de la actual iglesia de piedra, un proceso que se alargó hasta el siglo XIII.

Se puede visitar por dentro también donde destaca su impactante cripta construida en el siglo XII, pero llegamos demasiado pronto y se encontraba cerrada así que no nos quedó más remedio que seguir avanzando para aprovechar el tiempo.

A continuación nos introdujimos ya en las calles más comerciales de la ciudad y la primera tienda de souvenirs que vimos, allá que entramos, concretamente una muy cerca de la catedral, en la calle Lord Edward. Es increíble el merchandising que hay del país que inunda de verde las estanterías, y qué decir de la archifamosa marca Guinness, auténtico emblema del país que va más allá del punto de vista comercial.

Continuamos por esa calle y pasamos junto al ayuntamiento (City Hall), que por ser domingo estaba cerrado. Si tenéis la oportunidad podéis acceder a la parte visitable, que además es gratis.

Seguimos avanzando y hacía tan buen día que aunque no teníamos pensado entrar en el castillo que ostenta el nombre de la ciudad, nos acercamos a verlo aunque fueran los exteriores, con la buena fortuna de que debido al COVID la entrada era gratuita, así que no podíamos perder esta oportunidad. Hay que decir que es más bien un palacio que una fortaleza y que fue construido en los primeros años del siglo XII donde antes había existido un asentamiento vikingo. Sirvió de fuerte militar, prisión, tesorería, tribunal y actualmente se utiliza para celebrar reuniones y acontecimientos del estado como la toma de poder de los presidentes. Tiene habitaciones interesantes y si no has visitado muchos castillos, seguramente te guste, si ya has visto muchos, pues uno más, no me pareció nada imprescindible.

Continuamos el camino hacia el centro y ya sin monumentos a la vista hasta la visita que teníamos reservada en el Trinity Collegue a las 13h, decidimos dar una vuelta por las calles sin un destino determinado. No tardamos en toparnos con los ya modernos autobuses de dos pisos.

Pasamos junto a la famosa estatua de Molly Malone, personaje legendario irlandés que representa a una pescadera que por lo visto ejercía de vendedora por el día y de prostituta por la noche, ¿realidad o ficción? si os fijáis en la estatua y su desgaste en una zona de su cuerpo, os podéis imaginar donde es tradición echar mano…

Continuamos y pasamos junto a la St Ann’s Church, iglesia anglicana del siglo XVIII.

Al final de esa calle vimos un parque y yo que soy un amante de los parques y jardines de estos países en el que el verde parece pintado con pincel, no podíamos dejar de visitarlo, además con el día tan espectacular que hacía. Este se llama St Stephen’s Green, y ocupa unas nueve hectáreas. Por cierto, si os gustan las zonas verdes como a mí y disponéis de más tiempo, en Dublín tenéis el Phoenix Park, que abarca nada menos que 700 hectáreas, y ostenta el título de parque urbano más grande de Europa.

Desde aquí y ya con la proximidad de la hora de la visita al Trinity College, recorrimos las calles del centro más comerciales para dirigirnos hacia la famosa Universidad. Como souvenir más destacado además de los típicos, en Irlanda destacan todas aquellas prendas fabricadas en lana, como gorros, bufandas, calcetines, etc, no dejéis de comprar alguna si sois muy frioleros.

Y finalmente entramos en la universidad más famosa y antigua de Dublín, fundada en 1592 por la Reina Isabel I.

Nos dirigimos en primer lugar al enorme edificio que alberga la biblioteca, que fue fundada en el mismo año que la propia universidad y que curiosamente posee el derecho de recibir cada libro publicado en Irlanda. La biblioteca entera contine nada menos que tres millones de libros que están ordenados en ocho edificios.

Es sobre todo famosa por albergar el Book of Kells, cuya exposición es lo primero que se visita al entrar. Se trata de un manuscrito ilustrado por monjes celtas en el siglo IX en una isla escocesa y que luego fue llevado a Kells, un pueblo de Irlanda, donde se cree que fue terminado. Para mantener seguro el libro, fue enviado al Trinity College en 1653. Está considerado una joya del arte religioso por sus ilustraciones de gran belleza y técnica. Lo que se exhibe aquí son dos de los cuatro volúmenes existentes y la exposición cuenta con detalle la historia e incluso, con muchas medidas de seguridad, se puede ver de cerca el manuscrito, del que se exhibe una página cada día.

Y tras ver el insigne texto, accedimos por fin a la maravillosa Long Room donde nos quedamos con la boca abierta, qué preciosidad. Esta sala de unos 65 metros de largo fue construida a partir del año 1712 y allí se guardan 200.000 libros (casi todos los más antiguos). Como curiosidad y para hacerse una idea de lo actractivo del lugar, en el año 2018 llegaron a visitarla un millón de personas nada menos.

Además de los pasillos y estanterías llenos de libros antiguos es interesante apreciar ver la colección de bustos de mármol que representan a grandes filósofos, escritores y personas distinguidas.

Además en una vitrina se expone el arpa más antiguo que se conserva, el llamado Brian Boru, realizado en roble y sauce con cuerdas de bronce. Recordemos que el arpa es el símbolo del país, y por supuesto de la famosa cerveza Guinness, aunque al respecto hay una curiosidad que más tarde comentaré.

Tras disfrutar de la sala, bajamos a la inferior donde hay una tienda espectacular de souvenirs y objetos para los turistas, tras la cual salimos al exterior.

A continuación paseamos por los jardines y vimos todos los edificios de esta universidad, por la que han pasado alumnos tan importantes como Oscar Wilde, Samuel Beckett, Jonathan Swift o Bram Stoker. Es la única universidad de Irlanda entre las 100 mejores del mundo según QS World University Ranking y de su alrededor de 17,000 estudiantes, más del 50 % son extranjeros.

Enfrente de la entrada, os encontraréis al fondo de una plaza adoquinada (Parliament Square), la torre del campanario, de 30 metros de altura y que fue erigida en 1853 en el lugar donde se cree que estuvo el centro de un antiguo monasterio.

El campus es enorme, ocupa un total de 16 hectáreas y fue una pena que fuera domingo y no hubiera ambiente estudiantil, la visita hubiera sido diferente. Por lo que pudimos leer, existe la posibilidad de hacer visitas incluso guiadas de mayo a septiembre, pero no los domingos. Aquí os muestro el precioso Graduates Memorial Building (GMB) terminado en el año 1902.

Dejamos ya la universidad y dado que era casi la hora de comer nos acercamos a un pub mítico, el O’Neill’s, tomamos algo pero decidimos no comer allí porque sólo disponían de sandwiches y cosas más para picar que para comer «en serio». Eso sí, nos tomamos nuestras primeras sidras, nosotros, que somos más sidreros que cerveceros.

Continuamos ya directos a buscar un sitio, ahora sí o sí, para comer. Tenía apuntado otro pub, el The Oliver st John Gogarty, curioso por fuera, pero lamentablemente se encontraba cerrado.

Con lo que ya buscamos un sitio sin más miramientos. Finalmente nos paramos en un menú fuera de un pub, y una chica muy simpática que resultó ser española nos animó a entrar y finalmente entramos ya que la carta no parecía que estuviera mal. El restaurante se llama Quays y está en la animada calle Temple Bar. Pedimos, como no, el rey de la gastronomía británica, el célebre Fish & Chips.

La verdad que comimos bastante bien, y regados con sidras y agua, pagamos una cuenta de 70.45€.

Como teníamos la visita al museo Guinness a las 16h, y quedaba menos de una hora, nos fuimos acercando hacia allí, no sin antes disfrutar de un heladito, con un buen fondo, ¿no?

Y a la hora prevista entramos en la atracción número uno de la ciudad. Realmente el nombre del edificio, Guinness Storehouse, que significa en realidad más bien almacén que fábrica, fue construido en 1904 para ser utilizado como lugar de fermentación de la célebre cerveza y se encuentra en uno de los edificios de la destilería de la Guinness, conocida como St. James’s Gate Brewery. El edificio cumplió con su cometido hasta 1988 y en el año 2000 abrió sus puertas al público para mostrar sus exposiciones. Yo ya había leído que realmente no se visita la fábrica lo que para mí pierde un poco de interés, es más un mega bloque de siete plantas orientado 100% al turismo de masas.

Habíamos comprado las entradas por Internet desde la web del museo, pagamos 22€ cada uno y desde la página misma, no sé si debido al COVID, estás obligado a elegir la hora concreta en la que quieres llegar o la franja que está disponible, lo cual permite controlar el aforo.

Vayamos con un poco de historia, pero poca ¿eh?. La Guinness es una cerveza negra que se empezó a fabricar en el año 1759 en Dublín y tiene una particularidad que la hace muy especial: solo se elabora con 4 ingredientes, que son el agua, lúpulo, cebada y levadura. El color negro viene de la cebada, que está tostada a 232 grados, ni uno más ni uno menos.

Nada más entrar, accederéis a una planta llena de souvenirs, otro medio millón más de artículos de merchandising si no has tenido suficiente con todos los que hay repartidos por las tiendas de la ciudad. Todo el edificio tiene la estética de un antiguo edificio pero lleno de luces LED y pantallas de televisión que le da a todo una mezcla cuanto menos extraña.

La visita está organizada de abajo a arriba y en la planta primera comienza la explicación sobre su elaboración, donde el agua, como no, tiene un papel protagonista.

Otra planta contiene la antigua maquinaria que se utilizaba en la fábrica: un molino, un tostadero, un alambique y barriles gigantes de madera. Aquí te explican el oficio de tonelero, muy bien pagado para la época.

Todo muy interactivo y lleno de paneles audovisuales, a mí a veces me daba más la impresión de estar en un museo de la ciencia o algo así que en uno de la cerveza.

Otra planta invita a un recorrido por las campañas publicitarias de Guinness a lo largo de la historia.

Había leído que incluso en el museo podías hasta «tirar» una cerveza, osea servírtela tú mismo por la que te daban hasta un diploma pero esa parte estaba cerrada, supongo que como consecuencia del Covid.

En la séptima planta se encuentra el Gravity Bar, un bar acristalado donde puedes disfrutar de una pinta de Guinness (gratis, menos mal) con unas muy buenas vistas de Dublín.

Un par de curiosidades creo interesantes de esta célebre cerveza:

  • El arpa, actual símbolo de Irlanda, es una marca registrada de Guinness. Cuando el gobierno quiso utilizarla como símbolo nacional tuvo que ponerla invertida para poderlo utilizar.
  • El conocidísimo Libro Guinness de los Récords también tiene relación con la compañía cervecera, tuvo sus inicios en una pequeña disputa sobre qué ave volaba más rápido en un día de caza del director de la compañía en la la década de 1950 y sus compañeros de cacería.

Y aproximadamente sobre las 18h decidimos abandonar el edificio y dirigirnos al coche para dejar ya la ciudad.

Esta es la ruta que habíamos hecho en esta jornada comenzando y terminando el día en el museo de la cerveza Guinness, todo caminando, lo que demuestra que para ver lo principal de la ciudad, realmente no se necesita otro medio de transporte.

Un inciso si me lo permitís para recordar que otra de las atracciones más recomendables de Dublín es la cárcel de Kilmainham Gaol. Se trata de una antigua prisión en la que estuvieron presos muchos de los que lucharon por la independencia de Irlanda pero no pudimos visitarla porque ya no había plazas disponibles incluso desde tres semanas antes de nuestro viaje.

Y desde allí pusimos rumbo a Galway, al oeste de la isla y cuarta ciudad más populosa del país (tras Dublín, Cork y Limerick) con unos 83,000 habitantes (equivalente a por ejemplo Toledo o Pontevedra en nuestro país) y que le separan 200 kms de la capital.

Aquí comenzamos nuestro viaje por el resto del país. La verdad que no teníamos muchos días, sólo 3 más, con lo que tuvimos que priorizar el qué ver. Después de mirar bastante información, me decanté por el oeste y suroeste de la isla. Para ello descarté lugares como Irlanda del Norte, con su pasado lleno de historia, también otros atractivos lugares como la Calzada de los Gigantes o el puente colgante conocido como Carrick-a-rede, ambos al norte de la isla, pero había que elegir y desde luego que con 2 ó 3 días habría ido mejor para verlo bien, pero como siempre, el tiempo que se tiene es el que hay. Por cierto, la superficie de Irlanda es de 70,000 km2, un poco más pequeña que Castilla La Mancha.

Sobre las 20h y con bastante lluvia por el camino llegamos por una carretera de doble carril y pagando 4.5€ en peajes hasta prácticamente el pueblo de Kinvara donde teníamos nuestro alojamiento, y la verdad es que nos vimos muy gratamente sorprendidos. A la postre coincidiríamos en que este iba a resultar el mejor de todo el viaje.

Dejamos las cosas sin perder tiempo y nos acercamos a Galway, que aunque sólo estaba a 30 kms, tardamos una media hora, y es que ya empezamos a «sufrir» las carreteras comarcales irlandesas y sus estrecheces por las que a veces difícilmente caben dos coches. Los juramientos en hebreo de Manolo al volante se oían desde Dublín 🤣🤣.

Para este viaje decidimos llevar embutido desde España, y qué buena idea fue porque en este momento por ejemplo nos vino muy bien ya que llegábamos demasiado tarde a Galway para plantearnos que nos dieran de cenar. Aparcamos junto a los muelles y nos acercamos para comer de picnic, como no, junto a un monumento llamado Spanish Arch, construido en 1584 como extensión de la muralla para proteger la ciudad también desde el mar. Por lo que pude leer, su nombre viene de que durante una época allí desembarcaban muchos barcos mercantes españoles. Allí comimos nuestros bocadillos junto a la orilla del río Corrib.

Cuando terminamos, recorrimos la arteria comercial principal de la ciudad, la Quay Street, con multitud de pubs y comercios a ambos lados de la calle. Galway como decía es la cuarta ciudad más poblada de Irlanda y, debido a sus dos universidades, es también una de las más animadas, sobre todo en la zona que visitamos, el llamado Latin Quarter. Lógicamente no fue el caso cuando la visitamos, sobre las 9 de la noche, un domingo, víspera de un día laborable.

Pero un poco más adelante pudimos disfrutar de uno de los atractivos más famosos de la ciudad, la música en directo, con una banda tocando buena música en la calle y alrededor de ellos sí que se había organizado un grupo bailando y disfrutando de lo bien que tocaban.

Esta ciudad es una de las más visitadas de la isla esmeralda y suele ser un buen punto de partida para visitar el oeste de la isla y sobre todo los acantilados de Moher. Podéis visitar su catedral, la iglesia de San Nicolás, disfrutar de un día si el tiempo lo permite en los Docks (muelles) o la Eyre Square o dar un paseo por los canales del río Corrib pero lo principal como digo, y por lo que es conocido, es su ambiente, con sus animados pubs con música en directo.

Nosotros ya dimos por finalizado este intenso y largo día, cogimos de nuevo el coche y volvimos al hotel.

Lunes 27 de septiembre de 2021

Amanecimos el lunes pronto, sobre las 7 de la mañana y bajamos a desayunar. Nos esperaba una agradable y amplia sala, y una amable señora, propietaria del establecimiento.

Nos ofreció un menú con varias opciones a elegir para desayunar y unos elegimos tostadas y algo más ligero, y otros…el irish breakfast, como para ir a trabajar a la mina después 🙂

Salimos fuera y nos esperaba un espléndido día, seguíamos teniendo suerte con el tiempo. Pagamos los 90€ que costó nuestra habitación, un precio estupendo y nos despedimos de los simpáticos propietarios. Como ya he comentado este sería el mejor alojamiento de toda nuestra escapada.

El día anterior de camino a Galway habíamos visto un castillo en ruinas bastante chulo, y como estábamos cerca decidimos acercarnos. Aquí está con nuestro flamante coche en primer término.

El castillo se llama Dunguaire, construido en el siglo XVI y su posición, junto al agua, le hace de lo más fotogénico. Esta casa-torre de 23 metros de altura fue reconstruido recientemente y es visitable por dentro.

Y ya tomamos dirección hacia el sur para acercarnos a disfrutar del seguramente el plato fuerte del viaje, los acantilados de Moher. Fijaos en la estrechez de algunas carreteras, literalmente invadidas por la frondosa vegetación.

Y después de unos 45 kms en los que emplearéis casi una hora, llegaréis a los famosos «cliffs».

Para ver los acantilados hay un parking oficial en el que hay que pagar entre 7 y 10€ por persona dependiendo la hora del día en la que llegues (actualizado sept 21) pero si quieres ahorrarte unos euros, puedes seguir un poco más al sur y desviarte por un camino de tierra y aparcar en una finca de un particular, esto es lo que hicimos nosotros y pagamos 5 euros por persona. Poner en Google Maps Guerin’s Path Moher si queréis hacer lo mismo.

Desde mi opinión la situación de este parking es incluso mejor porque permite comenzar viendo la parte más al sur de la que va todo el mundo, desde donde hay una perspectiva espectacular. Este es el punto y su distancia con respecto al parking oficial.

Los acantilados se extienden a lo largo de 8 kilómetros hasta alcanzar una altura de 214 metros. No son ni mucho menos los más altos de Europa ni incluso de Irlanda, pero son famosos por su espectacularidad y por su disposición tan fotogénica.

Dejamos el coche y a nuestro alrededor pudimos disfrutar de un paisaje espectacular, verde y más verde y afortunadamente veíamos el sol asomarse entre las nubes.

Si tenéis mucho tiempo podéis recorrer todo el litoral, ya que hay un sendero que recorre los acantilados en toda su longitud. Por supuesto hay oferta para visitarlos en autobús desde Dublín o desde Calway, con excursiones de un día, y también se pueden apreciar desde el mar, que sin duda serán más espectaculares si cabe.

Lo primero que observaréis es que todo el litoral de la zona más visitada por los turistas está acotada con piedras a modo de barandilla para que no se acerque uno al borde y pueda existir el peligro de caer al vacío.

Como ya os indiqué antes, el parking te deja más al sur de la zona del centro de visitantes, es un área menos transitada y se tiene una perspectiva diferente de la típica y más fotografiada. Además, y desde luego no lo recomiendo si váis con niños o sopla mucho viento, pero podéis acceder a alguna parte en la que no tenéis el borde y podéis apreciar la altura en su totalidad, absolutamente ESPECTACULAR.

Brillaba un sol estupendo aunque poco a poco la cosa iba a cambiar y teníamos la impresión de que en cualquier momento caería algún chaparrón, porque lo veíamos a lo lejos.

Continuamos hacia el norte para acercarnos al centro de visitantes.

Y en pocos minutos llegamos a la zona del centro de visitantes desde donde podréis apreciar la perspectiva más célebre de los acantilados. Tengo que decir que la que habíamos visto antes no desmerecía a esta, sobre todo también porque en este punto y debido a las protecciones que no permitían acercarse al borde, no se aprecia tanto la espectacularidad de la altura y la fuerza del océano.

El tiempo se complicaba y de repente se puso a llover a mares con lo que nos refugiamos en el centro de visitantes, que no hay que pagar por entrar. Tomamos un café con algo dulce (17.45€) en su espectacular restaurante enclavado en una pequeña colina. En el centro hay una tienda de souvenirs y una exposición donde te dice cómo se formaron los acantilados y diversas informaciones interesantes.

Cuando de nuevo apareció el sol nos acercamos a la zona más al norte, visitando primero la Torre O’Brien, una torre circular de piedra que fue construida por Sir Cornellius O’Brien en 1835 como mirador para los cientos de turistas que acudían al lugar ya en aquel tiempo. Teníamos la suerte de que no había muchos visitantes ese día con lo que pudimos subir sin apenas esperar y la verdad que la vista no es la mejor porque primer suele soplar mucho viento y luego la forma de la torre con las almenas no deja mucho espacio para ver el paisaje. Desde abajo la vista tengo que decir que es parecida.

Y tras pasar aproximadamente un par de horas, decidimos volver al coche para continuar nuestra ruta. Íbamos bien de tiempo así que decidimos parar a comer en la tercera ciudad más populosa de Irlanda, (unos 94,000 habitantes) Limerick, a la que llegamos tras unos 80 kms y por carreteras ya bastante mejores.

Nos metimos en la ciudad y buscamos un sitio para aparcar, decidimos entrar en un centro comercial, en el Arthur’s Quay Shopping Centre donde en su última planta encontramos un buffet e improvisamos un menú para saciar nuestra hambre (39.45€ pagamos los tres con un plato cada uno, bebida y café).

Una vez comidos, decidimos salir a dar una vuelta y nos acercamos a ver un par de iglesias, primero la St. John’s Church, iglesia católica contruida en 1852 y con un cementerio al lado.

Y luego la más espectacular St John’s Cathedral, católica y fundada en 1856 y con la aguja más alta del país con nada menos que 94 metros de altura, también la encontramos cerrada pero por fotos del interior, parecía bastante sobria.

Desde allí volvimos pasando por delante del Milk Market para coger el coche y acercarnos a la espectacular Saint Mary’s Cathedral, que entre el día que hacía, muy nublado, y el cementerio anexo, parecía de lo más siniestro. Su construcción data del siglo XII, lo que la convierte en la más antigua de la ciudad. Destaca por encima de todo sus vidrieras, la sillería del coro y el altar.

Cuando estábamos visitándola, nos cayó un tormentón del que tuvimos que refugiarnos como pudimos. El cementerio, como otros de este viaje, típicamente irlandés, oscuro, húmedo y lleno de cruces celtas, ejercieron sobre mí una atracción especial que no sabría explicar.

El clima ya no daba para más, no tenía visos de que despejara, así que nos despedimos de la ciudad viendo por fuera otra de las atracciones principales de Limerick, el castillo del Rey Juan (King John’s Castle) del siglo XIII y situado junto al río Shannon.

Avanzamos hacia el sur y nos desviamos para conocer un pueblecito que había leído que tenía unas construcciones de lo más curiosas y es considerado uno de los más bonitos de Irlanda, Adare. Llegamos por una carretera rodeada de campos de un verde que enamora, son espectaculares, incluso vimos un hombre a caballo con su americana roja y sus perros de caza que automáticamente me llevaron a esas imágenes tan típicamente británicas de la caza del zorro.

Llegamos al pueblo y aunque había bastante tráfico aparcamos enseguida. A un lado de la carretera vimos la Trinitarian Abbey, que la verdad que parecía muy interesante y la visitamos por dentro. Por lo que pudimos leer de su historia, el edificio fue construido para la Orden en el siglo XIII convirtiéndose en el único monasterio trinitario del país. Actualmente es utilizado como iglesia local.

Y enseguida ya vimos las construcciones características que hacen famoso a este pueblo, con esos tejados de paja que asemejan ser las viviendas de algún personaje tipo duendes, elfos, etc. Algunas son tiendas, otras pequeños hoteles y otras particulares.

Como luego preguntamos en un pub donde tomamos algo, había cero turismo sobre todo porque era lunes y por lo visto la localidad no se anima hasta el fin de semana en este mes de septiembre. Dimos un mini paseo apreciando de las curiosas edificaciones.

De repente cayó otra tormenta tremenda que nos hizo refugiarnos en un pub donde dimos buena cuenta de otra sidra Bulmers.

Enseguida nos dimos cuenta de que el pueblecito en realidad no tiene más que una calle, así que decidimos continuar nuestra ruta. Estoy seguro que con más animación nos habría gustado más. Eso sí, cuando nos íbamos vimos otro parque de esos que enamoran, el Adare Town Park.

Continuamos hacia el sur hacia el que sería nuestro B&B para esa noche pero como todavía no era muy tarde, decidimos ir antes a otra localidad interesante y cercana, Killarney.

Esta sí es la estrella del turismo de esta zona suroeste del país y una de las localidades más visitadas de la isla.

Dejamos el coche en un parking grande cerca del centro y nos dispusimos a dar una vuelta por él. Eran sobre las 8 pm así que de nuevo nos lo encontramos bastante desangelado y las tiendas o cerradas o a punto de cerrar.

La ciudad es muy agradable y además de sus edificios más importantes atrae mucho el centro con sus coloridas casas y por la tarde sus animados pubs (esto lo imaginamos porque un lunes….). Muy cerca de la calle principal nos acercamos a la St Mary’s Church, construida a finales del siglo XIX y cuyos colores de su iluminación verde, como no, la hacían cuanto menos diferente. A pesar de lo tarde que era pudimos visitarla por dentro.

Entramos en un par de tiendas de recuerdos y volvimos al coche, ya era bastante por ese día.

Desde allí nos dirigimos a la localidad de Tralee, a unos 30 kms, donde teníamos el B&B de ese día, llamado Manorlodge, que la verdad, no fue sinceramente el mejor de todos, la habitación necesitaba una renovación y era bastante ruidosa.

Esta es la ruta que habíamos hecho ese día, la verdad que sin agobios y sin prisas, se puede hacer perfectamente.

Martes 28 de septiembre de 2021

Al día siguiente madrugamos de nuevo y nos encontramos con la propietaria que resultó ser muy simpática y agradable y nos ofreció un buen desayuno. Dejamos atrás ya los almuerzos copiosos y nos decantamos ya por el tradicional café y tostadas. Por este alojamiento pagaríamos 94€, desayuno incluido.

Y ese día pusimos rumbo al oeste dispuestos a hacer seguramente la ruta más turística de la isla esmeralda, el conocido Ring of Kerry, que recorre la península de Iveragh en el condado de Kerry. Había leído que viajeros recomendaban también la Península de Dingle, pero no teníamos tiempo suficiente, y había que elegir.

Había leído opiniones de mucha gente que afirmaban que se necesitan dos días al menos para recorrer la península, yo no les quitaré la razón, pero tengo que decir que si no tienes todo el tiempo del mundo como era nuestro caso, la puedes hacer en un día perfectamente, sólo que obviamente tienes que priorizar los lugares en los que queréis pararos.

Comenzamos el trayecto en sentido contrario a las agujas del reloj, de este a oeste. Por el norte circulamos junto a la costa, viendo a lo lejos la península de Dingle y con las nubes amenazando lluvia, hay que saber que en el oeste de Irlanda, llueve mucho más estadísticamente que en el este.

Tenía apuntado ir a ver un castillo en ruinas, el Ballycarberry Castle, construido donde ya había una residencia en el siglo XIV, pero cuyas ruinas actuales fueron construidas en el siglo XVI. La verdad que no parecía nada del otro mundo y además no se puede uno ni acercar por peligro de derrumbe pero la vista aún desde unos metros la verdad que me gustó, eso sí, el camino para llegar es estrecho, no, lo siguiente.

Por esta zona podéis visitar algunas fortificaciones circulares de piedra con más de 1000 años de antigüedad como el Fuerte de Cahergal y el de Leacanabuile pero la verdad es que preferimos dedicar nuestro limitado tiempo a ver otros lugares. Coo siempre digo, para gustos, los colores.

Continuamos hacia el oeste y nos salimos de la ruta marcada para ir todavía más al oeste, algo que RECOMIENDO HACER SÍ O SÍ. Llegamos a Portmagee, desde donde salen ferrys hacia la cercana isla de Valentia. Llovía bastante en este momento así que decidimos no bajar, tampoco vimos nada especialmente interesante aparte de las casas de colores, que bajo la lluvia no destacaban precisamente.

Tras esto nos acercamos a un punto que tenía marcado como importante, los Kerry Cliffs. Pagamos 4€ cada uno y subimos a una pequeña colina, al fondo de la cual estaban los acantilados. Coincidí con mis compañeros en que este punto fue de lo mejor del viaje. El sitio es espectacular

Los acantilados tienen 300 metros de altura y 400 millones de años de antigüedad. Nos llovió y luego nos salió el sol, y con la luz del sol los acantilados lucían maravillosos. No os los perdáis, la verdad que a nosotros nos encantó, muy recomendables.

Dejamos los acantilados y rodeados de paisajes espectaculares tomamos el llamado Anillo de Skellig.

Este trazado, de unos 35 kilómetros entre estrechas carreteras secundarias, llega a algunas de las zonas con más encanto de la Península Iveragh, paisajes muy muy bonitos.

No dejaréis de ver viviendas muy chulas y siempre renovadas, no vimos ninguna que no estuviera en casi perfecto estado de conservación y con su maravillosos céspedes alrededor.

Desde aquí se ven bien las curiosas islas Skellig, a las que incluso se puede llegar en una excursión bastante exclusiva desde Portmagee. Estas islas son famosas por su forma tan original, pero sobre todo por un tema cinematográfico. Aquí se rodó prácticamente en secreto en 2014 escenas de la película Star Wars: El despertar de la fuerza. Además otro hecho curioso de estas islas es que en la principal hay un monasterio construido en el siglo VI, y que estuvo habitado hasta el siglo XIII.

Toda esta zona sí que es muy muy bonita y para mí fue lo mejor del recorrido por la península.

Llegamos finalmente a Ballinskelligs, con su monasterio y su castillo en ruinas al borde del mar. De nuevo apareció la lluvia así que la visita fue vista y no vista pero el lugar tenía muy buena pinta.

Regresamos a la carretera del recorrido «oficial» del Ring of Kerry para continuar hacia el este. Alcanzamos Waterville, donde hicimos una parada para tomar algo en un pub. A ratos llovía pero en un momento apareció un sol espléndido, y no sé si fue por eso o por el pueblo en sí, que personalmente este sí me encantó. La zona de la costa frente al mar, lo verde de la inmensa pradera, me atrajo mucho. Este pueblo, de apenas 500 habitantes leeréis por todos lados que es famoso por sin embargo una persona muy muy grande, y no por su tamaño precisamente.

No sé si por la estatua lo habréis reconocido, se trata de Charles Chaplin, que parece que se enamoró de este rincón y pasó sus vacaciones en Waterville durante más de diez años. Él y su familia solían alojarse en el hotel Butler Arms (situado frente al mar y que todavía está abierto). Supongo que lo que Charlot buscaba aquí era tranquilidad…

Además de por este personaje, también es famosa esta diminuta localidad porque aunque el primer cable de telégrafos transatlántico entre Europa y Norteamérica llegó a la cercana isla de Valentia, más al norte, fue en Waterville donde se estableció la primera estación. Esto la convirtió a finales del siglo XIX, en el principal núcleo para la Commercial Cable Company en Europa.

Continuamos nuestro camino disfrutando de estos preciosos paisajes costeros y buscando ya un sitio para comer.

Finalmente paramos en el O’Carroll’s Cove Restaurant, una vez pasado el pueblo de Caherdaniel.

Comimos Manolo y yo un fish@chips y Rocío un plato llamado en la carta «Supreme of chiken» y la verdad es que pasamos una comida muy agradable sentados en una terraza cubierta frente a unas cristaleras y viendo el mar.

Pagamos 62.6€ por un plato y bebida cada uno y la verdad es que nos gustó bastante, lo recomiendo sin duda. También por el entorno porque tiene una playa delante (Brackaharagh Beach) con muy buena pinta y que debe ser bastante visitada porque incluso en esa época había bastantes caravanas, ¡¡hasta vimos a una chica valiente darse un baño!! oh my God!!

Estuvimos un rato disfrutando de la arena de la playa y del sol que hacía para luego continuar ruta. Cruzamos más adelante Sneem, más casas de colores y un río que divide el pueblo en dos, dejando una plaza a cada lado y una bonita cascada en medio bajo un antiguo puente de piedra…. no paramos porque lo haríamos en el cercano Kenmare.

De vez en cuando encontrábamos paisajes y regalos que nos proporciona la naturaleza, que espectacular🌈

Por esta carretera os adentraréis en un bosque, y eso aunque no parezca raro en un país tan verde, sí que lo es por lo que os voy a contar que espero os interese.

Hay una cosa que sorprende rápidamente del paisaje de Irlanda, la ausencia de árboles y de bosques. Hay que saber el país fue una vez una tierra de bosques, llegó a estar cubierta por un 80 por ciento, pero actualmente, con tan sólo un 11, tiene una de las tasas más bajas de Europa. A principios del siglo XX, incluso el área forestal de la isla se había reducido a menos de un ¡¡¡uno por ciento!!! de su masa terrestre total y fue la actividad humana la que causó la mayor parte de los daños a lo largo de los siglos. En los últimos años parece que el gobierno no ha dejado de fomentar la reforestación, y se ha puesto como objetivo plantar nada menos que 440 millones de árboles en los próximos 20 años, increíble ¿no?

En una media hora y por la carretera más cercana a la costa llegamos a Kenmare, pueblo más importante y uno de los más grandes del anillo de Kerry. Una de las cosas más llamativas es la forma en que están distribuidas las calles, que forman una X muy original y que parece que fue hecho expresamente. Aquí bajamos a dar un paseo por esta agradable localidad también porque de nuevo volvió a salir el ansiado sol.

Aquí es de obligada visita la bonita iglesia Holy Cross, consagrada en 1864 y que podréis visitar gratuitamente su interior.

Y tras la parada reanudamos la marcha para circular hacia el norte, en busca del pueblo de Killarney por la carretera N71 a la que enseguida comenzaréis a ascender hacia el desfiladero de Moll’s Gap. Este puerto de montaña atraviesa las Macgillycuddy’s Reeks, el macizo montañoso en el que se localizan los picos más altos de Irlanda, liderándolo Carrantuohill, con unos 1,000 metros de altura.

En el punto más alto del desfiladero de Moll’s Gap se encuentra el Avoca Cafe, una de las tiendas y cafeterías más pintorescas de esta cadena irlandesa. Es un buen lugar para tomar un café con dulces y comprar alguna cosa, eso sí, todo a «módicos» precios. Casi desde la puerta de nuevo pudimos disfrutar de otro precioso arco iris 🌈

Aquí, como no, teníamos que aprovechar para hacernos la foto de rigor…

¿Próxima parada? otro lugar muy popular y con un panorámica espectacular, el mirador llamado Ladies View. El nombre al parecer proviene de la admiración de las damas de honor de la reina Victoria durante su visita en 1861.

Nosotros nos detuvimos en el primer mirador que encontramos, un poco más abajo hay otro con un restaurante.

Toda esta zona ya pertenece al Killarney National Park, el primer parque nacional creado en Irlanda en 1932. A partir de esa fecha, el parque se ha ido ampliando hasta alcanzar las 10,000 hectáreas que ocupa hoy en día. Una cuarta parte de esta extensión está ocupada por los tres lagos de Killarney: Lough Leane, Muckross Lake y el Upper Lake. Este fantástico parque nacional es el paraíso de los montañeros, aquí sí que os gusta la montaña y tenéis tiempo, podéis pasar más de una jornada haciendo treking y descubriendo lugares como por ejemplo la cascada de Torc que suele ser muy visitada.

Eran ya sobre las 18h así que bajamos hacia Killarney rápidamente con el objetivo de visitar las últimas joyas de este Ring Of Kerry. Por un lado la Muckross House (una mansión victoriana del siglo XIX con visita de pago) y la Muckross Abbey (una abadía fundada en 1440 como un convento franciscano y que actualmente se encuentra medio en ruinas) pero lamentablemente cuando llegamos ambos lugares ya estaban cerrados, eso sí, el bosque por el que se accede es espectacular.

Pero lo que no nos íbamos a perder por nada del mundo era el precioso y fotogénico Castillo de Ross, a orillas del lago Leane. Fue construido en el siglo XV por el clan local de los O’Donoghue y se trata del último castillo que resistió las embestidas del militar y líder político Oliver Cromwell.

Hoy en día se puede visitar su interior por libre o mediante visita guiada de pago, pero el acceso exterior está siempre disponible. El lago Leane que casi lo circunda es bastante grande y en él se realizan cruceros fluviales. La verdad es que la vista del castillo junto al lago, es una de las más bonitas que nos dejaría el país y con un atardecer espectacular.

Del que no pudimos disfrutar porque cogimos el coche rápidamente para llegar antes de que se cerrara otro lugar imponente, este ya en Killarney, la Catedral de Santa María. Una de las iglesias neogóticas más importantes de Irlanda y que por lo que leímos sólo tardaron 13 años en construirla (1842-1855), pero es que las obras estuvieron paradas durante cinco de esos trece años. Este parón fue consecuencia de la Gran Hambruna, también llamada Hambruna de la patata, un período que supuso que Irlanda perdiera nada menos que entre un 20 y un 25% de su población, ¿os imagináis algo semejante hoy en día?.

Si la catedral es espectacular por fuera, por dentro es maravillosa y recomiendo sí o sí visitarla (es gratuita). Con un interior de dimensiones mayores a todas las que habíamos visto desde que salimos de Dublín, fue contruida en piedra y destaca por encima de todo su espectacular órgano.

Y con esta última visita dimos por finalizado el recorrido por el Anillo de Kerry. Esta fue la ruta completa que hicimos ese día y la verdad que tengo que decir que aunque larga, no se nos hizo pesada, también porque a nosotros, como se suele decir, nos va la marcha.

Teníamos nuestro alojamiento ese día en Cork, a unos 90 kms, así que llegamos ya allí por una buena carretera ya bien entrada la noche. El B&B en esta ocasión se llamaba Belvedere Lodge, por el que pagaríamos 107€ con desayuno. Otra vez una habitación con muebles y decoración de la época de nuestras abuelas pero que poco nos importó al coger la cama para descansar después del día largo que habíamos tenido.

Miércoles 29 de septiembre de 2021

Nos levantamos este último día ya sin madrugar tanto porque teníamos el día más holgado que las jornadas anteriores. Desayunamos tranquilamente en un salón casi al aire libre y en el que hacía más bien frío y dejamos nuestro alojamiento. Lucía un día espléndido sin una sóla nube que auguraba una buena jornada.

Nos apetecía mucho visitar Cobh, una ciudad portuaria de unos 13,000 habitantes ubicada en la ría de Cork y que forma parte del complejo portuario de esta ciudad. Una foto de ella nos había enamorado antes de venir y teníamos que verla con nuestros propios ojos así que pusimos rumbo a ella a la que llegamos en apenas 20 minutos. Aparcamos el coche sin tener que pagar en una de las calles anexas a la catedral y nos acercamos a verla. Era pronto y sus puertas estaban cerradas, pero la visitaríamos más tarde. Las vistas desde los alrededores del templo eran imponentes.

Decidimos bajar hacia esta zona e hicimos bien porque nos gustó mucho toda esa parte.

Dimos un paseo junto al mar, donde vimos el museo conmemorativo (Titanic Experience Cobh) que recuerda la efeméride por la que es más famosa esta ciudad portuaria, el Titanic. Y es que Cobh fue el último puerto donde paró el famoso buque antes de naufragar en aguas de Terranova. Recordemos que zarpó de Southampton con destino a New York pero antes hizo paradas en Cherburgo (Francia) y por último en Cobh.

No había prácticamente gente por esa zona, por supuesto cero turistas así que decidimos ir en búsqueda de las casa de colores y su panorámica con la catedral al fondo. Las casitas, todas iguales, puestas en fila en una empinada calle, la verdad que eran de lo más fotogénicas. Enseguida me vinieron a la mente las famosas Painted Ladies de San Francisco que pude visitar en uno de mis viajes (https://apasionadosporviajar.com/2018/06/02/15-dias-por-el-oeste-americano/)

Para la panorámica, el sol que tanto nos hacía sentir bien no nos ayudó esta vez 🤣 porque estaba tan bajo que no se apreciaba la espectacularidad de la panorámica, pero bueno, lo importante era poder verlo con nuestros propios ojos y nos encantó.

Por supuesto no nos fuimos de la ciudad sin visitar el interior de la espectacular y grandiosa Catedral Saint Colman’s, iniciada en 1868 y terminada ya a comienzos del siglo XX y que como curiosidad os diré que posee nada menos que 49 campanas que la hacen inigualable tanto en Irlanda como en el Reino Unido.

Después de esta visita, en un principio tenía apuntada la posibilidad de acercarnos a ver el castillo de Blarney, pero finalmente leí muchas opiniones que hablaban de que no merecía pagar la cara entrada para lo que se veía del castillo y menos por ver la llamada «Piedra de Elocuencia», además tanto en este día como en los previos ya habíamos visto bastantes castillos y fortalezas, con lo que decidimos visitar Cork, la segunda ciudad más populosa del país.

Dejamos el coche en un parking subterráneo y dimos una vuelta por la zona comercial, recorriendo la pequeña isla que crea el río Lee al bifurcarse. Cruzamos la St. Patrick’s Street, llena de comercios, bares y restaurantes y vimos el English Market. Continuamos hasta que nos encontramos con el río Lee al sur y nos acercamos a ver aquella inglesia de imponentes agujas que se veía al fondo.

Era la Fin Barre’s Cathedral, terminada en 1879 y levantada sobre el espacio que ocupaba un antiguo monasterio del siglo VII, la verdad que muy bonita.

Tras esto y dado que era por la mañana y un día laborable, había un ambiente lógicamente más de día laborable que de puro turismo. En fin de semana habríamos podido ver el Mother Jones Flea Market pero todavía teníamos un largo camino hasta Dublín lleno de paradas interesantes así que decidimos emprender la marcha.

A unos 80 kms teníamos un castillo interesante y que merecía una visita, el castillo de Cahir, había visto que era muy bonito, y además era gratis este año por el COVID así que no podíamos perder esta oportunidad.

Construido en 1142 es uno de los castillos más grandes y a la vez mejor conservados del país y tiene un emplazamiento espectacular, junto a un río y situado en lo alto de un peñón.

Entramos dentro y la verdad que había poco para visitar, los patios interiores y poco más, las estancias o estaban cerradas o tenían poco que ofrecer pero es verdad que el castillo es muy muy bonito.

Ya era hora de comer así que buscamos un sitio donde saciar nuestra hambre. Preguntamos a un lugareño y finalmente fuimos al Cahir House Hotel, y aquí te das cuenta de nuevo de la gastronomía tan extraña que tiene Irlanda y el Reino Unido en general. Platos en la carta como alitas de pollo, hamburguesas, mezcladas con ensaladas raras, sopa de tomate, etc. Pagamos 42.35€ por un plato cada uno y bebida, y la verdad, ni fu ni fa…

Continuamos nuestro camino para llegar a un plato fuerte de la ruta y del país en general, la fortaleza medieval conocida como Rock of Cashel. Este lugar, además de por su importancia histórica es espectacular porque al encontrarse en un promontorio elevado, lo vas viendo desde lejos y creerme, impresiona.

Aparcamos en el parking que hay, y ojo porque media hora es gratis, pero si superas esos 30 minutos te cobran ya tarifa plana, 4,5€. Accedimos al recinto pagando la entrada, que no es barata precisamente pero el lugar lo merecía.

Desde sus modestos comienzos, se fueron sucediendo edificaciones encima de la Roca hasta convertirse en el complejo de estructuras que podemos ver hoy en día. Encontrarás una torre redonda, una capilla románica, una catedral gótica, una abadía, el llamado Salón de los Vicarios Corales y una casa torre del siglo XV. La mayoría de ruinas pertenecen a edificios religiosos construidos a posteriori en los siglos XII y XIII.

Rock of Cashel fue desde el siglo V el centro de poder de los reyes de Munster. Este reino ocupaba toda la zona suroeste de la isla y permaneció más de 1,000 años llegando a ser el más próspero del país. Aquí fue donde San Patricio, patrón de Irlanda, convirtió al rey de Munster al catolicismo.

Lo primero que encontraréis en el recorrido por la derecha del complejo será la catedral gótica, construída a mediados del siglo XIII.

Encontaréis enseguida la llamada Hall of the Vicars Coral, en la que en su cripta se puede contemplar la auténtica Cruz de San Patricio. Desafortunadamente se encontraba cerrada, como no por la maldita pandemia, así como la capilla de Cormac, quizás la joya de Cashel, que contiene los únicos frescos románicos que se conservan en Irlanda y que no pudimos ver tampoco.

Capilla de Cormac

Continuando el recorrido rodeando la catedral, veréis la torre redonda, construida probablemente en el primer tercio del siglo XII. Es este el edificio más antiguo de toda la estructura.

Rock of Cashel siguió usándose para el culto durante siglos, hasta que se abandonó definitivamente a mediados del XVIII.

Desde la Roca, que como decía se encuentra en una colina elevada, hay unas fantásticas vistas del pueblo de Cashel y de la campiña irlandesa, paisajes verdes sin fin que merecen la pena ya sólo poder sentarse un rato y disfrutar del paisaje.

También si tenéis suficiente tiempo podéis visitar las ruinas de la Abadía de Hore que se encuentra a apenas 2 kms de distancia. En nuestro caso ya eran las 17h y todavía nos quedaba por visitar Kilkenny así que decidimos emprender la marcha.

Llegamos a la visitada e interesante localidad de Kilkenny tras recorrer unos 50 minutos (normalmente si en Irlanda no tomáis alguna autopista, los kilómetros suelen ser equivalentes a los minutos para alcanzar vuestro destino).

Dejamos el coche en un amplio parking (en el Market Yard Car Park) y nos dirigimos rápidamente a visitar la joya de la ciudad antes de que cerrara, el castillo, otra nueva fortaleza pero esta muy bien conservada y con un interior con bastante más cosas para ver que todos los anteriores visitados hasta ahora.

Entramos sin pagar entrada porque así parece que lo han decidido tras su apertura cuando lo ha permitido el COVID, supongo que para de nuevo atraer a los visitantes.

Castillo de Kilkenny

El edificio fue levantado a principios del siglo XIII por orden de un noble normando aprovechando la torre ya existente. En 1360 la poderosa familia Butler de Ormond, de origen también normando, se hizo con la propiedad del castillo, del que disfrutarían los siguientes 600 años.

Pero por lo que pudimos leer, en 1967 la familia Butler decidió ya deshacerse del castillo que se encontraba casi en estado ruinoso, adquiriéndolo el estado irlandés por 50£. A partir de ese momento empezó una remodelación costosísima que le ha dado el fantástico aspecto que ahora tiene, con unos jardines impresionantes junto al río Nore.

El interior nos gustó mucho, con algunas salas con mobiliario original cuidadosamente restaurado. Nos encantó este salón y por supuesto la biblioteca.

Curiosa esta sala a modo de guardería con juguetes de la época, que los que tenemos hijos podemos comparar con los que tienen en la actualidad.

Pero la sala que me dejó boquiabierto fue el maravilloso Salón de los Retratos.

Visitamos la cocina, que a mí siempre me parece interesante, esta de estilo victoriano y hasta casi nos perdemos, pero finalmente a la hora de cierre salimos ya del recinto y nos dirigimos a recorrir las calles principales de la ciudad.

Tomamos la Hight Street de esta localidad de unos 22,000 habitantes y que destaca por su actividad cultural, con diversos festivales a lo lago del año. También es conocida como la ciudad del mármol y de la cerveza tostada.

High Street

Recorrimos esta calle y es verdad que siendo un miércoles y la hora que era, ya no había mucha animación.

Aquí a la derecha en la foto inferior podéis ver los arcos que pertenecen al ayuntamiento, un antiguo edificio aduanero construido en 1761 conocido como Tholsel.

Por lo visto Kilkenny se llena de ambiente los fines de semana, no sólo de turismo extranjero si no del propio país, que llegan desde sus 3 ciudades más importantes, Dublín, Cork y Killarney, que se encuentran más o menos a la misma distancia de aquí.

A pesar de todo decidimos tomar algo en un pub y degustar la que sería la última sidra y cerveza de este viaje. El dueño del local nos ratifica que ese día no, pero que a partir del jueves las calles y pubs se llenan de ambiente con mucha música en directo, lástima no poder disfrutar de ello.

Muy cerca de las calles principales se encuentra la Catedral de Santa Maria, un templo neogótico del siglo XIX que domina el skyline de la ciudad con los 56 metros de altura de su torre.

Y como ya estaba oscureciendo y teníamos que volver a Dublín, decidimos volver al parking donde habíamos dejado nuestro coche para hacer nuestra última etapa del viaje.

En Kilkenny si disponéis de más tiempo también podéis visitar la fábrica de la cerveza Smithwick’s. También la abadía llamada Black Abbey o la imponente catedral de St. Canice, edificios de gran importancia arquitectónica e histórica. Desde este templo parte la denominada Medieval Mile o milla medieval, que recorre los monumentos más importantes de la ciudad y que termina en el castillo.

Y ya pasadas las 21h llegamos a nuestro alojamiento en Dublín, que fue el mismo que cuando llegamos a la ciudad, el Egans House, por la que pagamos algo menos que la del sábado pasado, 94€ esta vez, recordemos sin desayuno

Esta había sido la ruta de este último día en la isla Esmeralda.

Y ya al día siguiente tomamos el vuelo muy temprano con Ryanair que nos devolvería a Madrid.

Volviendo la vista atrás, este viaje o más bien escapada de unos días a Irlanda, es verdad que a pesar de que no dispusimos de mucho tiempo nos permitió ver bastante del país y disfrutar de sus paisajes y sobre todo sus castillos e iglesias. Seguramente echamos de menos más animación y más turismo que nos habría permitido disfrutar más del ambiente de los pubs del país, pero en septiembre y viajando de domingo a jueves no es fácil. Esto no empaña el haber disfrutado recorriendo intensamente este verde país lleno de naturaleza y pensar ya en algún día poder recorrer también el norte de la isla.

Espero que mi relato os pueda ayudar a elegir lo más interesante del país y que por supuesto os anime a visitarlo, como suelo decir, cualquier rincón del mundo tiene siempre algo interesante que merece la pena una visita.

ISLAS JÓNICAS (KEFALONIA Y ZAKYNTHOS)

Y después de un año y medio sin viajes por esta maldita pandemia, desde aquella escapada a Boston por noviembre de 2019 de la que ya casi ni me acordaba, volvía a un aeropuerto para tomar un vuelo, no podía estar más feliz 👏👏😁, ¡¡volvía a hacer un viaje internacional!!

Dado que no quería irme muy lejos por temor a que el COVID me pudiera fastidiar el viaje, decidí volver a un país en el que la vez que fuí me encantó, y además me apetecía un destino de playa y no muy ajetreado después de casi un año nada menos sin vacaciones.

Ese país era GRECIA, del que ya conocía Atenas, Mykonos y Santorini en 2017. Esta vez quería visitar las llamadas islas Jónicas, al oeste de la península helénica y cuya isla más conocida era Zakynthos con su maravillosa playa Navagio, de la que cuando vi su foto por primera vez, me quedé boquiabierto y me dije, Luis, ahí tienes que ir.

Al final y después de investigar, decidí que valía la pena conocer otra, Kefalonia, que a la postre sería la estrella del viaje.

Compré los billetes con Iberia el trayecto Madrid – Atenas aprovechando un bono de viajes cancelados por el COVID y pagamos Claudia y yo unos 100€ cada uno, muy bien de precio. Luego para ir de la capital griega a la isla de Kefalonia, que sería la primera isla que visitaríamos, iríamos con las aerolínea Sky express, por unos 50€ cada uno por trayecto.

Unos seis días antes de partir nos cancelaron nuestro vuelo interno y buscamos incluso la posiblidad de ir en autobús, cuya opción salía por 52€ los dos, pero apenas 48 horas antes del viaje finalmente nos ubicaron en otro avión y pudimos volar.

Así, el jueves 10 de junio tomamos el vuelo a Atenas, y dado que el otro vuelo a Kefalonia no salía hasta el día siguiente, tuvimos que dormir la primera noche en un hotel en la capital. Elegí uno muy cerca del aeropuerto, ya que al llegar sobre las 19h, no teníamos tiempo prácticamente de visitar nada.

El hotel, de gracioso nombre, NN LUXURY ROOM NEAR ATHENS AIRPORT resultó de una calidad-precio fantástica, ya que nos costó con la página Booking.com 55€ la habitación doble con desayuno. Se trataba de una casa particular con únicamente dos habitaciones a disposición de los húespedes. Nos recogieron y nos llevaron al aeropuerto al día siguiente por 20€ más, con una atención exquisita.

Esa noche cenamos algo en el pueblo de Spata, donde estaba el hotel, en un restaurante llamado Haus Homey Lounge, y por dos pizzas, una cerveza y un mojito pagamos 29€.

Día 2. Vuelo a Kefalonia

Al día siguiente nos esperaba un buen desayuno para comenzar bien el día, y como no, el maravilloso yogur griego que tanto me apasiona.

Al mediodía tomamos el vuelo de Sky express que nos llevaría a Kefalonia con escala en Zakynthos. Kefalonia es conocida por su territorio montañoso, por los recuerdos históricos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y por las numerosas playas que la convierten en un verdadero paraíso natural.

Llegamos sobre las 6 de la tarde al pequeño aeropuerto de la isla, donde nos estaba esperando nuestro medio de transporte🚗 , de la que puedo otorgar el título de mejor compañia de alquiler de coches que me he encontrado en todos mis viajes. Una entrañable empresa familiar cuyo trato fue más que impecable, llamada Simotas Car rental (https://simotascarrental.com). Allí nos esperaba Ifigenia para darnos nuestro coche y explicarnos un sinfín de cosas que nos podría ser útil. Además nos ofreció sin coste adicional uno descapotable que decidimos coger aunque fuera de gasolina. ¿El precio? increíble, 30€ al día con el seguro básico a terceros.

Desde allí condujimos con la ayuda como siempre de Google Maps a Sami, al este de la isla, a unos 35 kms del aeropuerto y donde teníamos nuestro alojamiento, que iba ser otra de las estrellas del viaje, unos maravillosos apartamentos llamados Alancia Suites (http://alancia-suites.ionianislandshotels.com/es/) que reservamos con la plataforma Airbnb, pero que podéis hacer a través de Booking o directamente en su web. El apartamento por las fotos y las opiniones ya intuíamos que iba a estar muy bien, pero superó ampliamente todas nuestras expectactivas. El alojamiento disponía de todos los detalles imaginables, todo super limpio y con una decoración espectacular. También la amabilidad de los anfitriones hizo que la estancia fuera más espectacular.

Ese día salimos a cenar por Sami y ya pudimos apreciar lo que sería un denominador común durante todo este viaje, la falta de turistas por las restricciones a los viajes derivadas del COVID, sobre todo por parte de los ingleses, que suponen aproximadamente las 3/4 partes de los visitantes extranjeros que acuden cada año a la isla.

Buscamos un restaurante haciendo caso a las críticas de Internet y finalmente nos decidimos por uno llamado TO PAXATI (RAHATI) que ofrecía comida local 100%. Nos dejamos llevar por las recomendaciones del camarero que nos ofreció varios platos, una especia de algas, una morcilla caliente y unas albóndigas. No estuvieron mal como primera toma de contacto con la gastronomía griega que tanto me gusta. Pagamos 23€ con agua y un postre que nos regaló el propietario, muy amable por cierto.

Día 3. PLAYA AGIA ELENI. ARGOSTOLI.

Desayunamos por nuestra cuenta en nuestro impresionante alojamiento en el que estábamos solos y nos preparamos para pasar el día. Si os gusta el yogur griego tanto como a mí, elegir esta marca, recomendada por ellos mismos.

La primera playa que queríamos visitar se trataba de una llamada Agia Eleni.

Vamos con unos pequeños datos sobre las Islas Jónicas. Tradicionalmente se han llamado las Siete islas, siendo estas las principales, entre las que están Kefalonia y Zakynthos pero también otras como Corfú, Itaca, Paxos, etc. No tan conocidas como las Cícladas, con Mykonos y Santorini al frente, os puedo asegurar que nada tienen que envidiar a estas.

Son islas son de relieve muy accidentado, como pudimos apreciar conduciendo por sus reviradas carreteras. El clima es mediterráneo, aunque con un microclima que hace sea más húmedo que el de otras costas mediterráneas y, pese a los vientos fríos, un clima cálido que hace que tenga características subtropicales. Esto se nota constantemente en la cantidad de arbolado y lo verde que son sus paisajes, nada que ver por ejemplo con los de Mykonos y Santorini.

Kefalonia es la más grande de las islas Jónicas y la sexta de todas las griegas y cuando ves las distancias en kilómetros parece que todo está cerca pero debido al relieve y las curvas, las distancias se alargan en el tiempo.

La primera playa que queríamos visitar se trataba de una llamada Agia Eleni. Tardamos en llegar un poco más de una hora, ya que se encuentra en la otra parte de la isla. Cruzamos paisajes de olivos, cipreses y mucho arbolado. La miel es otro de las especialidades más apreciadas de la isla.

Había leído que para acceder a nuestra playa destino había que descender por un pendiente muy pronunciada, así que decidimos dejar el coche al comienzo y bajar caminando. Desde arriba ya pudimos apreciar el color de sus aguas y la buena pinta que tenía la playa, ya estábamos emocionados por bañarnos!!, ¡¡Viva Grecia!! 👏👏

Bajando vimos a nuestra derecha otra playa más conocida y concurrida, la de Petani.

Llegamos y apenas había una pareja de mediana edad en la playa que al poco rato se fueron, con lo que la teníamos toda para nosotros, ¡¡qué gozada!!. Como la mayoría de las de la isla, su suelo estaba formado por piedras pequeñas, así que os recomiendo llevar calzado tipo escarpines, pienso que las disfrutaréis más.

Estuvimos un buen rato disfrutando de sus aguas y de su maravillosa tranquilidad, qué espectacular rincón para nuestro primer día, ¡¡que paraíso!!

Cuando ya nos cansamos de bañarnos y era la hora de comer, nos fuimos en busca de nuestro coche, haciendo frente al repecho que teníamos por delante que la verdad que subiéndolo sí que nos dimos cuenta de lo empinada que era la cuestecita.

Viendo los pocos turistas que había en la isla y que nos íbamos encontrando muchos restaurantes cerrados, decidimos no arriesgar e ir a Argostoli, capital de Kefalonia, allí seguramente habría más alternativas.

Aparcamos fácilmente junto al mercado local y decidimos comer en uno de los restaurantes que hay en esa zona. Ya eran como las 4 de la tarde, con lo que todavía había menos gente. Éramos los únicos sentados en las numerosas mesas que había colocadas en fila.

Teníamos antojo de carne con pan de pita así que pedimos dos gyros, uno de cordero y otro de pollo, por los que con la bebida pagamos 24.4€. El camarero nos hizo un poco el truco para que pidiéramos el plato grande sin decirnos que cambiaba el precio de la carta, así que no lo recomiendo, esas artimañas nunca me han gustado. El restaurante se llamaba Kalafati y la comida no estaba mal aunque como siempre y por la falta de clientela, parecía la carne un poco reseca.

Nuestra mesa estaba justo al lado del agua, con unas estupendas vistas al lago que llaman Koutavos, aunque en realidad es de agua salada. Nadando en ellas, se podían ver asomar a tortugas que acudían a la zona en busca de comida que le suelen tirar los restaurantes y comensales.

Después de comer dimos un paseo por el paseo marítimo, pequeño pero con buenas vistas.

Y luego nos adentramos en esta coqueta población que tiene unos 10,000 habitantes y que fue fundada por los venecianos en el siglo XVIII. Es lo más visitado de la isla y destacan como puntos de interés el puente Drapano, el museo Arquelógico o los Molinos de Mar.

Su centro nos gustó mucho, aunque a la hora que era, sobre las 5pm, no había apenas gente. Kefalonia, fue devastada por un terremoto de 1953, por lo que gran parte de la edificaciones de Argostoli responden a estilos arquitectónicos muy modernos.

Recorrimos la calle principal llena de bares, restaurantes y tiendas, destacando las de souvenirs y todo tipo de artículos dedicados sobre todo a los turistas, algunos de los cuales llegan en cruceros. Por una vez, habría deseado que llegara alguno para llenar de algo de ambiente sus calles 🙂

Después de un rato, decidimos seguir explorando la isla y volver a una hora más cerca de la cena para ver si había más ambiente.

Cogimos el coche y nos acercamos a un lugar que había leído que era interesante y muy visitado para ver el atardecer, el faro St. Theodore, en el que estuvimos un rato disfrutando de las vistas del mar y de la localidad de Lixouri al fondo. Este faro fue construido en 1829 bajo el mandado británico de la isla y restaurado tras el terremoto.

Retomamos el camino, compramos algo de comida en un supermercado para cenar y nos fuimos hacia Sami para cenar en nuestro apartamento, no sin antes pegarnos un bañito para refrescarnos.

Este había sido el recorrido realizado este primer día completo en la isla.

Día 4. PLAYA EMPLISI. FISKARDO. ALATHIES.

Nos levantamos y tras desayunar pusimos rumbo al norte. La carretera va bordeando la costa y es realmente bonita, con vistas de la vecina isla de Itaca. Atravesamos el pueblo de Agia Effimia y tras un rato giramos a la derecha para iniciar el ascenso hacia la parte norte de isla, mucho más abrupta que el resto y llena de paisajes espectaculares.

Lucía un sol radiante con lo que fuimos en buscar de otra nueva playa que había leído que recomendaban en diversos blogs, Dafnoudi. Tras unos 50 min de recorrido, Google Maps nos llevó perfectamente al comienzo del camino que tras unos 10 minutos de bajada por un frondoso bosque nos llevaría a la playa. Esta vez nos vimos un poco decepcionados, con lo que decidimos no quedarnos y continuar en busca de otras. Juzgar vosotros mismos viendo esta playa y a la que fuimos a continuación.

Que no fue otra que Emplisi, y esta sí que nos encantó, además mucho más accesible con un parking justo al lado de ella. En esta había más gente, todos locales supongo que animados por el clima y que era domingo.

Aquí estuvimos un buen rato disfrutando de esta fantástica playa de aguas cristalinas hasta que el estómago nos pidió ir a comer.

Nos acercamos a Fiskardo, otro de los platos fuertes de la isla, un pequeño pueblo de pescadores que escapó milagrosamente del terremoto que azotó el archipiélago jónico en 1953. Este hecho ha permitido a la ciudad conservar casi intactas sus características arquitectónicas que, con el tiempo, han demostrado ser una excelente atracción turística.

Nos acercamos en busca de los restaurantes para comer, todos a pie del puerto y de nuevo, prácticamente vacíos. Nos decidimos por uno llamado Roulas restaurant n’ grill house.

Donde decidimos «tirar» de clásicos y pedir una ensalada griega (me encanta el queso feta), una moussaka y una ensala de pulpo para terminar, lo mejor de todo fue esto último. Pagamos por todo 30.8€ con agua mineral para los dos.

Luego tomamos un helado y dimos una vuelta por el pueblo, cuya vida se encuentra en torno al puerto, ahora más deportivo que pescador. El pueblo es escantador, lleno de edificios bien cuidados y adornados con todo tipo de flores y plantas.

Tomamos un café al módico precio de 3.8€ (lo más caro y desorbitado que he encontrado en todo este viaje, en el bar el Greco) y decidimos buscar otra playa para seguir disfrutando del agua y del espléndido día que hacía.

Nos acercamos a otra nombrada en los blogs que había leído, la playa de Foki, pero tampoco nos convenció así que decidimos volver a Fiskardo.

Finalmente y dado que vimos que ibamos a estar sólos, decidimos quedarnos en una enclavada en pleno pueblo, llamada Zavalata. En ella estuvimos perfectamente aunque desde luego de todas las de alrededor nos quedamos con la de Emplisi como playa favorita.

De vuelta a nuestro alojamiento decidimos hacer una parada para tener una perspectiva de un sitio famoso para ver el atardecer, Alaties beach en el que hay un pequeño restaurante en el que podréis cenar viendo la puesta de sol.

Como no teníamos hambre decidimos seguir la ruta y pudimos disfrutar de unas vistas espectaculares del atardecer desde la carretera.

Por casualidad paramos en un mirador y pudimos ALUCINAR con mayúsculas con la vista de la playa más famosa y bonita de la isla y declarada una de las 30 mejores del mundo, Myrtos beach.

Ya casi de noche llegamos a Sami, donde cenamos y nos fuimos a dormir bastante cansados, el día había sido largo. Este había sido el recorrido del día.

Día 5. PLAYA MYRTOS. ASSOS. PLAYA ANTISAMOS.

Se despertó este quinto día un poco nublado y con viento, y era una pena, porque tocaba conocer la playa más famosa de la isla y que ya habíamos visto desde las alturas el día anterior.

Llegamos pronto y fácilmente con el GPS, por un descenso desde la aldea de Divarata, empinado pero no excesivamente. Enseguida nos dimos cuenta de que no era el mejor día para visitar la playa. Había apenas 2 caravanas aparcadas, y hacía mucho viento y con algún nubarrón a lo lejos que no presagiaban nada bueno. Debido al gran oleaje, la playa tenía bandera roja y por tanto prohibido el baño. Desde luego el viento frío no invitaba al mismo, fue una pena porque habría sido estupendo haber disfrutado de esta maravillosa playa.

Aún así estuvimos un buen rato paseando por ella y disfrutando de la vista de sus aguas azules turquesa.

Desde aquí decidimos seguir subiendo al norte en busca de otro de los pueblos más pintorescos y visitados, Assos. No sin antes volver a disfrutar de la vista de esta maravillosa playa.

Assos se encuentra en una franja de territorio que se ve espectacular desde la carretera. Una península con un castillo veneciano, aguas azules, cipreses y pinos.

Assos es un pequeño pueblo típico de pescadores en el que reinan la mansiones italianas que se mantienen en pie ya que sufrió muy poco el terremoto de 1953. Tiene un par de calas de aguas cristalinas pero destaca más por su típica arquitectura local con casitas de colores. La verdad que es ideal para dar un pequeño paseo, tomar un café o comer y disfrutar de las vistas. La villa está custodiada por un castillo veneciano construido a fines del siglo XVI, al que recomiendo subir para disfrutar de las vistas desde allí.

Una vez visitado decidimos volver a nuestro apartamento a comer, para luego ir en busca de otras de las playas top de la isla y que está muy cerca de Sami, hablo de la maravillosa playa de Antisamos.

A mí como amante de la historia y más de la Segunda Guerra Mundial, cabe recordar que en Kefalonia fueron asesinados cinco mil soldados italianos en septiembre de 1943. A partir de un hecho tan triste se rodó una película que hizo famosa a esta isla en todo el mundo: La mandolina del Capitán Corelli, rodada precisamente en Sami y la playa de Antisamos.

Es la única playa que encontramos con más ambiente, con un espectacular bar lleno de tumbonas y sombrillas y que además no cobraban nada por ellas si consumías algo del bar. La playa tiene bandera azul con lo que tiene todos los servicios, amplio parking y nos resultó muy cómoda.

Es una playa super limpia, de guijarro fino y con un agua de distintas tonalidades que hacen de ella un auténtico paraíso.

Estuvimos un buen rato en la playa hasta que comenzó a levantarse un viento que acabó casi en huracán y nos obligó a nosotros y a todos a dejar la playa.

Volvimos al hotel y nos cambiamos para salir a cenar por Sami. Esta vez elegimos el restaurante Dolphins, que además se veía con más gente que en días anteriores.

Pedimos otra ensalada griega, moussaka y una chuleta, todo muy bien, la moussaka por ejemplo bastante mejor que la de Fiskardo. Con agua y un referesco, pagamos 28€, de nuevo el trato, fue muy bueno.

Este es el recorrido que habíamos hecho este día

Día 6. CUEVA DROGARATI. LAGO MELISSANI. ARGOSTOLI.

Amaneció otro día con un sol espléndido en el que teníamos pensado visitar la última perla de la isla, el Lago Melissani. Como había leído que la mejor hora para ir era al mediodía, con el sol en su cénit, y ya que por tanto teníamos tiempo y además se encontraba muy cerca de nuestro alojamiento decidimos visitar la cueva Drogarati. No había apenas gente, así que pagamos los 4€ que costaba la entrada y descendimos las pocas escaleras de acceso que tiene.

Esta cueva que se calcula tiene más de 10.000 años de antigüedad, se tiene constancia de ella desde hace unos 300, aunque fue tras el terremoto de 1953 cuando un derrumbe dejó al descubierto una entrada a la misma.

Alberga una gran zona central que pudimos leer que cuenta con una acústica excelente, es por este motivo que es un escenario en el que frecuentemente se puede disfrutar de conciertos y eventos musicales.

Si me preguntáis si recomiendo su visita, os diré que si estáis por la zona, tenéis tiempo y no os importa pagar la entrada, pues sí, pero la visita no os llevará más de 15 minutos y si ya habéis visto más cuevas, esta desde luego es prescindible.

Pero la que no me parece prescindible fue nuestro próximo destino, muy cerca de Drogarati, que es el Lago Melissani. De nuevo el terremoto adquiere protagonismo ya que fue el que dejó también al descubierto esta joya, abriendo un gran hueco ovalado a la superficie que deja proyectar los rayos del sol en un precioso lago de agua salada y de color verde, muy parecido a los cenotes característicos de México.

Pagamos 8€ por entrar y ojo porque suele ser un lugar donde se forman grandes colas en temporada alta y a veces decepciona porque la visita que te permiten hacer es muy breve, de apenas 10 – 15 minutos.

El pequeño lago natural tiene una profundidad de casi 30 metros, y se extiende por las dos cámaras de la cueva. La manera de visitarlas es en pequeños botes y en el que el barquero explica algunas cosas y también hace fotos y bromas esperando las «tips» de los turistas.

Una vez terminada la visita, con apenas 5 personas en la barca y librándonos por poco de una marea de gente desembarcados de un autobús, nos acercamos a un supermercado en Sami para comprar algo y comer en el apartamento.

Tenía apuntado visitar otra playa que por fotos y opiniones parecía espectacular, llamada Fteri beach, pero entre que había un tramo de la carretera que por un desprendimiento se hacía peligroso y provocaba dar un rodeo para llegar a la playa y dado que habíamos conocido ya playas preciosas los días anteriores, decidimos tomar la tarde más de relax y visitar de nuevo Argostoli. Así que repitiendo el camino de días anteriores hacia el oeste nos dirigimos de nuevo a la capital.

Acudimos a una gasolinera antes de entrar en la localidad (por cierto pagamos a nada menos que 1.70€ el litro de gasolina, qué dolor!) y aparcamos de nuevo y sin ningún problema al lado del mercado local.

Eran como las 19h y por tanto las calles estaban más animadas que la última vez, sobre todo en los bares y restaurantes.

Dimos una vuelta, compramos algunos recuerdos a precios nada caros y antes de que anocheciera, decidimos volver a nuestro alojamiento y cenar allí algo ligero.

Este es el recorrido que habíamos seguido ese día.

Día 7. POROS. SKALA. FERRY A ZAKYNTHOS

Este quinto día era el señalado para pasar en ferry a Zakynthos. Había dos diarios, a las 7.45 y a las 18h. Decidimos tomar el primero para aprovechar el día en aquella isla. El ferry partía desde el minúsculo puerto de Pesada, al sur, y teníamos casi una hora de camino desde Sami. Llegamos con tiempo y allí habíamos quedado con Ifigenia para devolverle el coche de alquiler. A la hora acordada, el ferry lo vimos acercarse… todo perfecto, parecía.

Pero cuál es nuestra sorpresa cuando nos dicen que sus trabajadores están en huelga y que este ferry no saldría a la hora acordada sino a las 18h. Resignados, empezamos a pensar qué hacer en el día y volvemos en a Sami, que muy amablemente y sin recargo alguno nos permite hacer la compañía en el coche alquilado, otro gran detalle. Llegamos a nuestro alojamiento sobre las 10 de la mañana y comentamos la situación a los propietarios, y de nuevo otro detallazo, nos dicen que nos quedemos todo el tiempo que necesitemos.

Sobre las 12 decidimos ya dejar el alojamiento y recorrer una zona que no teníamos pensado, la zona sureste de la isla, así que partimos hacia allí siguiendo las sinuosas carreteras. Pasamos por Poros, otro pueblo del que parten ferries a islas cercanas, es tan pequeño que nada destacable, y por fin llegamos a la localidad de Skala, a unos 40 kms de Sami, que es famosa como un lugar de reproducción de las tortugas Caretta Caretta, las últimas tortugas marinas del mar Mediterráneo. Es un destino favorito del turismo británico y enseguida vemos una estampa que hasta deprime, muchos locales cerrados y apenas turistas.

Era la hora de comer y encontramos un chiringuito muy bien situado frente al mar llamado Metaxa beach. Pedimos de nuevo un gyros, que resultó enorme y nos supo a gloria. El lugar fue perfecto para comer tranquilamente. Pagamos 35€ por dos gyros, refresco, agua y un helado.

El sitio es espectacular y la playa, qué decir de ella, pero mirar la estampa, ¡¡estaba vacía!! a mí desde luego no me gustan las aglomeraciones, pero como se suele decir, ni tanto ni tan calvo…

La playa preciosa, y como siempre con un color de agua, no tan espectacular como las del norte al no ser las piedras del fondo de color blanco pero igualmente espectacular.

Toda esta zona se encuentra llena de playas interesantes, Kaminia, Loutraki, Potamakia, etc.

Dimos un paseo en coche por el pueblo, que estaba lleno de tiendas, bares y restaurantes, no en vano es uno de los destinos con mayores servicios turísticos de toda la isla, pero todo tan vacío que decidimos continuar hacia el oeste en búsqueda de Pesada, con la incertidumbre de si pudiera pasar otra vez lo de la huelga y quedarnos en tierra.

Este fue el recorrido que habíamos hecho ese día.

Finalmente llegamos con tiempo al puerto y del ferry salió una persona que nos cobró los 9€ de la entrada por persona. Dejamos el coche de alquiler a nuestra querida y simpática Ifigenia y entramos en el ferry.

Esta es la vista hacia el este desde habíamos venido desde Skala.

Estábamos tristes por dejar Kefalonia que NOS HABÍA ENCANTADO y que desde luego superó ampliamente nuestras expectativas pero también estábamos esperanzados y expectantes por llegar a Zakynthos y ver con nuestros propios ojos la maravillosa imagen que hizo que yo hace años quisiese a toda costa visitar estas islas Jónicas.

El trayecto del ferry duró como un par de horas y sobre las 20h llegamos al puerto de Agios Nikolaos, al norte de Zakynthos. Allí nos estaba esperando nuestro coche de alquiler de otra compañía local llamada Caretta Rentals y que nos recomendó mi amigo Vagelis. Como el precio no era alto, decidimos coger un descapotable, un Volkswagen Eos por el que pagamos 149€ los 3 días con un seguro a todo riesgo de franquicia máxima de 500€. El coche estaba muy bien, mejor que el de Kefalonia.

Fuimos directamente al hotel, al que llegamos tras unas carreteras muy sinuosas, mucho más que las de la otra isla. Nuestro alojamiento fue el Armonia Boutique Hotel, con una calidad precio espectacular.

Nuestra habitación que era un estudio con una pequeña cocina, estaba en un edificio al lado del principal, y aunque es verdad que veníamos de un alojamiento tan espectacular como el de los días anteriores, este no estaba nada mal viendo el magnífico precio que pagamos, 157€ las 3 noches (sin desayuno).

Ese día había sido largo y estábamos cansados así que decidimos cenar en el hotel. El propietario, Dionisis, muy simpático y servicial tuvo el detalle de sentarse con nosotros para resolver todas las dudas que teníamos, aunque como me suele pasar, se sorprendió de lo bien que tengo todo organizado previamente, aún así, se agradece esa disponibilidad.

En la cena cometimos un error, decidimos pedir pescado frito, que luego pensamos y viendo los pocos clientes que había, que muy fresco, no iba a ser, otro de los inconvenientes de la falta de turismo. Eso sí, el postre casero que nos ofrecieron estaba espectacular.

La atención fue muy buena en todo momento. Nos invitaron a las dos copas de vino que pedimos y pagamos 23€ dejando algo de propina.

Día 8. NAVAGIO BEACH – BLUE CAVES. PORTO LIMNIONAS.

Dado que al día siguiente a este teníamos a las ocho de la mañana la prueba PCR del COVID en la capital y viendo el buen tiempo que hacía, decidimos este primer día completo en la isla asegurar lo más esperado de esta visita y del viaje, conocer la maravillosa playa de Navagio. Para ello nos acercamos con el coche a Agios Nikolaos, donde había llegado el ferry el día anterior.

Allí tendríamos que hacer algo que no me gusta mucho, buscar una empresa y negociar precio para hacer la excursión. Nos pedían en principio 20€ por cada uno pero finalmente había leído que solían bajar a 15€ así que con poco esfuerzo conseguimos ese precio. Quería hacer la excursión con poca gente pero no me garantizaban una hora así que finalmente decidimos salir cuanto antes para no perder tiempo. Iríamos en esta embarcación con unas 20 personas, pero a pesar de esto la verdad viéndolo después, creo que acertamos.

El piloto de la embarcación resultó ser un griego simpatíquísimo que nos amenizó todo el viaje con comentarios interesantes y sobre todo bromas, muchas bromas.

Bordeamos la costa norte de la isla girando hacia el oeste en busca de la playa destino. Pasamos por delante de la zona llamada Blue Caves, y donde a la vuelta haríamos una pequeña parada.

Toda esa zona está llena de espectaculares acantilados, que van creciendo a medida que se va avanzando.

Continuamos hacia el oeste y el color azul del agua nos cautivaba. El patrón nos habla de la profundidad tan increíble que tiene esta zona y de que hay focas monje que habitan estos ajetreados acantilados. Es verdad que vemos unos cuantos barcos pero nada de masificación, no quiero pensar en cómo se pondrá esta ruta en julio y agosto.

Y despúes de un rato navegando por fin doblamos un pequeño cabo, y de repente apareció ante nuestros ojos la maravillosa playa del naufragio, ese lugar por el que habíamos recorrido tantos kilómetros para conocerlo y disfrutar al máximo.

Es verdad que no es la mejor hora para visitarla, cerca de las 12 de la mañana porque a esta hora empieza la hora punta de visitantes y embarcaciones. Yo no iría antes de esa hora porque el sol no está lo suficientemente alto y daría la sombra en alguna parte de la playa. La mejor es a partir de las 14h, cuando hay menos visitantes y todavía el sol ilumina la playa entera. A partir de las 18h aproximadamente en este mes (julio) empezaría el sol a ocultarse tras su pared norte, por lo que repito, entre aproximadamente las 15h y las 18h podría ser la mejor franja.

Cuando llegamos había bastante gente, nada de playa paradisíaca como ya no preveíamos. Y todo porque había dos embarcaciones grandes con muchas personas a bordo.

Pero aún y con la gente, yo la playa la disfruté mucho porque aluciné con las imponentes paredes que la circundan y sobre todo, por el espectacular color de sus aguas. Además la presencia del barco encallado lo hace de lo más singular, una embarcación herrumbrosa y hasta llena de pintadas, a la que afortunadamente ya no dejan subir ni acercarse por seguridad. Celebro que hubiera dos personas de seguridad que no dejaban a la gente tampoco acercarse a los extremos de la isla por peligro de derrumbes.

Y vamos con la famosa historia de esta Navagio Beach o también llamada Shipwreck Beach, historia que todo el mundo cree pero también hay sospechas de si fueron realmente las autoridades helenas las que dejaron encallado este barco aquí para sacarle réditos turísticos, pero bueno, no seamos mal pensados…

Pues resulta que este barco, construido en 1937 en astilleros escoceses y que pasó luego por varias navieras, acabó siendo utilizado por la mafia italiana para transportar tabaco y alcohol de contrabando desde Turquía. El 10 de enero de 1980 la marina griega que venía observando las actividades de este barco, lo persiguió para su abordaje justo cuando estaba atravesando el norte de la isla de Zakynthos y en medio de un fuete oleaje el buque fue arrastrado hasta la playa donde quedaría encallado para siempre. Desde entonces esta olvidada cala es conocida como la playa del naufragio y conocida en medio mundo.

Normalmente las excursiones te dejan allí más o menos una hora y entre fotos y disfrutar del entorno se pasa volando. Al final ya de nuestra visita se fueron varias embarcaciones y estuvimos mucho más a gusto disfrutando de sus frescas y azules aguas. La playa es de piedra blanca y fina, bastante incómoda para caminar descalzo por lo que de nuevo recomiendo escarpines.

A la vuelta haríamos parada en otro de los puntos fuertes de esta excursión, las Blue Caves, que son una sucesión de arcos de piedra caliza creadas naturalmente por la erosión. Paramos primero en una cueva donde el patrón griego nos casi obligó a tirarnos al agua, y fue increíble ver como si hubiera iluminación debajo del agua, puro efecto óptico provocado por el sol.

A continuación fuimos a otra zona todavía más impresionante.

Allí nos tiramos de nuevo al agua y pudimos disfrutar de esas aguas de color azul turquesa.

Cerca de este punto entramos de nuevo en otra cueva donde pudimos adentrarnos nadando una decena de metros.

Finalmente y ya después de como media hora de paradas, volvimos al puerto de donde habíamos salido, muy satisfechos con la experiencia y con la agencia con la que fuimos. Nuestra intención a continuación, ya que estábamos cerca y era una buena hora, fue ir al mirador para ver la playa desde arriba, atracción todavía más popular que incluso pisarla in situ.

Para llegar a él, si váis con Google Maps debéis poner Navagio Beach View, pero ojo porque el GPS os puede pasar una mala pasada para salir del puerto de Agios Nikolaos, ya que hay tantas carreteras y opciones, que nos metió dos veces en caminos de tierra y pendiente arriba que casi nos cuesta un disgusto dar la vuelta.

Después de unos 25 minutos siguiendo la carretera sinuosa, llegamos al mirador, en el que había apenas unas 20 personas esperando, menos mal que vinimos en esta época…Parece que hace tiempo esta zona no tenía ningún control y cada visitante se acercaba al borde del acantilado para observar la playa y por supuesto hacer fotos pero tras varios accidentes, las autoridades decidieron organizar las visitas y tener a gente vigilando para evitar desgracias. Sólo dejan asomarse ya desde el balcón artificial preparado para esta concurrida visita.

Y después de unos 20 minutos tuvimos la recompensa, y seguro la foto de este viaje, absolutamente espectacular y maravillosa.

A continuación y dado que eran ya como las 3 de la tarde, decidimos parar en el primer sitio que encontráramos para comer, y ese fué en uno llamado Margarita Tavern, en el pueblo de Anafonitria, muy cerca del mirador y lleno de restaurantes y tiendas de souvenirs. El sitio resultó un rotundo acierto, con unas vistas de los campos de olivos cercanos y sobre todo la atención de un establecimiento 100% familiar. Pedimos dos moussakas, que nos acompañaron de unos panes con aceite y de postre un yogur griego con miel, otra especialidad de la zona.

Pudimos charlar amistosamente con el propietario, que nos comentó que esta playa lógicamente hace 25 años no la conocía nadie y él acudía con su padre a cuidar colmenas que tenía allí sin dar más importancia al mirador. También nos comentó que en julio y sobre todo agosto, se forman colas de más de 2 horas para visitar el mirador, una auténtica locura.

Pagamos apenas 22€ por la comida y seguidamente teníamos pensado ir al oeste de la isla a conocer una playa muy recomendada en todos sitios, Porto Limnionas. Otra media hora en hacer los apenas 18 kms que nos separaban de la playa.

Zakynthos es más pequeña que Kefalonia, con 406 km2, por 781 km2 de esta última y se agradece a la hora de moverse por la isla, pero es verdad que posee una red de carreteras y caminos mucho más numerosa y además más sinuosos, lo que hacía que las medias para moverse por la isla fueran bajísimas.

Y por fin llegamos a la playa, que dispone de un parking gratuito y consiste en una pequeña y rocosa bahía con un bar al lado lleno de agradables tumbonas donde tomar o comer algo.

Nosotros decidimos bajar junto al agua para tumbarnos al sol y darnos un refrescante baño. De nuevo nos encontramos con un color de agua espectacular. La zona es ideal para el esnorquel incluso para el buceo, ya que encontramos un pequeño establecimiento para el que quisiera probarlo.

Aunque es verdad que no es una playa cómoda porque es pequeña, sin orillas y de accesos rocosos, es ideal si buscáis una alejada de las clásicas y de las aglomeraciones. A mí personalmente me gustó mucho.

Estuvimos hasta que dio la sombra en la playa, cuando ya decidimos coger el coche para dirigirnos al este de la isla y buscar un lugar para cenar.

Atravesamos la isla por multitud de pueblecitos y pequeñas aldeas de lo más rural y donde el GPS nos guió otra vez por caminos de tierra de difícil acceso. Si utilizáis Google Maps como hice yo, intentar circular por carreteras menos secundarias y no siempre las más rápidas que dice la aplicación, si no queréis veros encerrados en alguna carretera poco transitada.

Teníamos la intención de ir a cenar a Zante, la capital, pero terminamos un poco antes, en el pueblo de Tsilivi, porque vimos que estaba lleno de restaurantes y algo de ambiente. Es verdad que en esta isla pudimos ver más turismo que en Kefalonia, mucho más desangelada. Compramos algún souvenir en las enormes tiendas que había, por cierto a muy bien precio y cenamos en un restaurante llamado Aris.

De nuevo comimos un gyros y una ensalada, por los que pagamos 30.5€ con bebidas. Un muy buen precio y muy buena atención.

Esta es la ruta que habíamos hecho ese primer día en Zakynthos.

Día 9. ZANTE. PORTO AZZURO BEACH. ALYDANAS BEACH.

Madrugamos porque teníamos a las 8 la prueba PCR del COVID para volver a España en Zante. La hicimos sin problemas y luego decidimos dar una vuelta por las calles peatonales del centro, que se encontraba llena de tiendas y restaurantes, muy dedicadas al turista y que nos recordó a Argostoli en Kefalonia. Compramos algo para comer en la playa.

Tras el terremoto de 1953, la ciudad quedó destruída con lo que se recontruyó practicamente en su totalidad. Posee preciosos edificios neoclásicos, una fortaleza, iglesias y diferentes museos, donde destaca el museo Bizantino. En las afueras, en el pueblo de Bójali, están los restos de un hermoso castillo con espléndidas vistas.

Este último día de vacaciones lo habíamos destinado a descansar, estar de relax y disfrutar de un auténtico día de playa. Había leído que había muchas en sus 120 kms de costa y salvo Porto Limnionas ninguna la recomendaban especialmente, Laganas, Argassi, Xigia, Marathia, Agios Nikolaos, Gerakas (donde anida la tortuga Careta careta) y Makris Gialos son algunas de ellas. Finalmente decidimos ir a una que se llama Porto Azzurro.

Si os decidís por esta, encontraréis una enteramente de arena y con todos los servicios. Hay un bar restaurante espectacular muy bien montado y que dispone de numerosas tumbonas y sombrillas tanto en la playa como en una zona de césped más atrás.

El agua estaba buenísima, comimos lo que habíamos comprado en Zante y ahí estuvimos hasta entrada la tarde, momento en el que decidimos movernos y cambiar de playa. Como nos daba pereza ir a alguna del oeste, decidimos ir a conocer una que teníamos ya muy cerca del hotel, la playa de Alykanas. Se trata de una larga playa de agua limpia pero ya supongo que como veníamos de ver playas de tanto nivel, la verdad que estas dos últimas no nos impresionaron precisamente.

Esta playa es una continuación de Alykes beach que también vimos al aparcar en medio de las dos.

Si hubiéramos tenido más tiempo sin duda habríamos ido a conocer el suroeste de la isla, en la zona de Keri, donde podéis ver el atardecer en Cabo Marathia. También más al este, ir a Agios Sostis y pasar a la pequeña isla Cameo. Para nosotros, tendrá que ser para una nueva ocasión.

Volvimos al hotel y salimos a cenar para acabar repitiendo en el establecimiento del día anterior, Aris restaurant, donde nos decidimos por platos 100% griegos, muy buenos por cierto.

Esta fue la ruta que hicimos este último día.

Al día siguiente tomamos el vuelo de vuelta rumbo a Atenas para dos horas después volar hacia Madrid.

Como ya he comentado, este destino ha sido una gran sorpresa y no cambiaría mucho de lo que hicimos, creo que acertamos dando más días a Kefalonia, isla más grande y con más sitios interesantes que ver, sobre todo playas, a años luz de Zakynthos y de otras islas que conozco como Mykonos y Santorini, eso sí, Zakynthos tiene la carta de Navagio Beach, que está a otro nivel.

Dejamos Grecia, un país fantástico en el que me siento como en casa, espero volver a visitarlo en otra ocasión. Espero que este relato os ayude si os decidís por visitar estas fantásticas islas bañadas por el mar Jónico, no os arrepenteréis.

chorrera de los litueros, la cascada más alta de madrid

Esta espectacular cascada compite con la de San Mamés por ser la más alta de Madrid. Se encuentra en este punto.

La añado a mi blog porque cuando la visité, ojo, quizás en el mejor momento en el que se puede visitar, mes de enero, en pleno deshielo de las nieves y tras días de lluvia, personalmente me encantó y sobre todo porque es muy sencilla de hacer y a la que se llega en no más de 20 minutos desde donde se deja el coche.

En sencillo llegar hasta la cascada. La manera más rápida y accesible es cruzar el pueblo de Somosierra, y una vez pasada una gasolinera que dejaréis a la derecha, tenéis que tomar a la derecha también la antigua carretera Nacional I. Ojo no os paséis el desvío y sigáis hacia la izquierda porque así cogeréis la A1 dirección Burgos.

Debéis descender unos 500 metros por esa carretera sin apenas tráfico y debéis estar atentos porque a vuestra derecha veréis esta entrada que os llevará a vuestro destino

Debéis dejar el coche en el archén con precaución y a unos 100 metros tras adentraros en el sendero hay que sobrepasar una puerta metálica, que atravesaremos por la derecha, donde hay un cierre automático para el paso de personas, recordar cerrar la puerta.

Continuar por el camino hasta que os encontréis con un riachuelo, el Arroyo de las Pedrizas. Aquí tendréisque girar hacia la derecha y paralelo al arroyo, buscar un lugar seguro para cruzarlo, que será más fácil o más dificultoso dependiendo de la época del año en que vayáis y por tanto del torrente de agua que lleve el arroyo.

Con un poco de precaución, sobre todo si váis con niños y ya siguiendo el ruido que hará el agua al caer, os encontraréis con esto, una preciosa cascada de 40 vertiginosos metros de altura.

Si queréis ver la cascada desde un punto más alejado, tenéis que volver hacia el Arroyo de las Pedrizas que cruzamos. Aquí tienes que seguir el camino ascendente por el lado derecho de las grandes rocas que dan a la Chorrera de los Litueros. Encontraréis diferentes miradores que os permitirán ver el salto de agua desde diferentes perspectivas.

Como siempre hay otras maneras de llegar a la cascada, que parten desde el pueblo de Somosierra, para eso hay muchas páginas webs y blogs en la que descubriréis cómo hacerlo, pero yo añado aquí este lugar porque primero es precioso y luego es más que accesible.

Para evitar decepciones y que luego no os encontréis la cascada con el cauce que os muestro, es FUNDAMENTAL elegir un buen momento del año, y ahí yo diría elegir, enero, febrero o marzo e intentar hacerlo tras una buena temporada de lluvias, o cuando hayan caído nevadas recientemente, si no os la podréis encontrar con mucho menos caudal.

BOSTON

¿Y por qué este viaje a Boston?

La respuesta es porque Estados Unidos, a pesar de sus defectos y a pesar de la imagen que a veces proyecta, tengo que decir que a mí me encanta visitarlo y que todas las experiencias que he tenido en él han sido de lo más satisfactorias, así que cuando surgió la posibilidad de un nuevo viaje al país norteamericano, con un vuelo a un precio que fue una auténtica oportunidad, no me lo pensé. A este viaje me acompañaría en un principio mi cuñado Víctor y mi compañero habitual de escapadas Manolo, pero después se fue añadiendo la tropa salmantina, Roberto, Eva (alias Rocío) y Dani, la cosa prometía.

Volamos en noviembre 2019 pero compramos los billetes en torno al mes de febrero ya que salieron vuelos baratos desde Barcelona con la compañía Level, aerolínea de bajo coste de Iberia, por los que pagamos tan sólo 240€, a los que habría que añadir el pequeño vuelo de Madrid a Barcelona (otros 50€).

Una de las motivaciones importantes del viaje era la oportunidad de volver a disfrutar de un partido de la NBA, y qué mejor equipo para ver que un mítico como los Boston Celtics, así que si a eso sumamos lo atractivo de poder visitar la capital de Massachusets, se convertía en un destino perfecto para esta escapada. Lamentablemente en el mes de agosto salió el calendario de la NBA y ¡oh! sorpresa, los Celtics no jugaban en casa los días que íbamos a estar en la ciudad, así que nuestro ‘gozo en un pozo’, pero bueno, encontraríamos otra alternativa…

Con una pequeña escala en Barcelona y tras un registro exhaustivo y aleatorio, cogíamos rumbo a Estados Unidos, sería mi quinto viaje a los EEUU ¡¡¡BOSTON nos esperaba!!!! ✈

fbt

Recordar que en esta compañía la comida a bordo hay que pagarla al hacer la reserva o bien comprarla allí mismo, gratuito sólo hay si queréis un vaso de agua ;). Tengo que decir que los asientos no eran muy espaciosos pero el entretenimiento a bordo era bueno, con películas y series en español con la pantalla individual para cada uno (no olvidéis llevaros auriculares), así que mi opinión de esta compañía LEVEL, viendo el precio de sus billetes es más que satisfactoria.

Aterrizamos sobre las 20h. e hicimos los trámites de inmigración bastante rápido. Como no facturábamos maletas, salimos enseguida al hall central donde sacamos dinero en los cajeros, lo habitual en nuestros viajes. Fuera nos esperaba James, un amigo de mi compañero Roberto, que amablemente nos llevó al hotel en su coche de 7 plazas.

Hago un inciso sobre el alojamiento, porque buff, me costó mucho encontrarlo esta vez, ¿por qué? porque son carísimos en Boston. Me recorrí todos los del buscador Booking, y hasta tiré de Airb&b, pero todos los precios se disparaban y por supuesto ninguno estaba céntrico. Pero no sé en qué momento o cómo, di por casualidad con el que iba a ser nuestro alojamiento, The Verb Hotel y en su propia página ví que tenía precios interesantes y buenas críticas en otras, además no tenía que adelantar nada, así que reservé sin dudarlo. Reservé una habitación con dos camas de matrimonio en las que podíamos dormir 4 así que nos saldría todavía más económico. Fuimos 5 noches por las que pagamos en total 520€ con desayuno incluído, precio imbatible en esta ciudad.

Además el hotel estaba muy bien situado, junto al estadio de los Red Sox de baseball, cerca de la zona de grandes hoteles de Newbury y Boylston Street y no muy lejos del centro.

Situación hotel The Verb

Llegamos al alojamiento de noche y ya por fuera y como aparecía en las fotos tenía muy buena pinta, de lo más rockero y original.

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Entramos dentro y nos enamoró el precioso hall,  con un look de lo más popero y con un aire años 70 – 80 que lucía espectacular 🎸🎶.

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Vimos que en ese hall ofrecían fruta, agua y café gratis para poder disponer de ello gratuitamente en todo momento, gran detalle.

Nos pidieron la tarjeta para hacernos el cargo de la reserva (en USA siempre cobran por adelantado) y subimos a la habitación. Estaba genial, todo muy limpio y no faltaba detalle.

Además tenía una cosa muy original en cada habitación, y es que había un tocadiscos en el que podías poner música, para los amantes de los vinilos, este detalle os encantará🎵 .

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En la recepción del hotel disponías de un montón de discos que podías ir intercambiando a tu gusto. Espectacular idea, ¿no créeis?

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Además la habitación doble de Rocío y Dani estaba justo al lado de la nuestra y hasta tenía una puerta que las comunicaba.

Dejamos las maletas y a pesar del cansancio salimos fuera dispuestos a cenar algo.

A los pocos metros de ahí encontramos una hamburguesería, de la cadena Tasty Burger, había poca gente ya que era martes y las 10 de la noche 🍔🍟.

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El sitio era la típica hamburguesería tipo Mcdonalds y tenía lo de siempre, comimos casi todos hamburguesas y la cuenta total fue de 58$ propina aparte, muy buen precio, apenas 10 dólares por cabeza.

Tras eso volvimos al hotel buscando la cama desesperadamente, algunos no habíamos dormido nada en el avión y el despertador ya estaba puesto a las 7 de la mañana. Recordemos que en noviembre anochece aquí sobre las 16h, así que había que madrugar porque pronto se acababa la luz natural.

Día 2. Trinity Church, Boston Public Library, Cheers & Beacon Hill. Harvard University

Durmiendo 4 en una misma habitación, el jet lag y como suele pasar las ganas de ver la ciudad, no dormimos mucho y antes de las 7 ya estábamos duchándonos y preparándonos para «quemar» la ciudad. Nos arreglamos y bajamos a desayunar.

De nuevo un muy agradable lugar, con una novedad, música a un volumen bastante alto para que no olvidarámos, que ahí se respiraba música a todas horas.

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Fuera hasta tenía una piscina que se podía disfrutar en invierno porque estaba climatizada y que en verano tenía que ser espectacular disfrutarla, de verdad os recomiendo 100% este hotel, qué gran descubrimiento.

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Y ya estábamos preparados para ver la ciudad, de la que doy algunos datos, que como siempre, me gustan, lo siento para los que no :). Boston es la capital de Massachusetts y su ciudad más grande, su población es de unos 694,000 habitantes (2018) similar por ejemplo a la de la ciudad de Sevilla, y que la coloca en la posición 23 de todo el país.  El área metropolitana «Greater Boston» alberga a unos 4.7 de personas, haciendo que suba al décimo puesto como área metropolitana mayor de los Estados Unidos.

Si váis a esta ciudad, comprobaréis que también tiene un distrito financiero de edificios altos, de hecho es el tercero más importante tras Chicago y New York, pero por lo que destaca más es por sus maravillosos barrios de casas bajas, muchas de arquitectura victoriana fruto de la influencia inglesa y por supuesto que es una ciudad llena de historia, que yo creo que es su sello más característico. Es una ciudad bastante cara en general, no en vano ocupa el primer puesto en cuanto a ingreso medio de las familias de toda la costa este por encima por ejemplo de New York y Washington. Es considerada la capital intelectual por excelencia de EEUU, una ciudad elitista donde casi la cuarta parte de la población lo conforman estudiantes, no en vano en el estado hay más de 100 universidades y colleges!!!!

Fundada en 1630, es una de las ciudades más antiguas de los Estados Unidos y con mayor riqueza cultural. Cerca de Boston se instalaron los primeros colonos puritanos que llegaron de Reino Unido en el famoso barco Myflower y que fundaron Nueva Inglaterra. Más de un siglo después aquí comenzó la Guerra de Independencia de las 13 colonias y por tanto el nacimiento de los EEUU (1776). El papel fundamental que desempeñó en esa independencia se destaca en el Freedom Trail (Sendero de la Libertad), una ruta peatonal de 4 km de sitios históricos que cuenta la historia de la fundación de la nación y esto veréis en todas las guías que es lo que no hay perderse de Boston.

Como para esa ruta dedicaríamos el día siguiente entero decidimos destinar esta primera jornada a ver lo más interesante fuera de dicho «trail». Así que como el hotel no estaba lejos decidimos ir caminando y acercarnos hasta la Trinity Church a pesar de que estaba lloviendo. Por el camino pudimos disfrutar de esta época del año que se veía reflejado en los parques y jardines que atravesábamos 🍁.

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Un pequeño inciso para hablar de una cosa importante, el clima de esta ciudad, que al estar tan al norte es de los más duros del país, pudiendo llegar en inviernos extremos a temperaturas por debajo de los 20 bajo cero. En noviembre debería rondar los 10 de máxima y los 3 de mínima pero hay un factor importante en estos lugares, la llamada sensación térmica, con un viento que suele soplar desde lo más profundo de Canadá. Nosotros íbamos preparados de verdad, con gorros, camisetas y mallas términas, buenos abrigos🧣🧤,  pero es verdad que tuvimos suerte y luego no fue para tanto, y digo suerte porque os mostraré al final qué pasó unos pocos días después de dejar la ciudad.

Llegamos a una de las plazas más emblemáticas de Boston, la Copley Square, donde nos dirigimos a la Trinity Church justo cuando abría, a las 10h. Esta es una iglesia episcopal de la diócesis de Boston construida en 1877 después de que la situada en su anterior emplazamiento se quemara en el Gran Incendio de Boston de 1872. Según pude leer la torre que se eleva hasta los 64 metros está inspirada en edificios medievales españoles, ya decía yo que me resultaba familiar…🤔 me recordaba al románico de nuestro país.

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Había leído que la entrada costaba 10 dólares nada menos, pero que si se decía que se iba a rezar la entrada era gratuita, así que nos dispersamos, pusimos cara de cristianos anglicanos, y cuando nos preguntaron dijimos «we come to pray» y para dentro 🙏.

El interior es un espectacular despliegue de murales y vidrieras de colores que nos sorprendieron para bien, así que recomiendo la visita sí o sí.

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Después de un rato salimos al exterior y como había leído que ese miércoles a las 11h había una visita guiada gratuita en la Biblioteca Pública de Boston, otro de los monumentos más importantes de la ciudad, decidimos entrar en otra imponente iglesia para hacer tiempo, la Old South Church. Cabe destacar que otra de las señas de identidad de Boston y de Massachusetts en general es la cantidad de congregaciones que hay con sus iglesias locales.

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Se trata de un templo gótico renacentista terminado en 1875 y cuya entrada es gratuita. Su interior es mucho más austero que el anterior pero interesante.

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A las 11h nos dirigimos al hall de entrada de la Boston Public Library donde nos esperaba a un pequeñísimo grupo (esto es lo bueno de ir en esta época y entre semana que apenas había turistas) y un hombre de avanzada edad dispuesto a hacernos de guía durante una hora por esta fabulosa biblioteca. Desde fuera es imponente el edificio McKim, que es célebre por su magnífica fachada (inspirada en los palacios del Renacimiento italiano).

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Se fundó en 1852 y contiene nada menos que 15 millones de libros. Es la biblioteca municipal más antigua de Estados Unidos y la tercera que dispone de más fondos. Recuerdo de nuevo que Boston se considera la capital intelectual de los EEUU, conocida como la «Atenas de América».

Accedemos a las escaleras de entrada que son maravillosas, construidas en mármol, y al hall que está decorado con pinturas cuyo significado nos explica nuestro guía explica en inglés pero muy lentamente con lo que lo entendemos más o menos bien. Impresionante este lugar.

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A continuación entramos en silencio en la sala de lectura Bates Hall, considerada arquitectónicamente como una de las más importantes del mundo. Su forma es rectilínea, pero terminando en ábside en sus extremos, recordando a una basílica romana, preciosa esta sala.

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Entramos en otra sala donde continuamos escuchando las explicaciones sobre el significado de cada mural.

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Finalmente salimos al patio central, donde se encuentra un jardín de esculturas, rodeado de una galería de arcadas a la manera de un claustro renacentista.

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Y aquí termina nuestra visita. Nos despedimos de nuestro amable guía y nos dirigimos a tomar un café a la zona más moderna de la biblioteca.

Continuamos hacia el río Charles y recorremos toda esta zona conocida como Back Bay, una de las más exclusivas de la ciudad, llena de casas y mansiones muchas del siglo XIX. Una pena que lloviera tanto para no apreciar más esta zona, que a mí me encantó. En muchas de ellas todavía quedaban las calabazas de la reciente fiesta de Halloween 🎃 .

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Finalmente llegamos a como no, uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad y que a los de nuestra generación nos hizo mucha ilusión, quién no se acuerda de la serie de TV de los 80, Cheers. Decir que la foto que salía del exterior en la serie, era de este lugar. El interior del bar sin embargo se grabó íntegramente en un plató de televisión.

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Después de esto decidimos acercanos a la que es considerada la calle más fotografiada del país, la estrecha y adoquinada, Acorn Street. Los que viven parece que están hartos porque ponía bien claro que no se podía acceder salvo a fotógrafos profesionales pero nosotros aprovechando que estábamos sólos, la recorrimos, en silencio, eso sí.

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Toda esta zona llena de viviendas victorianas de ladrillo, conocida como Beacon Hill, es también una cita obligada al ser muy característica de Boston. Se trata de un barrio histórico y encantador donde la herencia del pasado y la tradición se conservan a rajatabla, dos ejemplos, no se permite hacer ningún cambio en las fachadas de los edificios si no pasa por un comisión arquitectónica y las lámparas todavía son de gas como hace más de cien años. Por supuesto también es un barrio muy elitista y caro, por un apartamento de una habitación preparar unos 1,800 – 2,000$ de alquiler al mes.

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Como ya se acercaba la hora de comer decidimos ir a Cheers a ver si teníamos sitio, y tuvimos suerte porque el bar es muy pequeño, con unas pocas mesas y una zona de venta de souvenirs donde sin duda «picamos» algo. Tenía buen ambiente y como siempre las camareras nos atendieron muy bien.

El precio nos sorprendió porque pensábamos que iba a ser más caro, platos de unos 15 dólares, Coca-cola 3,5$ y sidras y cervezas más grandes a 7$, precio caro para nosotros, pero muy normal en la ciudad. Al final la cuenta fue de 155$, unos 26$ por persona (propina aparte). Varios de nosotros nos pedimos este plato que eran patatas con queso y que nos gustó bastante, muy «light» como podéis apreciar.

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Como no hacernos la foto de rigor.

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Esta es la ruta que habíamos hecho esta mañana, para que la tengáis en cuenta, yo creo que es más que recomendable si tenéis tiempo ⌛.

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Tras la comida nos vino a buscar James para llevarnos a conocer, a un grupo de universitarios como nosotros, a posiblemente la más prestigiosa del mundo, la Universidad de Harvard.

Deciros que es la institución de educación superior privada más antigua de Estados Unidos. Surgió en 1636 con el nombre de New College y posteriormente modificó su denominación a Harvard College en reconocimiento a su principal benefactor (ojo, no su fundador), John Harvard de Charleston, que donó a la institución su biblioteca y todos sus ahorros.

Esta dicen que es una de las estatuas más fotografiadas de los EEUU y es curioso el hecho de que no representa al propio John Harvard si no a un guapo estudiante que tomaron como modelo, ya que no se tenía una imagen de este benefactor.

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El campus principal ocupa 85 hectáreas, y tiene su centro en la Harvard Yard, un área de jardines y edificios que constituye la parte más antigua y el centro del campus de la universidad y que recorrimos caminando. Toda esta zona está llena de bibliotecas, edificios de aulas, departamentos académicos y residencias para los estudiantes. Aquí tenéis el denominado University Hall.

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Como decía anteriormente es una de las universidades más selectas del mundo, ya que de cada 100 aplicaciones, sólo 5 estudiantes son admitidos y es curioso el dato de que alrededor del 60% de sus alumnos reciben becas de acuerdo a su necesidad y hasta el 20% de ellos incluso no tienen que desembolsar nada. Para que os hagáis una idea, el coste de la matrícula de un curso para un estudiante sin beca ronda los 46,000$, a lo que si sumamos el alojamiento, manutención y otras tasas sube hasta los 67,500$.

Daba escalofríos sólo pensar que en estas aulas han estudiado 158 galardonados con un premio Nobel, 8 presidentes norteamericanos, 108 medallistas olímpicos, 48 premios Pullitzer, etc, y personas tan importantes como Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy, Bill Gates, Barack Obama, Mark Zuckerberg, etc.

Su biblioteca, con una colección de 20,4 millones de volúmenes y 5,4 terabytes de archivos digitales, es la biblioteca académica más grande del mundo, cifras mareantes. Intentamos entrar pero lamentablemente se necesita una acreditación.

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Y un par de comparaciones que a mí me dejan boquiabierto, y es que en sus aulas estudian alrededor de 7,000 alumnos de grado y unos 13,200 de postgrado, bastantes menos que los 65,000 por ejemplo que cursan estudios este año en la Complutense de Madrid, pero es que la Universidad de Harvard contó en 2018 con un presupuesto de 5.200 millones de dólares (2018), que es, aproximadamente la mitad del de las 50 universidades públicas españolas juntas!!!!

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Entramos en la llamada Pusey Library, también en Harvard Yard, donde podréis ver expuestos diversos archivos, manuscritos, fotos y documentos digitales de la Universidad.

En esta foto tenéis la Memorial Church, construida en 1932 y donde se rinde homenaje a aquellos licenciados en Harvard que han muerto en las diferentes guerras mundiales.

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Con James entramos en la facultad de derecho, de reciente construcción. No podía pensar en otra cosa al observar a los afortunados estudiantes que tenían el privilegio de poder estudiar aquí, qué sensación de orgullo puede sentirse licenciarse en una universidad de tanto prestigio.

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Nosotros no fuimos porque no teníamos mucho tiempo pero una visita muy recomendable es al Museo de Historia Natural (Harvard Museum of Natural History), un museo de pago muy visitado y referencia a nivel mundial.

Salimos al exterior y finalizamos nuestra visita dando un pequeño paseo por la cercana localidad de Cambridge donde pudimos ver casas muy típicas americanas y seguro nada baratas, preciosas.

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Finalmente nos dirigimos en coche de regreso a Boston en medio de un intenso tráfico debido a la lluvia y que era la hora de volver a casa después del trabajo.

Estas son las bonitas vistas nocturnas de Boston desde Cambridge, del otro lado del río Charles.

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Como todavía no era la hora de cenar decidimos ir a tomar algo, y James nos llevó a un sitio con solera, la Warren Tavern, una de las tabernas más antiguas del estado de Massachusetts y de las más históricas de América, fundada en 1780. Se encuentra en el barrio costero de Charlestown, con grandes raíces irlandesas. Es un lugar de lo más agradable, con un montón de tipos de cerveza (recordar que en Boston la cerveza es más que famosa) y donde pasamos un muy buen rato 🍺🍺.

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Salimos del bar ya hacia las nueve de la noche dispuestos a ir a cenar, y el bueno de James nos llevó a cenar a un sitio llamado Trillium, un restaurante tipo cervecería que estaba hasta los topes de gente y donde pudimos comer platos de todo tipo, desde hamburguesas típicas hasta un surtido de chorizos y pulpo.

La cuenta fue de 166$, que sin propina tocamos a unos 24$, no estuvo mal siendo un local que parecía estar muy de moda.

Y de allí regresamos al hotel en coche, habíamos dormido poco y teníamos ganas de coger la cama.

Día 3. The Freedom Trail

Pusimos la alarma⏰ a las 7 pero de nuevo nos desperamos antes, desayunamos y pronto ya estábamos dipuestos para iniciar el recorrido más famoso de Boston y en el que se visita lo más característico de la ciudad, el Freedom Trail.

Para movernos por la ciudad teníamos las opciones de transporte público, taxis o Uber. Como ya había utilizado esta última opción en otros viajes a EEUU y me había ido bien, y dado que éramos 6 para compartir precios decidimos pedir un coche XL con capacidad para 6 personas, y en apenas unos minutos lo teníamos ahí. Nos cobraría 24$ por llevarnos hasta el punto donde comienza la famosa ruta, en el Parque Boston Common. Nos llevó un conductor dominicano con el que pudimos en castellano, y no es el único que habla nuestro idioma en la ciudad, ya que se estima que un 17% de la población es hispanohablante.

De nuevo vuelvo a recomendar utilizar para moverse Google Maps, descargaros los mapas en un sitio con wifi y luego los podréis utilizar sin conexión desde cualquier sitio.

El día amaneció soleado, a diferencia de la jornada anterior así que estupendo para explorar la ciudad. Como el primer punto que abría era el Granary Burying Ground, que lo hacía a las 9, nos dirigimos hacia allí para conocerlo. Este cementerio encajado en pleno distrito financiero, fue fundado en 1660 y es el tercero más antiguo de Boston.

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Toma su nombre del granero que estaba ubicado junto al camposanto donde hoy se levanta la iglesia de Park Street. En él se encuentran enterrados tres firmantes de la declaración de independencia de los Estados Unidos: Samuel Adams, John Hancock y Robert Treat Paine. Se estima que en el cementerio se encuentran enterradas unas 5,000 personas.

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Salimos y dimos un paseo por el agradable Boston Common, el parque público más antiguo de los Estados Unidos construido en 1634 y que ocupa un área de 20 hectáreas.

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Por todo el parque, y como ya recordábamos que nos pasó en Hyde Park, en Londres, las ardillas campaban a sus anchas, y no es que se acercaran a ti, es que poco más y se metían en tu bolsillo.

Dimos un paseo de nuevo por la fantástica zona de Beacon Hill que ahora con el día soleado, lucía mucho más.

Los cochazos americanos tipo pickup no dejan de sorprenderme… monstruos que se pueden ir por encima de los 400 CV y más de 60,000 dólares.

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Sobre las 10 ya fuimos a ver otro edificio de los primeros de la Freedom Trail, la Massachusetts State House.

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La entrada es gratuita y menos mal que decidimos esperar a que abriera porque el edificio nada más pasar la puerta, nos dejó boquiabiertos.

La Massachusetts State House es la sede de gobierno del estado. El edificio fue levantado entre 1795 y 1798 y la cubierta de su cúpula está realizada en cobre y recubierta por láminas de oro de 23 quilates. Este edificio sirvió de inspiración para el Capitolio de Washington y para muchos de los capitolios estatales de los Estados Unidos. Cada sala que visitábamos nos gustaba más y más, llena de recuerdos y homenajes de todo tipo, es envidiable como los norteamericanos destacan, protegen y respetan todos estos honores y reconocimientos.

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A medida que lo recorríamos e íbamos viendo salas alucinábamos con la majestuosidad de las salas, con mármol brillando por todas partes. Todo era visitable y campábamos a nuestras anchas.

Una de las más bonitas, la sala Nurses Hall o ‘Salón de las Enfermeras’, que recibe su nombre de la escultura que representa a las enfermeras que participaron en la Guerra de Secesión y cuenta con murales que narran los hechos que dieron lugar a la misma.

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También permiten la visita a la ‘House of Representatives‘ o ‘Cámara de los Representantes’. Una sala oval construida en la última década del siglo XIX y que fue testigo en 1798 de la primera reunión de la Cámara de Representantes.

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En una de las alas del edificio se encuentra la Biblioteca del Estado, establecida en 1826 para recopilar y albergar colecciones de mapas, libros de estatutos y documentos del gobierno de la Commonwealth.

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Vuelvo a decir que nos quedamos encantados con este edificio, para mí fue la visita que más me gustó de todo lo que ví en Boston, por supuesto una visita IMPRESCINDIBLE.

Salimos y seguimos la línea del Freedom Trail saltándonos el Granary Burying Ground que ya habíamos visitado y la Park Street Church, que estaba cerrada. Estábamos inmersos en pleno distrito financiero de la ciudad, uno de los más importantes del país.

Llegamos a la King’s Chapel, una iglesia anglicana construida en granito en 1754 sobre otra anterior de madera erigida en 1686 y que fue sustituida al quedarse pequeña para albergara a los que se iban incorporando a la congregación.

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Destaca su magnífico interior, considerado uno de los más elegantes ejemplos de arquitectura georgiana de los Estados Unidos.

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Justo al lado encontraréis el King’s Chapel Burying Ground (Cementerio de la Capilla del Rey) que es el más antiguo de Boston remontándose su origen a 1630 y fue utilizado solamente durante 30 años.

En este camposanto (qué diferentes son a los que podemos ver en nuestro país) se encuentran los restos de muchos de los primeros colonos, entre ellos la primera mujer que llegó a Nueva Inglaterra.

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Ya no hacía falta ni el GPS para seguir el «trail» porque viene marcado en el suelo el recorrido que hay que seguir. Llegamos al siguiente punto de interés, que vimos por fuera rápidamente, la Benjamin Franklin Statue & Boston Latin School (Estatua de Benjamin Franklin y Escuela Latina de Boston), considerada esta la primera escuela pública de los Estados Unidos. Su origen se remonta a 1635. La estatua de Benjamin Franklin rememora el lugar que ocupó aquella primera escuela pública de los Estados Unidos a la que asistieron Benjamin Franklin, Samuel Adams y John Hancock.

Siguiente parada, la Old Corner Bookstore, un típico ejemplo de los edificios de vivienda y comercios que flanqueaban las calles del Boston colonial. Pudo salvarse de su destrucción en la década de 1960 y ahora alberga un restaurante mexicano como véis en la foto, con lo que no es visitable. Fue construido como boticario para un farmacéutico en 1718, convirtiéndose en centro literario a mediados del siglo XIX.

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Continuamos y llegaréis a la Old South Meeting House. Construida en 1729 como lugar puritano de adoración, era el edificio más alto del Boston de tiempos de la colonia. Durante la revolución estadounidense, los ciudadanos se reunieron aquí para desafiar el dominio británico. Fué aquí donde en una reunión en 1773 el patriota Samuel Adams implantó el famoso Montín del Té (en protesta por los altos impuestos, unos 400 colonos abordaron tres barcos de la East India Company, arrojando el cargamento de té al puerto de Boston).

La entrada costaba 6$ y finalmente decidimos no entrar, lamentablemente no había mucha motivación.

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La siguiente parada fue otro edificio clave por su valir histórico, la Old State House, que fue la sede del Gobierno colonial británico entre 1713 y 1776. Apenas nos encontrábamos visitantes como nosotros, es lo bueno de venir en estas fechas y fuera de fin de semana, y yo que odio las aglomeraciones estaba encantado.

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Alcanzada la independencia, la ‘Old State House’ acogió la primera cámara legislativa de Massachusetts. Podéis entrar y encontraréis un museo y una tienda grande de souvenirs. La entrada al museo costaba nada menos que 12$, y ofrecía mucha información histórica, quizás más interesante si eres norteamericano.

La vista del mismo rodeado de rascacielos fue una de mis favoritos de la ciudad.

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Justo delante de la fachada del edificio, podréis ver un gran círculo de piedra llamado Site of Boston Massacre (Lugar de la Matanza de Boston), donde en 1770, soldados británicos abrieron fuego contra una multitud de bostonianos. El suceso provocó la muerte de cinco personas y dio gran publicidad a los independentistas.

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Dado que son tantos sitios, os enseño la ruta de la primera parte que habíamos hecho.

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El siguiente punto del Trail es el Faneuil Hall, un antiguo edificio de estilo georgiano, inicialmente construido en 1742. El edificio, llamado ‘La Cuna de la Libertad’ por los discursos patrióticos que en él se dieron, ha tenido permanentemente utilidad de mercado y lugar de reuniones. En su interior alberga un punto de información histórico muy interesante y que os recomiendo visitar.

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Uno de los más famosos oradores del Faneuil Hall fue Samuel Adams, quién en 1763 ya sugirió la unión de las colonias británicas americanas para su lucha contra el gobierno británico. Frente a la fachada principal del edificio se encuentra una estatua de este personaje tan importante para los EEUU.

Justo al lado hay un mercado gastronómico en un singular edificio, es el Quincy Market, no forma parte del Freedom Trail pero os recomiendo visitar sobre todo si buscáis un lugar para comer. Este edificio de estilo renacentista griego construido en 1824-1826 está repleto de tiendas y restaurantes, además de puestos y carritos que venden de todo, desde café exótico hasta mariscos frescos y pan artesanal. En verano por lo visto tiene muchísima animación y está llena de artistas callejeros de todo tipo.

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Dentro podemos encontrar el Cheers Faneuil Hall, un establecimiento cuyo interior es una réplica del bar de la serie de Norm, Woody, Carla, Frasier y compañía.

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Como todavía era un poco pronto para comer decidimos seguir adelante, tomamos algo en una cervecería y seguimos el Freedom Trail. Nos dirigimos en dirección este hacia el barrio residencial de North End, el más antiguo de la ciudad. Recordemos que Boston tiene 21 barrios.

Desde esta zona hay una vista muy interesante de la zona financiera que acabábamos de atravesar.

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Este barrio, que también es conocido como Little Italy, es un laberinto de calles repletas de restaurantes italianos, delicatessen tradicionales, cafeterías y pastelerías.

La siguiente parada era Paul Revere House, la casa más antigua de Boston y donde vivió el héroe de la Guerra de Secesión Paul Revere entre 1770 y 1800. Este personaje es conocido por su legendaria cabagada en 1775 para avisar a los rebeldes de Lexington de la llegada de los británicos.

La construcción data de 1680 aproximadamente y fue levantada en el lugar que ocupó la segunda Iglesia Parroquial de Boston tras el incendio de la misma en 1676. Cobran 5$ por entrar y la visita es muy breve. Dentro te guía una persona por las diferentes estancias y no se permite tomar fotografías.

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Como ya sí se acercaba la hora de comer, habíamos previsto hacerlo en una pizzería muy popular en la ciudad, y que la veréis bastante frecuentemente, la Regina Pizzería 🍕. La encontramos con el GPS de Google Maps y entramos. Nuestra compañera Rocío es intolerante a varios alimentos, entre ellos el gluten y cuando ya sentados pedimos si había alguna opción sin gluten nos dijeron que no, así que nos disculpamos y nos fuimos en busca de algún otro que sí tuviera la opción.

Buscamos por los alrededores que estaba lleno de restaurantes, sobre todo italianos y finalmente entramos en uno que resultó ser uno de los mejores de todo el viaje y cuyas «historias» duraron varios días. Se llamaba La Famiglia Giorgio’s y estos sí que tenían opciones «gluten free».

Nos fijamos cuando les llevaban los platos a otras mesas y vimos que las raciones eran enoooormes, pero no sabían a quién se enfrentaban, a unos «tragaldabas» como nosotros.

Pedimos sobre todo platos de pasta y ahí que nos pusieron unas raciones como para un regimiento… pero más de uno pudo con eso y con más…

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Y las Coca Colas de medio litro, para bañarse dentro… todo tamaño XXL.

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Los platos rondaban los 17$, con las bebidas no tan caras como en otros sitios. La cuenta final fué de 138$, unos 23 por cabeza, la verdad que calidad-precio estuvo muy bien.

Seguimos la ruta para acercarnos a la Old North Church que data de 1723 y fue levantada con ladrillo en el estilo georgiano dominante de la época. Es la iglesia más antigua de Boston todavía en pie. El campanario de la iglesia, de 58 metros de altura, ocupa un lugar importante en la historia de la revolución americana ya que fue donde en 1775 el sacristán Robert Newman, siguiendo instrucciones de Paul Revere, colocó dos lámparas para advertir el avance de los británicos que se dirigían hacia Lexington y Concord y cuyo episodio precedió a estas dos famosas batallas.

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La entrada costaba 8$ y decidimos entrar Roberto y yo, el resto prefirió irse a tomar un café. La iglesia por dentro conserva en la actualidad los típicos bancos cerrados de la época que alquilaban las familias por un año, a un precio nada barato por cierto. La gente con más dinero traía también a sus sirvientes o esclavos que se sentaban en los bancos de la planta superior.

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Al lado de la iglesia hay una zona de homenaje a los caídos, y un pequeño museo del chocolate totalmente prescindible.

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Salimos coincidiendo los dos de que los 8$ de entrada no estábamos muy convencidos de que hubiera valido la pena, salvo por el simbolismo que tiene y el papel que tuvo en la independencia de los EEUU.

Pasamos junto a otro cementerio histórico, y la parada nº 14 del Freedom Trail, Copp’s Hill Burying Ground, construido en 1659, fue el segundo cementerio de la ciudad. Durante la ocupación británica, el ejército coloco aquí su artillería, y durante la Guerra de Independencia desde aquí abrieron fuego los cañones contra el destacamento rebelde situado en Charlestown, al otro lado del río Charles.

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Como ya estábamos a menos de una hora de que anocheciera, decidimos darnos prisa para ver los dos últimos puntos de la Freedom Trail. Cruzamos el North Washington Street Bridge desde donde había unas buenas vistas de los barcos atracados.

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Y llegamos al muelle 1 de los astilleros de Charlestown Navy Yard donde se encuentra el buque insignia de la Armada americana, el USS Constitution, el barco de guerra más antiguo en activo de los Estados Unidos, botado en 1797.

La entrada es gratuita y hay un museo al lado que sí que es de pago. Para visitar esta preciosa fragata tendréis primero un control de seguridad y os pedirán el pasaporte.

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El buque tiene el apodo de Old Irdonsides, ganado en la guerra de 1812 tras soportar los cañones del buque de la corona británica ‘Guerriere’ y se salvó del desguace gracias al poema del mismo nombre. Compuesto en 1830, el autor del poema pidió ayuda pública para salvar el buque, dado que las reparaciones para su puesta de nuevo en servicio eran muy costosas, y tuvo éxito ya que finalmente el presupuesto fue aprobado y el barco salvado. En 1997 sería restaurado, siendo capaz de navegar por sus propios medios. Cada 4 de julio, Día de la Independencia de los los Estados Unidos, el USS Constitution zarpa para recorrer el puerto, cambiando además su posición de amarre.

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Podréis acceder al interior y bajar hasta dos niveles para ver casi todas sus dependencias, una visita muy interesante, que con un guía que nos hubiera explicado por ejemplo curiosidades habría sido excepcional. Todavía recuerdo la visita al submarino alemán en Chicago y como alucinamos Víctor y yo con las explicaciones.

Al lado de este podréis ver atracado un destructor, construido en California, y que ha terminado aquí sus días de gloria como barco de exhibición.

Y ya finalmente caminamos cuesta arriba hacia lo que es el último punto de la ‘ruta de la libertad’, el Bunker Hill Monument.

Dedicado en 1843, este obelisco de unos 67 metros de altura conmemora la primera batalla significativa de la revolución y donde los rebeldes se hicieron fuertes y consiguieron acabar con la vida de más de 1,000 británicos. Finalmente perdieron esta batalla pero marcó el comienzo de las victorias posteriores.

Se puede subir hasta lo más alto pero olvidaros de un ascensor, tendréis que escalar a pie los 294 escalones que hay hasta la cima. Nosotros, que estamos tan en forma 😓, por supuesto los subimos sin pensárselo. La entrada como en tantos sitios de esta ciudad, es gratuita.

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Las vistas desde lo más alto por supuesto merecen la pena el esfuerzo, unas vistas preciosas del skyline. Desde lo alto se ve bien lo grande que es la ciudad y como el río Charles divide a la ciudad en dos partes, en una estaría Cambridge, y al otro lado Boston.

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Y aquí más al este, la zona de la Bahía de Massachusets y la zona del puerto y Charlestown a la izquierda.

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Aquí nos hicimos la foto «oficial»📸👏 con el cartel que muestra toda la ruta.

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Esta es la segunda parte de la Freedom Trail que habíamos hecho.

Freedom Trail 2

Como casi no habíamos caminado y somos gente tan jovial y en forma, pues decidimos volver andando al centro de Boston. Cruzamos el puente de nuevo e hicimos una parada para tomar algo. Nuestras aplicaciones de móvil decían que habíamos caminado ese día más de 25 kms!!.

De repente empezamos a ver gente con camisetas de un equipo que no reconocíamos bien, gracias a Google averiguamos que eran los Boston Bruins, el equipo de hockey sobre hielo 🏒 de la ciudad y que jugaba esa noche en el cercano TD Garden, el mítico y famoso Boston Garden.

Hago un inciso para hablar del deporte en esta ciudad porque es increíble. Además de estos Bruins y los Celtics, ambos equipos top de cada deporte, están los New England Patriots, que aunque tienen sede en la localidad de Foxborough, son muy populares en Boston y en todo Massachusetts (quién no conoce al gran Tom Brady). Y por último el otro deporte nacional, el béisbol, tiene como no a un equipo mítico, los Red Sox, fundamos en 1901 y varias veces campeón de las series mundiales.

Nos acercamos a la tienda de los Celtics porque teníamos algún encargo pero finalmente no encontramos las tallas que necesitábamos. Las camisetas nada baratas, 120$, pero eso sí, preciosas.

Desde aquí ya decidimos coger un coche con la aplicación Uber que por poco más de 20 dólares nos dejó en otro sitio que no os debéis perder, el Prudential Tower, que con 52 plantas es la segunda torre más alta de Boston detrás de la John Hancock Tower. Tiene un centro comercial en sus plantas inferiores pero lo mejor lo tiene en lo más alto. La entrada al observatorio costaba 21$ así que me enviaron a mí de fotógrafo oficial y lo disfruté porque el sitio, por la noche, es ESPECTACULAR.

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El mirador es de 360º, lo que permite ver todos los alrededores de la ciudad. Es verdad que yo ya conozco Chicago y New York que superan a esta ciudad con su skyline pero creo que bien merece una visita.

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La visita a este Skywalk incluye un audioguía que por falta de tiempo no escuché. Además tiene alguna mini-exposición interesante a lo largo del paseo circular.

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Después de un rato ya decidimos volver andando al hotel que no estaba muy lejos para cenar en un restaurante que nos había recomendado James, el Yard House, que a pesar de ser jueves, estaba hasta los topes. No pedimos mucho porque más de uno estaba un poco lleno después de la comida tan «ligerita» que tuvimos 🤢. El restaurante era muy chulo y tenía una colección de grifos de cerveza que yo pocas veces había visto. La comida pues bueno, nada espectacular.

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En la cena nos pasó algo que podía haber terminado en un problema grave y es que cometieron un error ya que nos trajeron pan de hamburguesa normal a Rocío cuando se lo habíamos pedido sin gluten, un despiste muy peligroso. Menos mal que Rocío es intolerante y no alérgica y porque somos buenas personas porque si contratamos un abogado en esta ciudad que es famosa por ellos precisamente y denunciamos, igual la indemnización nos había dado para jubilarnos 🤑… al menos vino el cocinero a pedirnos disculpas. Pagamos 104$ y por supuesto no nos cobraron la famosa hamburguesa, e imaginaos lo que dejamos de propina, esos errores no se pueden cometer.

Después de ahí regresamos al hotel a dormir, que había ganas después de aquella maratoniana jornada. Además al día siguiente tocaba madrugar, de nuevo.

Día 4. New York

Como ya comenté, este viaje tenía una motivación importante, que era el baloncesto🏀, el poder disfrutar de un partido de la NBA. Los Celtics como ya os dije estaban de gira por el oeste así que buscamos alternativas. La ciudad más cercana era New York, sí, New York, a pesar de que todos menos Víctor ya la conocíamos, ¿¿quién se resiste a volver??. Una vez descartado ir a ver a los Knicks, cuyo equipo lleva 20 años dando pena, nos fijamos en un nuevo rico vecino de aquellos, los Brooklyn Nets. Este año habían fichado a la super estrella Kevin Durant aunque estaba lesionado para todo el año pero se habían traído también a Irving, así que decidimos ir a verlo. Compramos las entradas desde España por las que pagamos unos 107$, el rival serían los Sacramento Kings. Así que esa mañana cogimos un coche alquilado y partimos pronto hacia New York, para volver después del partido a nuestra ciudad.

Como esta entrada es de BOSTON y la intención de mi blog no es contar mi vida si no tratar de ayudaros en lo que pueda si váis a conocer, en este caso la ciudad de Boston, obviaré este día y os invito a si os interesa visitar mi entrada de New York, a la que he añadido algo de esta visita relámpago.

Día 5. Boston College. Comida de Acción de Gracias.

El viaje de ida y vuelta a New York fue duro pero increíble, de nuevo poder disfrutar de la ciudad de los rascacielos fue fantástico, también el partido de baloncesto. Salimos de NY sobre las 22h y llegamos a Boston a las 3 de la madrugada, más que hechos polvo, pero mereció la pena. Por el coche de alquiler de 7 plazas pagamos 130$, con conductor adicional y la tasa de peajes incluída. De gasolina apenas pagamos 45$ en total.

Al día siguiente, que sería el de nuestro último día en la ciudad lo tomaríamos de más relax. James, el amigo de Rober, estaría con nosotros este último día, y como era sábado nos propuso ir a ver un partido universitario de la NCAA, la liga universitaria, y enseguida nos encantó la idea 🏀🏀👏👏 .

Ese día no teníamos previsto madrugar previendo la hora a la que llegaríamos de NY, pero de nuevo sobre las 8 ya estábamos todos despiertos. Bajamos a desayunar tranquilamente, hicimos las maletas, el checkout, y todavía nos sobró como una media hora que aprovechamos para llamadas y navegar por internet. El wifi del hotel iba fantástico y por cierto, en Boston es verdad que lo hay en muchos sitios, y la mayoría sin necesidad de registro, aún así os recomiendo llevar una tarjeta SIM para tener internet en cualquier lugar, hay opciones muy baratas y puede ayudar mucho. En este viaje Víctor compró una que podéis hacerlo en esta página holafly con opciones muy económicas como por ejemplo 29€ por 5 días, 34€ por 7 y así sucesivamente. Elegir la opción que elijáis creo que es una buena opción, y no, no me llevo comisión, os transmito nuestra buena experiencia con ellos.

Llegó James a buscarnos a las 11am y fuimos a ver el partido, que sería en el Boston College, otra universidad muy conocida de Massachusetts, privada, católica. Es la institución de enseñanza superior más antigua de Boston, pues fue fundada en 1863. Cuenta con más de 13,000 estudiantes, de los cuales el 3% son extranjeros provenientes de más de 60 países.

Unos 15 minutos antes de comenzar el partido llegamos al pabellón de baloncesto Silvio O. Conte Forum, comúnmente conocido como Conte Forum, que tiene una capacidad para 8,600 espectadores y fue inaugurado en 1988. La entrada fue muy barata, 20€. Boston College compite en la División I de la NCAA, en la Conferencia Atlantic Coast.

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Antes del partido como siempre, el himno y mucho respeto, hasta salió un veterano de guerra, presentado como el héroe del día y la gente se puso en pie rompiéndose las manos a aplaudirle. A alguno le podrá parecer excesivo y hasta excéntrico, pero a mí sinceramente lo único que me despierta cosas como estas es envidia sana.

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El partido estuvo muy bien, si te gusta el basket lo gozarás, la intensidad con la que juegan, esto sí es defensa y no lo de la NBA  🤣🤣, además estuvo muy igualado, la banda de música tocando, olor a comida, muy buen ambiente…

Pudimos acercarnos muy cerca de la cancha para verlo mejor y no tuvimos ningún problema. Lamentablemente el equipo local perdió finalmente el partido 65-62, contra la universidad de Depaul, natural de Chicago. Repito, una experiencia muy recomendable.

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A pesar de la derrota, las animadoras de los Eagles no tuvieron problema para hacerse una foto con el fan número 1 de su equipo 😉.

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En el pabellón me sorprendió ver una forma de recaudación de fondos que parece que resulta muy eficaz. Se trata de fotos y objetos aportados por deportistas famosos y que luego los espectadores apuntan la suma que quieren donar para llevárselos y así se organiza una subasta.

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Del Boston College destaca también su equipo de fútbol americano, considerado uno de los dos mejores de universidades católicas norteamericanas, junto con los Notre Dame Fighting Irish. Pudimos entrar en el campo incluso pisar hasta el propio césped.

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Nuestro vuelo salía a las 23h, así que todavía teníamos la tarde por delante. James tuvo el detalle ese día de invitarnos a comer en su casa. Por el camino pudimos disfrutar viendo las viviendas típicas americanas, que no me cansaré de decir que me encantan.

En su bonita y coqueta casa pudimos gozar de nada menos una comida de ‘Acción de Gracias’ especial para nosotros🍽. Una tradición que tantas veces habíamos visto en la televisión y el cine y que quién nos iba a decir que la íbamos a poder disfrutar ahí todos juntos. ¡¡Muchas gracias James & family!! fue un día redondo.

Y lamentablemente llegó la hora de tener que irnos al aeropuerto para volver a Madrid, al que llegaríamos el domingo a las 17h tras 4 horas de escala en Barcelona.

Otros lugares para visitar…

Aquí os añado otros sitios a los que podéis ir si disponéis de más tiempo⌛⌛ , espero que os pueda servir, yo confío en poder verlo todo en una futura ocasión:

  • Instituto Tecnológico de Massachusets (MIT), cómo olvidarse de otra institución top mundial, esta fundada en 1861. Es célebre en la investigación científica y tecnológica, especialmente en ciencia e ingeniería, no en vano por ejemplo en esta universidad se crea una media de una patente al día. La institución, como Harvard, cuenta con numerosos premios Nobel entre sus profesores y antiguos alumnos.
  • Podéis hacer una visita a la ciudad de lo más original quizás si tenéis poco tiempo y no os importa pagar el precio. El Boston Ducks Tour se hace en unos vehículos anfibios cuyo origen están en la II Guerra Mundial. Combinaréis el paseo por las calles de Boston con navegar por el río Charles, todo en el mismo vehículo.
  • También podéis ir ver la casa donde vivió el presidente JF Kennedy, en el bonito barrio de Brookline, y cuya entrada además es gratuita.
  • Saliendo ya de la ciudad podéis acercaros a Plimoth Plantation, a unos 70 kms de Boston, donde se recrea el asentamiento original de la colonia de Plymouth establecida en el siglo XVII por los colonos ingleses. Ideal si por ejemplo váis con niños.
  • Otro día podéis acercaros a la localidad de Salem, famosa por los juicios que decenas de mujeres sufrieron a finales del siglo XVII bajo la acusación de brujería. Esta se encuentra a unos 25 km al norte.
  • Por último si tenéis más tiempo y como yo sois unos grandes amantes del baloncesto, podéis desplazaros a unos 150 km al oeste de Boston a la localidad de Springfield, a visitar el Naismith Memorial Basketball Hall of Fame que reconoce y premia a jugadores, entrenadores y árbitros con una gran contribución al mundo de este deporte. Hay que recordar que en esa ciudad el profesor canadiense James Naismith allá por 1891 dió origen al baloncesto 🏀con sus famosas cestas de melocotones .

Tuvimos suerte con el tiempo y mucho, y si no mirar lo que pasó una semana después de irnos, cayó una nevada en Boston impresionante, uff, por qué poco no nos pilló…❄❄❄

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Y aquí termina este post sobre BOSTON, que sin tener nada espectacular y que destaque especialmente como otras, merece mucho la pena. Descubriréis quizás la capital con mayor influencia europea del país y cuna de su independencia, una ciudad avanzada y elitista que basa su economía en la tecnología, los estudios superiores, la salud y las finanzas, con un deporte top a nivel nacional y llena de riqueza cultural. Os invito a conocerla y espero que mi aportación os pueda suponer una ayuda para sacarle toda la esencia a la misma y que la disfrutéis tanto como lo hicimos nosotros. Hasta la próxima!!! 👋👋

SINGAPUR

 

El hacer una parada para conocer Singapur siempre la tuve clara cuando comencé a preparar el gran viaje de 2019. Sería un guinda estupenda a la aventura que nos llevaría a Manolo y a mí antes por India y Filipinas, dos países que se caracterizan por ser de los más económicos hoy en día a los que se puede viajar y por tanto, nos permitiría darnos además el «capricho» de alojarnos en un auténtico icono mundial, el hotel Marina Bay.

Este país, que es el más pequeño del sudeste asiático, tiene actualmente unos 5,6 millones de habitantes (la mitad de ellos extranjeros), y se encuentra en el top 5 de países más ricos del mundo y también de los más caros.

Ocupada por los japoneses durante la II Guerra Mundial, Singapur declaró su independencia del Reino Unido en 1963, como parte de Malasia, de la que se separó dos años después convirtiéndose en un estado autónomo. Tiene una gran ventaja, su ubicación, que le ha permitido integrarse en una ruta clave de comercialización entre gigantes como China, India y todo el sudeste asiático.

Llegamos a este singular país un viernes 22 de marzo de 2019 a las 14:30h. procedentes de Manila en vuelo directo con la compañía Jetstar, por el que pagamos solamente unos 55€ al cambio. Aterrizamos en el fantástico aeropuerto Changi, y ya nada más llegar pudimos apreciar algo que me encanta de estos países … el silencio…🤐

En la parte de inmigración de entrada nos hicieron un control de seguridad super estricto, de los más exhaustivos que recuerdo y a continuación fuimos en búsqueda del metro para ir a nuestro alojamiento.

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Para acceder al suburbano hay que bajar varias plantas, siguiendo los carteles indicativos de Train to city o MRT. Se pueden sacar tarjetas para varios días o tickets sencillos. Para comprar estos no se podían pagar con tarjeta de crédito (increíble en un lugar tan avanzado como este), así que tuvimos que sacar dinero en los cajeros que había al lado. Ya en las máquinas con el efectivo hay que indicar la estación a la que se quiere ir y elegir ida o ida y vuelta.

Por fin accedemos al metro y alucinamos con como está de limpio, cosa que ya sabíamos. Es legendaria la limpieza de Singapur a semejanza de otros países asiáticos como Hong Kong, o Japón, ¡¡¡en ese suelo se podía comer!!!

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Una vez dentro vemos los célebres carteles de prohibición, que en este país están por todos lados… los durians por cierto es un fruto que huele por lo visto muy muy mal.

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En Singapur puedes ser multado por comer chicle, escupir o tirar cigarrillos al suelo, en el metro no se puede comer ni una triste patata frita, así que a pesar de ir muertos de hambre, no nos quedaba otra que aguantarnos.

Si váis como nosotros al hotel Marina Bay debéis bajaros en la parada de Bayfront, no en la que se llama Marina Bay. Aquí os dejo un plano donde podéis ver abajo a la derecha las dos estaciones para que os ayude a encontrar la ruta.

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Cuando salimos al exterior y miramos hacia arriba, buff, alucinamos…😳😳

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Este famoso hotel goza de fama mundial por su arquitectura innovadora, su plataforma (Skypark) en forma de barco y la «Infinity Pool» más famosa del mundo. Desde luego es el hotel por el que más he pagado en toda mi vida, al cambio la reserva nos costó unos 360€ que hicimos en su propia página web (por la que no hay que adelantar nada de dinero).

Decir de este macro-hotel que tuvimos suerte de que estaba a media ocupación, por lo que no estuvimos muy agobiados. He leído a gente que en temporada alta hay «codazos» por hacerse fotos en la piscina, se forman colas continuas en el checkin, checkout, los ascensores, etc, así que tenerlo en cuenta.

El Marina Bay Sands fue abierto en junio de 2010, y he leído que fue el hotel cuyo coste de construcción ha sido el mayor de la historia, con unas cifras desorbitantes, nada menos que 5.400 millones de dólares. Es propiedad del grupo Las Vegas Sands (que posee otros hoteles famosos como el Venetian de Las Vegas y el de Macao, que por cierto he tenido la oportunidad de conocer ambos).

El conjunto cuenta con tres espectaculares torres que hacen un total de nada menos 2.560 habitaciones!!!. El exterior como dije impresiona, pero más el increíble hall, que da idea de las dimensiones del hotel.

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Tiene 18 tipos de habitaciones de diferentes precios, nosotros tras hacer el checkin que por cierto fue bastante rápido y fueron muy amables en la atención, por supuesto nos alojamos en las más económicas, bueno más bien, en las menos caras, que son las que están en las plantas inferiores (la nuestra estaba en el octavo piso), con dos camas de matrimonio en las que dormiríamos como marqueses. En esas dos camas, pensando yo en abaratar la habitación, podrían dormir hasta 4 personas, no? tenerlo en cuenta 😉

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La estancia tenía un buen tamaño, con moqueta en el suelo, disponía de un armario enorme, caja fuerte, mini bar y lo típico de los hoteles de 4 y 5 estrellas. Las amenities las básicas, sin nada especial. El baño era de mármol, con plato de ducha muy grande y sin bañera, buenas toallas.

 

Desde luego lo más extravagante y por lo que es mundialmente famoso el hotel es por la plataforma que corona las tres torres y que nos moríamos por visitar. Comimos lo que habíamos comprado en el aeropuerto de Manila, cogimos el albornoz, las zapatillas y subimos a probar la que es la piscina elevada más larga del mundo, situada en la planta 57, a 200 m sobre el suelo y que tiene una capacidad para nada menos que 3.900 personas. Es el mayor reclamo del hotel y la verdad que es una pasada, sobre todo si no está hasta arriba de gente como fue cuando la disfrutamos. Para pasar a ella cada uno tiene que llevar una tarjeta, cómo la disfrutamos ¿¿eh Manolo??

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La piscina es sólo para los húespedes del hotel, pero vimos que era posible subir a esta plataforma si no estás alojado (tras esperar una larga cola por cierto) y asomarte a la terraza donde se ven las espectaculares vistas, tanto de la parte delantera…

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…como de la parte de detrás, no menos espectacular, donde se ven los maravillosos jardines Gardens by the bay con sus enormes árboles que debéis visitar sí o sí. También veréis a la izquierda la noria más grande del mundo así como algún pequeño tramo del circuito de automovilismo de Fórmula 1 donde se corre el GP de Singapur.

Al fondo se pueden apreciar multitud de buques, no en vano, el puerto de esta ciudad-estado, inaugurado en 1819, ha sido el más importante del mundo durante muchos años aunque en la actualidad se ha visto superado por el de Shanghai, en China. En él se mueve nada menos que una quinta parte de los contenedores del mundo y la mitad de la demanda de petróleo mundial!!!. Sus conexiones abarcan más de 600 puertos de más de 120 países. Es impresionante también esta parte, ¿no?

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Pasamos un buen rato como no podía ser de otra forma, ya que había que amortizar el precio😜, disfrutando de los 150 metros de longitud de la ‘Infinity Pool’, y que ofrece las mejores vistas de Singapur tanto de día como de noche, ya que su horario de apertura es de 6:00 a 23:00 horas. Es un punto espectacular para ver la puesta de sol y contemplar tranquilamente cómo se va iluminando la ciudad.

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Anocheció sobre las 18:30h. y ahí nos quedamos contemplando como caía la noche. Además y para rematar el momento, el propio hotel tiene un espectáculo de luces que tres veces por la noche ilumina la bahía haciendo si cabe más bonito el skyline desde lo alto.

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Después de un rato bajamos para dar una vuelta. El conjunto de este mega-hotel lo componen también un museo de Arte y Ciencia, dos teatros, restaurantes de lujo, un enorme casino, una sala de convenciones, así como un espectacular centro comercial donde por supuesto estaban las mejores marcas de moda de fama mundial.

 

Os recomiendo bajar y ver el espectáculo de las luces frente al hotel, donde se agolpa la mayor cantidad de gente. Os dejo un pequeño vídeo para que os hagáis una idea y si os interesa verlo. La música es digna de escucharla, muy propia de esta parte del mundo.

Continuamos rodeando la pequeña bahía, admirando los hoteles y restaurantes que hay alrededor de la misma, y que son dignos de ver, y que da idea del dinero que se mueve por esta zona. Un sitio que me impresionó, el hall y esta maravillosa lámpara del Fullerton Bay Hotel, ufff 🤑

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Por supuesto las vistas del hotel desde el lado opuesto de la bahía, son maravillosas. Además la suerte nos regaló una noche de luna llena que todavía hacía todo más fotogénico.

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Al final llegamos hasta el punto que os indico en el mapa, que era un pequeño entrante en la bahía y que coincidía más o menos enfrente del hotel.

Ver espectáculo Marina Bay

No os perdáis ver el espectáculo (cuando fuimos nosotros lo había ese viernes a las 20, 21 y 22h.) desde este punto, de verdad que merece la pena, el juego de luces de diferentes colores es espectacular.

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Una vez terminado el último del día, regresamos sobre las 22:30h. hacia el complejo pero aquí yo os recomiendo otra cosa, y es que busquéis un lugar para cenar por ejemplo en un centro comercial que hay cerca de aquí y que lo veríamos al día siguiente, ya que si no las opciones que os quedarán serán muy caras (salvo que os dé igual claro). El centro comercial que os digo se llama Clarke Quay Central junto a la parada de metro del mismo nombre y apenas tardaréis caminando unos 15-20 minutos desde ese punto. Nosotros no lo hicimos y volvimos hacia el hotel, luego nos arrepentiríamos. También podéis ir  a otros cercanos como el Marina Square o Suntec City, pero a estos dos no fuimos.

Junto al hotel tenéis un pequeño espacio a modo de feria y en el que no entramos porque estamos cansados de verlos similares en España.

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Una vez dentro, nos asustamos con los restaurantes con los que se veían, por supuesto nada de comida rápida y todo de lujo… ay nuestra cartera pensábamos…😖

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Pero finalmente encontramos un italiano llamado la Nostra Cucina, que aunque no fuera barato, no nos hizo quedarnos fregando platos, por dos platos de pasta, un postre y bebidas pagamos 101 dólares de Singapur (unos 66€ en total). Tras ello subimos a la habitación y hasta el día siguiente 😴

Día 2.

Nos levantamos sobre las 8, y lo primero que hicimos fue ponernos el albornoz y subir a la piscina para disfrutar de las vistas con los primeros rayos del día.

Había poca gente, los que había por supuesto la gran mayoría chinos, y ahí nos quedamos un buen rato disfrutando del baño en la piscina, qué vistas!! la verdad que sinceramente y aunque fuera caro, para mí la experiencia mereció la pena.

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Tras una media hora nos despedimos de la piscina y volvimos a la habitación ya para ducharnos y hacer la maleta para bajar ya con todo.

Dado que desayunar en alguno de los restaurantes se nos iba de presupuesto decidimos buscar un sitio más económico pero que no tuviéramos que salir del hotel. Finalmente en la planta baja encontramos un establecimiento tipo confitería con mesas llamado SweetSpot donde por dos cafés y bollería pagamos 31 dólares (20€), tampoco algo descabellado y un amante de lo dulce como yo, quedé más que satisfecho.

 

Con los estómagos llenos nos dirigimos a hacer el checkout, que por cierto termina un poco más pronto de lo que estamos acostumbrados, a las 11h. Como ya nos habían cobrado el día anterior no había muchos trámites que hacer pero aprovechamos para preguntar si nos permitían dejar las maletas en alguna consigna y aquí nos llevamos una gratísima sorpresa porque no sólo nos permitían dejarlas si no que al recogerlas podíamos utilizar el gimnasio para ducharnos y arreglarnos, grandísimo detalle.

Nos quedamos con una mochila pequeña cada uno y nos pusimos en ruta para conocer la ciudad dado que no teníamos el vuelo hasta la 1:10 del día siguiente (cogido a propósito para poder aprovechar lo más posible).

Había estudiado previamente bien todo lo que se podía visitar y aparte de la zona del Marina Bay, queríamos conocer la cara también más tradicional de la ciudad y enseguida tenía clara que la primera opción sería Chinatown. Otra zona muy visitada es Little India, con el templo de impronunciable nombre Sri Veeramakaliamman pero dado que en ese viaje veníamos de la India preferimos dar prioridad a Chinatown.

Tomamos de nuevo el metro, compramos otro billete sencillo y siguiendo la línea azul tras apenas 3 paradas nos bajamos en la llamada precisamente Chinatown. Salimos por la calle South Bridge Road, que por cierto, tiene unas edificaciones de lo más singulares. El estilo arquitectónico predominante en Chinatown es la típica casa-tienda, un edificio pequeño que suele albergar un negocio en los bajos y las estancias en el primer piso, casitas de 2-3 pisos pintadas de colores pastel y ornamentadas al puro estilo victoriano.

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Lo primero que queríamos visitar era curiosamente una mezquita, la Masjid Jamae, cuya entrada destaca por estar flanqueada por dos minaretes octagonales. También conocida como la Gran Mezquita, fue fundada en 1826 por el musulmán tamil que llegó a Singapur junto con otros mercaderes. Pudimos entrar dentro una vez descalzados, es pequeña y se encontraba prácticamente vacía, apenas un par de personas rezando.

 

Seguimos la calle y llegamos a otro templo más famoso, este sin embargo hindú, el Sri Mariamman Temple, que destaca por su altísima fachada llena de estatuas y escenas. Es el templo hindú más antiguo y visitado. El templo está dedicado a la diosa Mariamman, con el poder de curar enfermedades.

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La entrada es gratuita y nos tuvimos que quitar las zapatillas también para entrar. Encontramos todo muy limpio (como no, estamos en Singapur😁). El interior es pequeño y no es muy espectacular, me quedo con su imponente torre. Al menos había gente tocando instrumentos dentro con lo que la visita se hacía más amena.

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Como ya habíamos visto en algunos templos en la India, ofrecían comida y bebida gratis.

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Uno de las cosas que más atrae de Singapur es poder vivir esta mezcla de culturas, religiones, tan cerca unas de otros y en perfecta sintonía. Chinatown por ejemplo fue creada para la comunidad china por Sir Stamford Raffles, estadista británico que fundó Singapur, quien en junio de 1819 decidió que las comunidades étnicas debían vivir separadas. Actualmente la comunidad china representa más del 75% de la población del país.

Después de un templo musulmán y otro hindú, ahora venía otro completamente diferente, el Buddha Tooth Relic Temple, budista, impresionante, cuya entrada por cierto también es gratuita. Se trata de un centro cultural y religioso de 5 plantas, construído según el diseño de los tradicionales templos budistas chinos.

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Este templo se construyó no hace mucho, concretamente en 2007, y lo que motivó la construcción del templo fue el obsequio de la reliquia del diente de Buda a la ciudad de Singapur, curioso, ¿no?. Había que buscar un sitio adecuado para la veneración pública de la reliquia, y no contaban con ningún edificio que cumpliera con los requisitos, así que decidieron construir uno. A pesar de su reciente construcción que se nota nada más entrar, no por ello pierde encanto, al menos para mí, por dentro me pareció impresionante.

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Está todo lleno de figuras de Buda, grandes y pequeñas, destacando sobre todo una reliquia hecha con 320 kilos de oro donados por devotos.

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Tras visitar los 3 templos teníamos ya ganas de callejear un poco. Sorprende encontrar un barrio excelentemente conservado, ordenado y limpio, y que dista mucho de los clásicos barrios chinos de otras ciudades que he visitado como New York, San Francisco o Liverpool.

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Pasamos un rato muy bueno conociendo las tiendas de antigüedades, medicina tradicional china, souvenirs y productos artesanales. Nos encantaron, compramos unas cuantas cosas y más que nos habríamos llevado, aunque es verdad que los precios no eran gangas precisamente.

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Hacía mucho calor combinado con una altísima humedad, combinación que detesto, además íbamos con pantalones largos por nuestra alergia al sol, así que lo que nos vino bien para entrar en los templos, nos mataba debido al calor que hacía.

Paramos a tomar algo en una terraza para recoger fuerzas. Teníamos hambre pero como que no nos apetecía probar lo que vendían en los puestos callejeros… ¿a alguno le apetece un pinchito?

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Así que decidimos movernos hacia la zona de Clarke Quay, caminando junto al río hacia la zona más moderna, un paseo de lo más placentero para la vista.

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Debido al calor nos refugiamos en cuanto pudimos y como un cerdo que encuentra una charca🤣🤣en el centro comercial Clarke Quay Central, donde estuvimos dando una vuelta..

Buscamos sitios para comer dentro pero finalmente lo hicimos en uno en el exterior con una terraza refrigerada junto al río, de nombre Sque Rotisserie, donde comimos dos hamburguesas, patatas y 2 bebidas cada uno, y pagamos 53 dólares (unos 35€), no estuvo nada mal.

Después de esto y ya cansados sobre todo por el calor decidimos tomarnos el resto del día de más relax, así que decidimos ya dirigirnos a visitar el otro plato fuerte de Singapur, the Gardens by the Bay.

De la ciudad y la parte más tradicional podéis seguir visitando Little India o el barrio árabe (Kampong Glam), con la famosa Arab Street. También las tiendas de Haji Lane. Si os decantáis por la zona más lujosa de shopping podéis acercaros a Orchard Road, el núcleo comercial de Singapur.

Tomamos el metro en Clarke Quay y nos bajamos de nuevo en la parada del hotel Marina Bay Sands (Bay Front) para tras cruzarlo acceder a otro sitio de esos que dices, a quién se le ocurriría tamaña ingeniosa obra, y sobre todo disponer del dinero para llevarlo a cabo,  ¡¡¡qué lugar tan increíble!!!!

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Según llegábamos nos parecía cambiar de planeta, estar en el jardín botánico del futuro, un lugar de fantasía con superárboles de última generación que parecían sacados de la película Avatar. Este espacio llamado Gardens by the Bay, fue inaugurados en junio de 2012 y costó 1,000 millones de SGD (656 millones de euros). Es un enorme pulmón en el que además hay dos invernáculos con especies de clima mediterráneo y tropical. ¡¡¡En todo el complejo hay nada menos que unas 500,000 especies de plantas, flores y árboles!!!. Sin duda estos jardines se caracterizan por aunar la naturaleza más salvaje con la modernidad omnipresente de esta ciudad.

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La entrada al parque es gratuita aunque no el paseo por el Skywalk OCBC, una pasarela situada a más de 20 metros de altura uniendo varios de los superárboles y que es sin duda uno de los atractivos más importantes de todo el complejo.

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Por supuesto no dejamos pasar la oportunidad de subir a esta pasarela, por la que pagamos 8 dólares (5,2€). Con 128 metros de recorrido, en esta pasarela sentiréis que estáis flotando, y tendréis unas bonitas vistas panorámicas de los jardines, un IMPRESCINDIBLE con mayúsculas.

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El lugar es de esos que se te quedan en la retina para siempre y que no quieres dejar de disfrutarlos, qué pasada…

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Además desde aquí también se tiene una espectacular vista del hotel Marina Bay.

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Tras bajar decidimos tumbarnos a descansar, nuestras piernas, sobre todo las mías arrastraban una alergia de Filipinas y estaban muy hinchadas y rojas, y no daban para más 🥵

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Esta es la ruta que habíamos hecho ese día aunque a pie sólo la parte de la izquierda del mapa, los trayectos desde el hotel Marina Bay y hacia los Jardines fueron en metro.

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Eran sobre las 18:30h y pretendíamos quedarnos ahí hasta las 19:45 que comienza cada día (también a las 20:45h.) un espectáculo de luz y sonido gratuito en el que al ritmo de la música las copas y ramas de los árboles van cambiando de color y haciendo un juego de luces por lo visto impresionante, pero el destino no nos iba a permitir disfrutarlo, porque el cielo se empezó a poner negro y finalmente cayó un aguacero tremendo, así que tuvimos que quedarnos con las ganas. Bueno, así hay excusa para volver, pensé…

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Nos pusimos a cubierto y vimos algo que nos sorprendió gratamente, los trabajadores de los jardines acompañando con paraguas a los que bajaban de la pasarela hasta ponerlos a cubierto, ejemplo de civismo…

Dado el panorama decidimos volver al hotel y merendar en el lugar en el que habíamos desayunado. Luego ya decidimos ir a por nuestro equipaje al servicio de «storage» del hotel donde nos dieron un acceso para el gimnasio. Allí nos pudimos duchar y cambiarnos de ropa, esto nos dió la vida para afrontar lo que teníamos por delante, que no era poco…

Desde el hotel tomamos el metro, línea azul y luego verde. Llegamos con unas 4 horas de adelanto al aeropuerto, vanguardista y puntero, tanto es así que cuenta en su haber con numerosos premios y galardones en relación a su diseño, arquitectura y servicios. De hecho, en los World Airport Awards 2019 fue elegido el mejor aeropuerto del mundo por séptimo año consecutivo.

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Tras la última ampliación, se ha añadido por ejemplo nada menos que una cascada de 40 metros de altura, excéntrico, pero impresionante.

El vuelo lo teníamos a la 1:10h con la compañía Scoot, una aerolínea low cost con sede en la misma Singapur y que encontramos gracias a la página Skyscanner. Pagamos por el billete 311€ cada uno, con 82€ de suplemento por asientos en pasillo de emergencia, 13 horas de vuelo hasta Berlín que teníamos por delante podían si no ser muy duras… Desde Berlín luego volaríamos con Iberia hasta Madrid en pasillo de emergencia también, pero gratis…

Y aquí terminó nuestro breve paso por esta ciudad-estado tan singular, es verdad que en un día no da para visitarlo bien, por lo que estoy seguro que en otro viaje por el continente asiático, haré otra nueva parada.

Desde luego os recomiendo visitarlo, es un lugar único donde es posible encontrar lo mejor que Occidente y Oriente ofrecen en un ambiente acogedor, seguro y ordenado. Ofrece una curiosa mezcla entre antigüedad y modernidad, todo en un ambiente multicultural y con una población de lo más educada y cívica, ¿a qué esperas para vivirlo y verlo con tus propios ojos?