IRLANDA

Las ganas de visitar Irlanda las resumo en que es uno de esos países que seguramente no tienen algo espectacular para ver pero que siempre me atrajo visitar. Lo asemejo al norte de España que tanto me gusta, con sus verdes paisajes y con sus casi 1,500 kms de costa. También lo comparo con otro país cercano, Escocia, que me encantó recorrerlo en 2008 (https://apasionadosporviajar.com/escocia/). Con la visita a Irlanda, cerrábamos el círculo de las islas británicas y podíamos tener ya una visión bastante amplia de las mismas.

Teníamos además tantas ganas de viajar y dejar atrás este maldito COVID19, que no me resultó muy difícil hacer que también me acompañaran mis amigos viajeros Rocío y Manolo (y qué gran pena que no pudiera venir Roberto finalmente con nosotros).

Hace unos meses compramos los billetes con Ryanair, como no, aerolínea irlandesa y que no es santo de mi devoción pero que por precio, no suele tener rival. Por los pasajes pagamos unos 95€ cada uno ida y vuelta, un buen precio.

25 de septiembre de 2021

En un vuelo directo a Dublín desde Madrid llegamos a la capital irlandesa sobre las 19h que nos regaló este maravilloso atardecer a punto de aterrizar.

Y sorprendentemente nos encontramos un tiempo estupendo a pie de pista, ¿no hay lluvia? qué afortunados, ¡¡estábamos por fin en Irlanda!!

Una vez que aterrizamos y entramos en el moderno aeropuerto de Dublín nos dirigimos rápidamente a por nuestro coche de alquiler, la oficina nos cerraba a las 20h así que llegamos justo a tiempo. La verdad es que me costó bastante encontrar un buen precio, las compañías de siempre eran muy caras, Avis, Europcar.. y tampoco encontré ninguna local con buena tarifa, así que finalmente encontré la mejor en la página Rentalcars, que no sé si sabéis que es del mismo grupo que Booking.com. Habíamos pagado al hacer la reserva unos 40€ por día, pero una vez allí nos ofrecieron el todo riesgo por 30€ más y decidimos cogerlo, sí, somos así de precavidos, aquel viaje a Islandia, nos dejó secuelas psicológicas :). El coche que nos dieron fue un fantástico Hyunday Tucson con sólo 700 kms, osea, prácticamente a estrenar.

Desde allí fuimos rápidamente al que sería nuestro alojamiento esa noche, el Egans House, un bed & breadfast clásico con buenas críticas y por el que pagaríamos 114€ sin desayuno, un buen precio para 3 personas (aunque podríamos haber dormido 4) sabiendo que los alojamientos en Dublín no son muy baratos. Es una antigua gran casa victoriana con más de cien años que dispone de nada menos que 32 habitaciones, con parking propio de pago y desayuno a 12€ (caro para mi gusto).

Esta es la ruta hacia el sur para llegar desde el aeropuerto. Como podéis comprobar, está muy cerca del centro.

La habitación que nos encontramos, con una decoración muy clásica y por tanto muy diferente a lo que estamos acostumbrados, yo creo que por esto no me disgustó.

Dejamos las maletas y nos fuimos al centro en coche (cosa que he hecho bastantes pocas veces en mis viajes pero no teníamos mucho tiempo) guiándonos con Google Maps, que gran noticia siempre es tener datos en cualquier sitio fuera de España. Buscamos un parking en el barrio céntrico y animado de Temple Bar, el más antiguo de la ciudad, que encontramos cerca de la calle William Street y salimos en búsqueda de un sitio para cenar. Las calles estrechas estaban abarrotadas de gente cenando y tomando algo, esto es algo que caracteriza a la capital irlandesa y es uno de sus atractivos, más que monumentos y edificios para visitar.

Tenía varios pubs apuntados para cenar así que buscamos uno de ellos cercano, el Pub O’Neill’s, pero ya tenían cerrada la cocina, y lo mismo en un par de ellos alrededor. Eran las 9 de la noche y nosotros muertos de hambre. Junto a la iglesia St. Andrew’s Church, finalmente encontramos uno que parecía italiano llamado Pacinos que todavía seguía dando cenas así que allí nos quedamos. Pagamos los 3 una cuenta de 74.50€, con un plato para cada uno, pizzas, un salmón para Rocío y cervezas, que como nos imaginábamos no son baratas, la pinta 5,5€. Teníamos ya nuestro primer encuentro con uno de los mitos de Irlanda, y eso que no somos muy cerveceros. La verdad es que no estuvo mal la comida, buena atención y sitio agradable.

Salimos del restaurante, y aunque estábamos cansados por el viaje, no perdimos la oportunidad de dar una vuelta por esas animadas calles y por supuesto fuimos en búsqueda del pub más famoso de Dublín y de Irlanda entera, ya sabéis cuál es, ¿no?

Efectivamente, hablo del Temple Bar, con su llamativa y bonita fachada roja, que data del siglo XIX y que goza de fama me atrevería mundial por su animado ambiente los 365 días del año y su música en directo.

Tras dar una vuelta volvimos al parking para recoger nuestro coche e ir al hotel, estábamos muertos. Descansamos muy bien, a pesar de una falsa alarma de incencio que nos levantó prácticamente de la cama y nos dejó en la calle unos 15 minutos hasta que llegaron los bomberos y comprobaron que todo estaba bien.

Domingo 26 de septiembre de 2021

Comenzamos el día a las 7 de la mañana, había que madrugar ya que no había mucho tiempo para visitar Dublín. Por la ventana entraba un sol espléndido que dejaba ver las edificaciones de ladrillo rojo tan típicas del Reino Unido y que me recordaban muchísimo a la zona del hotel en el que me alojé en Liverpool.

Ya con luz natural pudimos ver bien el hotel por dentro, que siempre me resultan curiosos estos edificios tan antiguos y llenos de historia. Parecía todo sacado de una peli británica del siglo pasado.

Lo de aparcar en la calle había sido otra aventura por la noche porque no sabíamos si había que pagar, parecía que sí leyendo una señal justo delante del B&B, pero preguntamos a un simpático viandante que nos dijo que en una calle cercana era gratis, así que ahí lo habíamos dejado. Nos despedimos de nuestro hotel aunque no por mucho tiempo porque volveríamos en 4 días.

El barrio residencial, lleno de casas de estilo victoriano y de enormes árboles, me encantó.

Dado que como decía el desayuno del hotel nos parecía bastante caro (12€) decidimos salir con el coche y buscar alguna cafetería.

Como había pensado ya antes de llegar, nos dirigimos cerca del museo de la cerveza Guinness para intentar aparcar cerca, ya que sería ésta nuestra última visita de la ciudad y desde allí ya partiríamos a última hora del día hacia Galway. La verdad que tuvimos la suerte de que era domingo y el aparcamiento en la calle donde pensábamos dejar el coche, apenas a una manzana del museo, era gratis, así que estacionamos y desde ahí buscamos una cafetería. Eran las 9 de la mañana y ninguna abierta, pensamos ¿no madruga nadie aquí a pesar de ser domingo?

Decir de Dublín que es por supuesto la ciudad más grande de Irlanda con alrededor de 1 millón de habitantes (a los que hay sumar 250,000 si le añadimos el área metropolitana), recordemos que el país tiene unos 5 millones. Es una ciudad joven, con una de las poblaciones de menor edad de Europa y en la que la música está muy presente (¿os suenan U2, Sinead O’Connor, Van Morrison?), y estas dos características hacen cada vez más atractiva esta ciudad a los visitantes, que se encontrarán una animada vida nocturna, pubs con muy buen ambiente y música en directo tanto en estos como en las propias calles.

Tras dejar el coche avanzamos por la Thomas Street y entramos en la imponente John’s Lane Church, fundada en 1874 y en la que destaca del exterior su torre de casi 80 metros de altura.

Y ya enseguida nos fuimos acercando a nuestra primera parada, al lado de la cual por fin encontramos una cafetería llamada Bite of Life donde tomamos unos cafés con croissants por los que pagamos 18.9 € y desde cuya terraza en el exterior permitía disfrutar de la vista de la espectacular Catedral de San Patrick, el templo más grande de toda Irlanda. Construída en el siglo XIII en honor al patrón del país y de estilo gótico, destaca por su arquitectura de piedra y su imponente aguja en la torre.

Decidimos entrar pagando los ocho euros de entrada y enseguida pudimos apreciar que tenían todo bien orientado a las visitas, tienda de recuerdos nada más entrar y un recorrido con audioguía para conocer todo lo que se expone en el templo, que no es poco, ya que está lleno de una gran cantidad de bustos, monumentos sepulcrales y lápidas en conmemoración de los ciudadanos irlandeses más célebres, como por ejemplo Jonathan Swift, famoso por ser el autor de la obra -los viajes de Gulliver-. Me gustó especialmente el coro de madera, del siglo XV y la pila bautismal, mantenida intacta desde su construcción en la Edad Media.

Salimos al exterior para dar un paseo por el agradable y pequeño jardín que tiene para dirigirnos a continuación a la otra catedral que junto a esta son los emblemas de la ciudad y del país, la también espectacular Christ Church, la más antigua de Irlanda. En 1172 comenzó la construcción de la actual iglesia de piedra, un proceso que se alargó hasta el siglo XIII.

Se puede visitar por dentro también donde destaca su impactante cripta construida en el siglo XII, pero llegamos demasiado pronto y se encontraba cerrada así que no nos quedó más remedio que seguir avanzando para aprovechar el tiempo.

A continuación nos introdujimos ya en las calles más comerciales de la ciudad y la primera tienda de souvenirs que vimos, allá que entramos, concretamente una muy cerca de la catedral, en la calle Lord Edward. Es increíble el merchandising que hay del país que inunda de verde las estanterías, y qué decir de la archifamosa marca Guinness, auténtico emblema del país que va más allá del punto de vista comercial.

Continuamos por esa calle y pasamos junto al ayuntamiento (City Hall), que por ser domingo estaba cerrado. Si tenéis la oportunidad podéis acceder a la parte visitable, que además es gratis.

Seguimos avanzando y hacía tan buen día que aunque no teníamos pensado entrar en el castillo que ostenta el nombre de la ciudad, nos acercamos a verlo aunque fueran los exteriores, con la buena fortuna de que debido al COVID la entrada era gratuita, así que no podíamos perder esta oportunidad. Hay que decir que es más bien un palacio que una fortaleza y que fue construido en los primeros años del siglo XII donde antes había existido un asentamiento vikingo. Sirvió de fuerte militar, prisión, tesorería, tribunal y actualmente se utiliza para celebrar reuniones y acontecimientos del estado como la toma de poder de los presidentes. Tiene habitaciones interesantes y si no has visitado muchos castillos, seguramente te guste, si ya has visto muchos, pues uno más, no me pareció nada imprescindible.

Continuamos el camino hacia el centro y ya sin monumentos a la vista hasta la visita que teníamos reservada en el Trinity Collegue a las 13h, decidimos dar una vuelta por las calles sin un destino determinado. No tardamos en toparnos con los ya modernos autobuses de dos pisos.

Pasamos junto a la famosa estatua de Molly Malone, personaje legendario irlandés que representa a una pescadera que por lo visto ejercía de vendedora por el día y de prostituta por la noche, ¿realidad o ficción? si os fijáis en la estatua y su desgaste en una zona de su cuerpo, os podéis imaginar donde es tradición echar mano…

Continuamos y pasamos junto a la St Ann’s Church, iglesia anglicana del siglo XVIII.

Al final de esa calle vimos un parque y yo que soy un amante de los parques y jardines de estos países en el que el verde parece pintado con pincel, no podíamos dejar de visitarlo, además con el día tan espectacular que hacía. Este se llama St Stephen’s Green, y ocupa unas nueve hectáreas. Por cierto, si os gustan las zonas verdes como a mí y disponéis de más tiempo, en Dublín tenéis el Phoenix Park, que abarca nada menos que 700 hectáreas, y ostenta el título de parque urbano más grande de Europa.

Desde aquí y ya con la proximidad de la hora de la visita al Trinity College, recorrimos las calles del centro más comerciales para dirigirnos hacia la famosa Universidad. Como souvenir más destacado además de los típicos, en Irlanda destacan todas aquellas prendas fabricadas en lana, como gorros, bufandas, calcetines, etc, no dejéis de comprar alguna si sois muy frioleros.

Y finalmente entramos en la universidad más famosa y antigua de Dublín, fundada en 1592 por la Reina Isabel I.

Nos dirigimos en primer lugar al enorme edificio que alberga la biblioteca, que fue fundada en el mismo año que la propia universidad y que curiosamente posee el derecho de recibir cada libro publicado en Irlanda. La biblioteca entera contine nada menos que tres millones de libros que están ordenados en ocho edificios.

Es sobre todo famosa por albergar el Book of Kells, cuya exposición es lo primero que se visita al entrar. Se trata de un manuscrito ilustrado por monjes celtas en el siglo IX en una isla escocesa y que luego fue llevado a Kells, un pueblo de Irlanda, donde se cree que fue terminado. Para mantener seguro el libro, fue enviado al Trinity College en 1653. Está considerado una joya del arte religioso por sus ilustraciones de gran belleza y técnica. Lo que se exhibe aquí son dos de los cuatro volúmenes existentes y la exposición cuenta con detalle la historia e incluso, con muchas medidas de seguridad, se puede ver de cerca el manuscrito, del que se exhibe una página cada día.

Y tras ver el insigne texto, accedimos por fin a la maravillosa Long Room donde nos quedamos con la boca abierta, qué preciosidad. Esta sala de unos 65 metros de largo fue construida a partir del año 1712 y allí se guardan 200.000 libros (casi todos los más antiguos). Como curiosidad y para hacerse una idea de lo actractivo del lugar, en el año 2018 llegaron a visitarla un millón de personas nada menos.

Además de los pasillos y estanterías llenos de libros antiguos es interesante apreciar ver la colección de bustos de mármol que representan a grandes filósofos, escritores y personas distinguidas.

Además en una vitrina se expone el arpa más antiguo que se conserva, el llamado Brian Boru, realizado en roble y sauce con cuerdas de bronce. Recordemos que el arpa es el símbolo del país, y por supuesto de la famosa cerveza Guinness, aunque al respecto hay una curiosidad que más tarde comentaré.

Tras disfrutar de la sala, bajamos a la inferior donde hay una tienda espectacular de souvenirs y objetos para los turistas, tras la cual salimos al exterior.

A continuación paseamos por los jardines y vimos todos los edificios de esta universidad, por la que han pasado alumnos tan importantes como Oscar Wilde, Samuel Beckett, Jonathan Swift o Bram Stoker. Es la única universidad de Irlanda entre las 100 mejores del mundo según QS World University Ranking y de su alrededor de 17,000 estudiantes, más del 50 % son extranjeros.

Enfrente de la entrada, os encontraréis al fondo de una plaza adoquinada (Parliament Square), la torre del campanario, de 30 metros de altura y que fue erigida en 1853 en el lugar donde se cree que estuvo el centro de un antiguo monasterio.

El campus es enorme, ocupa un total de 16 hectáreas y fue una pena que fuera domingo y no hubiera ambiente estudiantil, la visita hubiera sido diferente. Por lo que pudimos leer, existe la posibilidad de hacer visitas incluso guiadas de mayo a septiembre, pero no los domingos. Aquí os muestro el precioso Graduates Memorial Building (GMB) terminado en el año 1902.

Dejamos ya la universidad y dado que era casi la hora de comer nos acercamos a un pub mítico, el O’Neill’s, tomamos algo pero decidimos no comer allí porque sólo disponían de sandwiches y cosas más para picar que para comer «en serio». Eso sí, nos tomamos nuestras primeras sidras, nosotros, que somos más sidreros que cerveceros.

Continuamos ya directos a buscar un sitio, ahora sí o sí, para comer. Tenía apuntado otro pub, el The Oliver st John Gogarty, curioso por fuera, pero lamentablemente se encontraba cerrado.

Con lo que ya buscamos un sitio sin más miramientos. Finalmente nos paramos en un menú fuera de un pub, y una chica muy simpática que resultó ser española nos animó a entrar y finalmente entramos ya que la carta no parecía que estuviera mal. El restaurante se llama Quays y está en la animada calle Temple Bar. Pedimos, como no, el rey de la gastronomía británica, el célebre Fish & Chips.

La verdad que comimos bastante bien, y regados con sidras y agua, pagamos una cuenta de 70.45€.

Como teníamos la visita al museo Guinness a las 16h, y quedaba menos de una hora, nos fuimos acercando hacia allí, no sin antes disfrutar de un heladito, con un buen fondo, ¿no?

Y a la hora prevista entramos en la atracción número uno de la ciudad. Realmente el nombre del edificio, Guinness Storehouse, que significa en realidad más bien almacén que fábrica, fue construido en 1904 para ser utilizado como lugar de fermentación de la célebre cerveza y se encuentra en uno de los edificios de la destilería de la Guinness, conocida como St. James’s Gate Brewery. El edificio cumplió con su cometido hasta 1988 y en el año 2000 abrió sus puertas al público para mostrar sus exposiciones. Yo ya había leído que realmente no se visita la fábrica lo que para mí pierde un poco de interés, es más un mega bloque de siete plantas orientado 100% al turismo de masas.

Habíamos comprado las entradas por Internet desde la web del museo, pagamos 22€ cada uno y desde la página misma, no sé si debido al COVID, estás obligado a elegir la hora concreta en la que quieres llegar o la franja que está disponible, lo cual permite controlar el aforo.

Vayamos con un poco de historia, pero poca ¿eh?. La Guinness es una cerveza negra que se empezó a fabricar en el año 1759 en Dublín y tiene una particularidad que la hace muy especial: solo se elabora con 4 ingredientes, que son el agua, lúpulo, cebada y levadura. El color negro viene de la cebada, que está tostada a 232 grados, ni uno más ni uno menos.

Nada más entrar, accederéis a una planta llena de souvenirs, otro medio millón más de artículos de merchandising si no has tenido suficiente con todos los que hay repartidos por las tiendas de la ciudad. Todo el edificio tiene la estética de un antiguo edificio pero lleno de luces LED y pantallas de televisión que le da a todo una mezcla cuanto menos extraña.

La visita está organizada de abajo a arriba y en la planta primera comienza la explicación sobre su elaboración, donde el agua, como no, tiene un papel protagonista.

Otra planta contiene la antigua maquinaria que se utilizaba en la fábrica: un molino, un tostadero, un alambique y barriles gigantes de madera. Aquí te explican el oficio de tonelero, muy bien pagado para la época.

Todo muy interactivo y lleno de paneles audovisuales, a mí a veces me daba más la impresión de estar en un museo de la ciencia o algo así que en uno de la cerveza.

Otra planta invita a un recorrido por las campañas publicitarias de Guinness a lo largo de la historia.

Había leído que incluso en el museo podías hasta «tirar» una cerveza, osea servírtela tú mismo por la que te daban hasta un diploma pero esa parte estaba cerrada, supongo que como consecuencia del Covid.

En la séptima planta se encuentra el Gravity Bar, un bar acristalado donde puedes disfrutar de una pinta de Guinness (gratis, menos mal) con unas muy buenas vistas de Dublín.

Un par de curiosidades creo interesantes de esta célebre cerveza:

  • El arpa, actual símbolo de Irlanda, es una marca registrada de Guinness. Cuando el gobierno quiso utilizarla como símbolo nacional tuvo que ponerla invertida para poderlo utilizar.
  • El conocidísimo Libro Guinness de los Récords también tiene relación con la compañía cervecera, tuvo sus inicios en una pequeña disputa sobre qué ave volaba más rápido en un día de caza del director de la compañía en la la década de 1950 y sus compañeros de cacería.

Y aproximadamente sobre las 18h decidimos abandonar el edificio y dirigirnos al coche para dejar ya la ciudad.

Esta es la ruta que habíamos hecho en esta jornada comenzando y terminando el día en el museo de la cerveza Guinness, todo caminando, lo que demuestra que para ver lo principal de la ciudad, realmente no se necesita otro medio de transporte.

Un inciso si me lo permitís para recordar que otra de las atracciones más recomendables de Dublín es la cárcel de Kilmainham Gaol. Se trata de una antigua prisión en la que estuvieron presos muchos de los que lucharon por la independencia de Irlanda pero no pudimos visitarla porque ya no había plazas disponibles incluso desde tres semanas antes de nuestro viaje.

Y desde allí pusimos rumbo a Galway, al oeste de la isla y cuarta ciudad más populosa del país (tras Dublín, Cork y Limerick) con unos 83,000 habitantes (equivalente a por ejemplo Toledo o Pontevedra en nuestro país) y que le separan 200 kms de la capital.

Aquí comenzamos nuestro viaje por el resto del país. La verdad que no teníamos muchos días, sólo 3 más, con lo que tuvimos que priorizar el qué ver. Después de mirar bastante información, me decanté por el oeste y suroeste de la isla. Para ello descarté lugares como Irlanda del Norte, con su pasado lleno de historia, también otros atractivos lugares como la Calzada de los Gigantes o el puente colgante conocido como Carrick-a-rede, ambos al norte de la isla, pero había que elegir y desde luego que con 2 ó 3 días habría ido mejor para verlo bien, pero como siempre, el tiempo que se tiene es el que hay. Por cierto, la superficie de Irlanda es de 70,000 km2, un poco más pequeña que Castilla La Mancha.

Sobre las 20h y con bastante lluvia por el camino llegamos por una carretera de doble carril y pagando 4.5€ en peajes hasta prácticamente el pueblo de Kinvara donde teníamos nuestro alojamiento, y la verdad es que nos vimos muy gratamente sorprendidos. A la postre coincidiríamos en que este iba a resultar el mejor de todo el viaje.

Dejamos las cosas sin perder tiempo y nos acercamos a Galway, que aunque sólo estaba a 30 kms, tardamos una media hora, y es que ya empezamos a «sufrir» las carreteras comarcales irlandesas y sus estrecheces por las que a veces difícilmente caben dos coches. Los juramientos en hebreo de Manolo al volante se oían desde Dublín 🤣🤣.

Para este viaje decidimos llevar embutido desde España, y qué buena idea fue porque en este momento por ejemplo nos vino muy bien ya que llegábamos demasiado tarde a Galway para plantearnos que nos dieran de cenar. Aparcamos junto a los muelles y nos acercamos para comer de picnic, como no, junto a un monumento llamado Spanish Arch, construido en 1584 como extensión de la muralla para proteger la ciudad también desde el mar. Por lo que pude leer, su nombre viene de que durante una época allí desembarcaban muchos barcos mercantes españoles. Allí comimos nuestros bocadillos junto a la orilla del río Corrib.

Cuando terminamos, recorrimos la arteria comercial principal de la ciudad, la Quay Street, con multitud de pubs y comercios a ambos lados de la calle. Galway como decía es la cuarta ciudad más poblada de Irlanda y, debido a sus dos universidades, es también una de las más animadas, sobre todo en la zona que visitamos, el llamado Latin Quarter. Lógicamente no fue el caso cuando la visitamos, sobre las 9 de la noche, un domingo, víspera de un día laborable.

Pero un poco más adelante pudimos disfrutar de uno de los atractivos más famosos de la ciudad, la música en directo, con una banda tocando buena música en la calle y alrededor de ellos sí que se había organizado un grupo bailando y disfrutando de lo bien que tocaban.

Esta ciudad es una de las más visitadas de la isla esmeralda y suele ser un buen punto de partida para visitar el oeste de la isla y sobre todo los acantilados de Moher. Podéis visitar su catedral, la iglesia de San Nicolás, disfrutar de un día si el tiempo lo permite en los Docks (muelles) o la Eyre Square o dar un paseo por los canales del río Corrib pero lo principal como digo, y por lo que es conocido, es su ambiente, con sus animados pubs con música en directo.

Nosotros ya dimos por finalizado este intenso y largo día, cogimos de nuevo el coche y volvimos al hotel.

Lunes 27 de septiembre de 2021

Amanecimos el lunes pronto, sobre las 7 de la mañana y bajamos a desayunar. Nos esperaba una agradable y amplia sala, y una amable señora, propietaria del establecimiento.

Nos ofreció un menú con varias opciones a elegir para desayunar y unos elegimos tostadas y algo más ligero, y otros…el irish breakfast, como para ir a trabajar a la mina después 🙂

Salimos fuera y nos esperaba un espléndido día, seguíamos teniendo suerte con el tiempo. Pagamos los 90€ que costó nuestra habitación, un precio estupendo y nos despedimos de los simpáticos propietarios. Como ya he comentado este sería el mejor alojamiento de toda nuestra escapada.

El día anterior de camino a Galway habíamos visto un castillo en ruinas bastante chulo, y como estábamos cerca decidimos acercarnos. Aquí está con nuestro flamante coche en primer término.

El castillo se llama Dunguaire, construido en el siglo XVI y su posición, junto al agua, le hace de lo más fotogénico. Esta casa-torre de 23 metros de altura fue reconstruido recientemente y es visitable por dentro.

Y ya tomamos dirección hacia el sur para acercarnos a disfrutar del seguramente el plato fuerte del viaje, los acantilados de Moher. Fijaos en la estrechez de algunas carreteras, literalmente invadidas por la frondosa vegetación.

Y después de unos 45 kms en los que emplearéis casi una hora, llegaréis a los famosos «cliffs».

Para ver los acantilados hay un parking oficial en el que hay que pagar entre 7 y 10€ por persona dependiendo la hora del día en la que llegues (actualizado sept 21) pero si quieres ahorrarte unos euros, puedes seguir un poco más al sur y desviarte por un camino de tierra y aparcar en una finca de un particular, esto es lo que hicimos nosotros y pagamos 5 euros por persona. Poner en Google Maps Guerin’s Path Moher si queréis hacer lo mismo.

Desde mi opinión la situación de este parking es incluso mejor porque permite comenzar viendo la parte más al sur de la que va todo el mundo, desde donde hay una perspectiva espectacular. Este es el punto y su distancia con respecto al parking oficial.

Los acantilados se extienden a lo largo de 8 kilómetros hasta alcanzar una altura de 214 metros. No son ni mucho menos los más altos de Europa ni incluso de Irlanda, pero son famosos por su espectacularidad y por su disposición tan fotogénica.

Dejamos el coche y a nuestro alrededor pudimos disfrutar de un paisaje espectacular, verde y más verde y afortunadamente veíamos el sol asomarse entre las nubes.

Si tenéis mucho tiempo podéis recorrer todo el litoral, ya que hay un sendero que recorre los acantilados en toda su longitud. Por supuesto hay oferta para visitarlos en autobús desde Dublín o desde Calway, con excursiones de un día, y también se pueden apreciar desde el mar, que sin duda serán más espectaculares si cabe.

Lo primero que observaréis es que todo el litoral de la zona más visitada por los turistas está acotada con piedras a modo de barandilla para que no se acerque uno al borde y pueda existir el peligro de caer al vacío.

Como ya os indiqué antes, el parking te deja más al sur de la zona del centro de visitantes, es un área menos transitada y se tiene una perspectiva diferente de la típica y más fotografiada. Además, y desde luego no lo recomiendo si váis con niños o sopla mucho viento, pero podéis acceder a alguna parte en la que no tenéis el borde y podéis apreciar la altura en su totalidad, absolutamente ESPECTACULAR.

Brillaba un sol estupendo aunque poco a poco la cosa iba a cambiar y teníamos la impresión de que en cualquier momento caería algún chaparrón, porque lo veíamos a lo lejos.

Continuamos hacia el norte para acercarnos al centro de visitantes.

Y en pocos minutos llegamos a la zona del centro de visitantes desde donde podréis apreciar la perspectiva más célebre de los acantilados. Tengo que decir que la que habíamos visto antes no desmerecía a esta, sobre todo también porque en este punto y debido a las protecciones que no permitían acercarse al borde, no se aprecia tanto la espectacularidad de la altura y la fuerza del océano.

El tiempo se complicaba y de repente se puso a llover a mares con lo que nos refugiamos en el centro de visitantes, que no hay que pagar por entrar. Tomamos un café con algo dulce (17.45€) en su espectacular restaurante enclavado en una pequeña colina. En el centro hay una tienda de souvenirs y una exposición donde te dice cómo se formaron los acantilados y diversas informaciones interesantes.

Cuando de nuevo apareció el sol nos acercamos a la zona más al norte, visitando primero la Torre O’Brien, una torre circular de piedra que fue construida por Sir Cornellius O’Brien en 1835 como mirador para los cientos de turistas que acudían al lugar ya en aquel tiempo. Teníamos la suerte de que no había muchos visitantes ese día con lo que pudimos subir sin apenas esperar y la verdad que la vista no es la mejor porque primer suele soplar mucho viento y luego la forma de la torre con las almenas no deja mucho espacio para ver el paisaje. Desde abajo la vista tengo que decir que es parecida.

Y tras pasar aproximadamente un par de horas, decidimos volver al coche para continuar nuestra ruta. Íbamos bien de tiempo así que decidimos parar a comer en la tercera ciudad más populosa de Irlanda, (unos 94,000 habitantes) Limerick, a la que llegamos tras unos 80 kms y por carreteras ya bastante mejores.

Nos metimos en la ciudad y buscamos un sitio para aparcar, decidimos entrar en un centro comercial, en el Arthur’s Quay Shopping Centre donde en su última planta encontramos un buffet e improvisamos un menú para saciar nuestra hambre (39.45€ pagamos los tres con un plato cada uno, bebida y café).

Una vez comidos, decidimos salir a dar una vuelta y nos acercamos a ver un par de iglesias, primero la St. John’s Church, iglesia católica contruida en 1852 y con un cementerio al lado.

Y luego la más espectacular St John’s Cathedral, católica y fundada en 1856 y con la aguja más alta del país con nada menos que 94 metros de altura, también la encontramos cerrada pero por fotos del interior, parecía bastante sobria.

Desde allí volvimos pasando por delante del Milk Market para coger el coche y acercarnos a la espectacular Saint Mary’s Cathedral, que entre el día que hacía, muy nublado, y el cementerio anexo, parecía de lo más siniestro. Su construcción data del siglo XII, lo que la convierte en la más antigua de la ciudad. Destaca por encima de todo sus vidrieras, la sillería del coro y el altar.

Cuando estábamos visitándola, nos cayó un tormentón del que tuvimos que refugiarnos como pudimos. El cementerio, como otros de este viaje, típicamente irlandés, oscuro, húmedo y lleno de cruces celtas, ejercieron sobre mí una atracción especial que no sabría explicar.

El clima ya no daba para más, no tenía visos de que despejara, así que nos despedimos de la ciudad viendo por fuera otra de las atracciones principales de Limerick, el castillo del Rey Juan (King John’s Castle) del siglo XIII y situado junto al río Shannon.

Avanzamos hacia el sur y nos desviamos para conocer un pueblecito que había leído que tenía unas construcciones de lo más curiosas y es considerado uno de los más bonitos de Irlanda, Adare. Llegamos por una carretera rodeada de campos de un verde que enamora, son espectaculares, incluso vimos un hombre a caballo con su americana roja y sus perros de caza que automáticamente me llevaron a esas imágenes tan típicamente británicas de la caza del zorro.

Llegamos al pueblo y aunque había bastante tráfico aparcamos enseguida. A un lado de la carretera vimos la Trinitarian Abbey, que la verdad que parecía muy interesante y la visitamos por dentro. Por lo que pudimos leer de su historia, el edificio fue construido para la Orden en el siglo XIII convirtiéndose en el único monasterio trinitario del país. Actualmente es utilizado como iglesia local.

Y enseguida ya vimos las construcciones características que hacen famoso a este pueblo, con esos tejados de paja que asemejan ser las viviendas de algún personaje tipo duendes, elfos, etc. Algunas son tiendas, otras pequeños hoteles y otras particulares.

Como luego preguntamos en un pub donde tomamos algo, había cero turismo sobre todo porque era lunes y por lo visto la localidad no se anima hasta el fin de semana en este mes de septiembre. Dimos un mini paseo apreciando de las curiosas edificaciones.

De repente cayó otra tormenta tremenda que nos hizo refugiarnos en un pub donde dimos buena cuenta de otra sidra Bulmers.

Enseguida nos dimos cuenta de que el pueblecito en realidad no tiene más que una calle, así que decidimos continuar nuestra ruta. Estoy seguro que con más animación nos habría gustado más. Eso sí, cuando nos íbamos vimos otro parque de esos que enamoran, el Adare Town Park.

Continuamos hacia el sur hacia el que sería nuestro B&B para esa noche pero como todavía no era muy tarde, decidimos ir antes a otra localidad interesante y cercana, Killarney.

Esta sí es la estrella del turismo de esta zona suroeste del país y una de las localidades más visitadas de la isla.

Dejamos el coche en un parking grande cerca del centro y nos dispusimos a dar una vuelta por él. Eran sobre las 8 pm así que de nuevo nos lo encontramos bastante desangelado y las tiendas o cerradas o a punto de cerrar.

La ciudad es muy agradable y además de sus edificios más importantes atrae mucho el centro con sus coloridas casas y por la tarde sus animados pubs (esto lo imaginamos porque un lunes….). Muy cerca de la calle principal nos acercamos a la St Mary’s Church, construida a finales del siglo XIX y cuyos colores de su iluminación verde, como no, la hacían cuanto menos diferente. A pesar de lo tarde que era pudimos visitarla por dentro.

Entramos en un par de tiendas de recuerdos y volvimos al coche, ya era bastante por ese día.

Desde allí nos dirigimos a la localidad de Tralee, a unos 30 kms, donde teníamos el B&B de ese día, llamado Manorlodge, que la verdad, no fue sinceramente el mejor de todos, la habitación necesitaba una renovación y era bastante ruidosa.

Esta es la ruta que habíamos hecho ese día, la verdad que sin agobios y sin prisas, se puede hacer perfectamente.

Martes 28 de septiembre de 2021

Al día siguiente madrugamos de nuevo y nos encontramos con la propietaria que resultó ser muy simpática y agradable y nos ofreció un buen desayuno. Dejamos atrás ya los almuerzos copiosos y nos decantamos ya por el tradicional café y tostadas. Por este alojamiento pagaríamos 94€, desayuno incluido.

Y ese día pusimos rumbo al oeste dispuestos a hacer seguramente la ruta más turística de la isla esmeralda, el conocido Ring of Kerry, que recorre la península de Iveragh en el condado de Kerry. Había leído que viajeros recomendaban también la Península de Dingle, pero no teníamos tiempo suficiente, y había que elegir.

Había leído opiniones de mucha gente que afirmaban que se necesitan dos días al menos para recorrer la península, yo no les quitaré la razón, pero tengo que decir que si no tienes todo el tiempo del mundo como era nuestro caso, la puedes hacer en un día perfectamente, sólo que obviamente tienes que priorizar los lugares en los que queréis pararos.

Comenzamos el trayecto en sentido contrario a las agujas del reloj, de este a oeste. Por el norte circulamos junto a la costa, viendo a lo lejos la península de Dingle y con las nubes amenazando lluvia, hay que saber que en el oeste de Irlanda, llueve mucho más estadísticamente que en el este.

Tenía apuntado ir a ver un castillo en ruinas, el Ballycarberry Castle, construido donde ya había una residencia en el siglo XIV, pero cuyas ruinas actuales fueron construidas en el siglo XVI. La verdad que no parecía nada del otro mundo y además no se puede uno ni acercar por peligro de derrumbe pero la vista aún desde unos metros la verdad que me gustó, eso sí, el camino para llegar es estrecho, no, lo siguiente.

Por esta zona podéis visitar algunas fortificaciones circulares de piedra con más de 1000 años de antigüedad como el Fuerte de Cahergal y el de Leacanabuile pero la verdad es que preferimos dedicar nuestro limitado tiempo a ver otros lugares. Coo siempre digo, para gustos, los colores.

Continuamos hacia el oeste y nos salimos de la ruta marcada para ir todavía más al oeste, algo que RECOMIENDO HACER SÍ O SÍ. Llegamos a Portmagee, desde donde salen ferrys hacia la cercana isla de Valentia. Llovía bastante en este momento así que decidimos no bajar, tampoco vimos nada especialmente interesante aparte de las casas de colores, que bajo la lluvia no destacaban precisamente.

Tras esto nos acercamos a un punto que tenía marcado como importante, los Kerry Cliffs. Pagamos 4€ cada uno y subimos a una pequeña colina, al fondo de la cual estaban los acantilados. Coincidí con mis compañeros en que este punto fue de lo mejor del viaje. El sitio es espectacular

Los acantilados tienen 300 metros de altura y 400 millones de años de antigüedad. Nos llovió y luego nos salió el sol, y con la luz del sol los acantilados lucían maravillosos. No os los perdáis, la verdad que a nosotros nos encantó, muy recomendables.

Dejamos los acantilados y rodeados de paisajes espectaculares tomamos el llamado Anillo de Skellig.

Este trazado, de unos 35 kilómetros entre estrechas carreteras secundarias, llega a algunas de las zonas con más encanto de la Península Iveragh, paisajes muy muy bonitos.

No dejaréis de ver viviendas muy chulas y siempre renovadas, no vimos ninguna que no estuviera en casi perfecto estado de conservación y con su maravillosos céspedes alrededor.

Desde aquí se ven bien las curiosas islas Skellig, a las que incluso se puede llegar en una excursión bastante exclusiva desde Portmagee. Estas islas son famosas por su forma tan original, pero sobre todo por un tema cinematográfico. Aquí se rodó prácticamente en secreto en 2014 escenas de la película Star Wars: El despertar de la fuerza. Además otro hecho curioso de estas islas es que en la principal hay un monasterio construido en el siglo VI, y que estuvo habitado hasta el siglo XIII.

Toda esta zona sí que es muy muy bonita y para mí fue lo mejor del recorrido por la península.

Llegamos finalmente a Ballinskelligs, con su monasterio y su castillo en ruinas al borde del mar. De nuevo apareció la lluvia así que la visita fue vista y no vista pero el lugar tenía muy buena pinta.

Regresamos a la carretera del recorrido «oficial» del Ring of Kerry para continuar hacia el este. Alcanzamos Waterville, donde hicimos una parada para tomar algo en un pub. A ratos llovía pero en un momento apareció un sol espléndido, y no sé si fue por eso o por el pueblo en sí, que personalmente este sí me encantó. La zona de la costa frente al mar, lo verde de la inmensa pradera, me atrajo mucho. Este pueblo, de apenas 500 habitantes leeréis por todos lados que es famoso por sin embargo una persona muy muy grande, y no por su tamaño precisamente.

No sé si por la estatua lo habréis reconocido, se trata de Charles Chaplin, que parece que se enamoró de este rincón y pasó sus vacaciones en Waterville durante más de diez años. Él y su familia solían alojarse en el hotel Butler Arms (situado frente al mar y que todavía está abierto). Supongo que lo que Charlot buscaba aquí era tranquilidad…

Además de por este personaje, también es famosa esta diminuta localidad porque aunque el primer cable de telégrafos transatlántico entre Europa y Norteamérica llegó a la cercana isla de Valentia, más al norte, fue en Waterville donde se estableció la primera estación. Esto la convirtió a finales del siglo XIX, en el principal núcleo para la Commercial Cable Company en Europa.

Continuamos nuestro camino disfrutando de estos preciosos paisajes costeros y buscando ya un sitio para comer.

Finalmente paramos en el O’Carroll’s Cove Restaurant, una vez pasado el pueblo de Caherdaniel.

Comimos Manolo y yo un fish@chips y Rocío un plato llamado en la carta «Supreme of chiken» y la verdad es que pasamos una comida muy agradable sentados en una terraza cubierta frente a unas cristaleras y viendo el mar.

Pagamos 62.6€ por un plato y bebida cada uno y la verdad es que nos gustó bastante, lo recomiendo sin duda. También por el entorno porque tiene una playa delante (Brackaharagh Beach) con muy buena pinta y que debe ser bastante visitada porque incluso en esa época había bastantes caravanas, ¡¡hasta vimos a una chica valiente darse un baño!! oh my God!!

Estuvimos un rato disfrutando de la arena de la playa y del sol que hacía para luego continuar ruta. Cruzamos más adelante Sneem, más casas de colores y un río que divide el pueblo en dos, dejando una plaza a cada lado y una bonita cascada en medio bajo un antiguo puente de piedra…. no paramos porque lo haríamos en el cercano Kenmare.

De vez en cuando encontrábamos paisajes y regalos que nos proporciona la naturaleza, que espectacular🌈

Por esta carretera os adentraréis en un bosque, y eso aunque no parezca raro en un país tan verde, sí que lo es por lo que os voy a contar que espero os interese.

Hay una cosa que sorprende rápidamente del paisaje de Irlanda, la ausencia de árboles y de bosques. Hay que saber el país fue una vez una tierra de bosques, llegó a estar cubierta por un 80 por ciento, pero actualmente, con tan sólo un 11, tiene una de las tasas más bajas de Europa. A principios del siglo XX, incluso el área forestal de la isla se había reducido a menos de un ¡¡¡uno por ciento!!! de su masa terrestre total y fue la actividad humana la que causó la mayor parte de los daños a lo largo de los siglos. En los últimos años parece que el gobierno no ha dejado de fomentar la reforestación, y se ha puesto como objetivo plantar nada menos que 440 millones de árboles en los próximos 20 años, increíble ¿no?

En una media hora y por la carretera más cercana a la costa llegamos a Kenmare, pueblo más importante y uno de los más grandes del anillo de Kerry. Una de las cosas más llamativas es la forma en que están distribuidas las calles, que forman una X muy original y que parece que fue hecho expresamente. Aquí bajamos a dar un paseo por esta agradable localidad también porque de nuevo volvió a salir el ansiado sol.

Aquí es de obligada visita la bonita iglesia Holy Cross, consagrada en 1864 y que podréis visitar gratuitamente su interior.

Y tras la parada reanudamos la marcha para circular hacia el norte, en busca del pueblo de Killarney por la carretera N71 a la que enseguida comenzaréis a ascender hacia el desfiladero de Moll’s Gap. Este puerto de montaña atraviesa las Macgillycuddy’s Reeks, el macizo montañoso en el que se localizan los picos más altos de Irlanda, liderándolo Carrantuohill, con unos 1,000 metros de altura.

En el punto más alto del desfiladero de Moll’s Gap se encuentra el Avoca Cafe, una de las tiendas y cafeterías más pintorescas de esta cadena irlandesa. Es un buen lugar para tomar un café con dulces y comprar alguna cosa, eso sí, todo a «módicos» precios. Casi desde la puerta de nuevo pudimos disfrutar de otro precioso arco iris 🌈

Aquí, como no, teníamos que aprovechar para hacernos la foto de rigor…

¿Próxima parada? otro lugar muy popular y con un panorámica espectacular, el mirador llamado Ladies View. El nombre al parecer proviene de la admiración de las damas de honor de la reina Victoria durante su visita en 1861.

Nosotros nos detuvimos en el primer mirador que encontramos, un poco más abajo hay otro con un restaurante.

Toda esta zona ya pertenece al Killarney National Park, el primer parque nacional creado en Irlanda en 1932. A partir de esa fecha, el parque se ha ido ampliando hasta alcanzar las 10,000 hectáreas que ocupa hoy en día. Una cuarta parte de esta extensión está ocupada por los tres lagos de Killarney: Lough Leane, Muckross Lake y el Upper Lake. Este fantástico parque nacional es el paraíso de los montañeros, aquí sí que os gusta la montaña y tenéis tiempo, podéis pasar más de una jornada haciendo treking y descubriendo lugares como por ejemplo la cascada de Torc que suele ser muy visitada.

Eran ya sobre las 18h así que bajamos hacia Killarney rápidamente con el objetivo de visitar las últimas joyas de este Ring Of Kerry. Por un lado la Muckross House (una mansión victoriana del siglo XIX con visita de pago) y la Muckross Abbey (una abadía fundada en 1440 como un convento franciscano y que actualmente se encuentra medio en ruinas) pero lamentablemente cuando llegamos ambos lugares ya estaban cerrados, eso sí, el bosque por el que se accede es espectacular.

Pero lo que no nos íbamos a perder por nada del mundo era el precioso y fotogénico Castillo de Ross, a orillas del lago Leane. Fue construido en el siglo XV por el clan local de los O’Donoghue y se trata del último castillo que resistió las embestidas del militar y líder político Oliver Cromwell.

Hoy en día se puede visitar su interior por libre o mediante visita guiada de pago, pero el acceso exterior está siempre disponible. El lago Leane que casi lo circunda es bastante grande y en él se realizan cruceros fluviales. La verdad es que la vista del castillo junto al lago, es una de las más bonitas que nos dejaría el país y con un atardecer espectacular.

Del que no pudimos disfrutar porque cogimos el coche rápidamente para llegar antes de que se cerrara otro lugar imponente, este ya en Killarney, la Catedral de Santa María. Una de las iglesias neogóticas más importantes de Irlanda y que por lo que leímos sólo tardaron 13 años en construirla (1842-1855), pero es que las obras estuvieron paradas durante cinco de esos trece años. Este parón fue consecuencia de la Gran Hambruna, también llamada Hambruna de la patata, un período que supuso que Irlanda perdiera nada menos que entre un 20 y un 25% de su población, ¿os imagináis algo semejante hoy en día?.

Si la catedral es espectacular por fuera, por dentro es maravillosa y recomiendo sí o sí visitarla (es gratuita). Con un interior de dimensiones mayores a todas las que habíamos visto desde que salimos de Dublín, fue contruida en piedra y destaca por encima de todo su espectacular órgano.

Y con esta última visita dimos por finalizado el recorrido por el Anillo de Kerry. Esta fue la ruta completa que hicimos ese día y la verdad que tengo que decir que aunque larga, no se nos hizo pesada, también porque a nosotros, como se suele decir, nos va la marcha.

Teníamos nuestro alojamiento ese día en Cork, a unos 90 kms, así que llegamos ya allí por una buena carretera ya bien entrada la noche. El B&B en esta ocasión se llamaba Belvedere Lodge, por el que pagaríamos 107€ con desayuno. Otra vez una habitación con muebles y decoración de la época de nuestras abuelas pero que poco nos importó al coger la cama para descansar después del día largo que habíamos tenido.

Miércoles 29 de septiembre de 2021

Nos levantamos este último día ya sin madrugar tanto porque teníamos el día más holgado que las jornadas anteriores. Desayunamos tranquilamente en un salón casi al aire libre y en el que hacía más bien frío y dejamos nuestro alojamiento. Lucía un día espléndido sin una sóla nube que auguraba una buena jornada.

Nos apetecía mucho visitar Cobh, una ciudad portuaria de unos 13,000 habitantes ubicada en la ría de Cork y que forma parte del complejo portuario de esta ciudad. Una foto de ella nos había enamorado antes de venir y teníamos que verla con nuestros propios ojos así que pusimos rumbo a ella a la que llegamos en apenas 20 minutos. Aparcamos el coche sin tener que pagar en una de las calles anexas a la catedral y nos acercamos a verla. Era pronto y sus puertas estaban cerradas, pero la visitaríamos más tarde. Las vistas desde los alrededores del templo eran imponentes.

Decidimos bajar hacia esta zona e hicimos bien porque nos gustó mucho toda esa parte.

Dimos un paseo junto al mar, donde vimos el museo conmemorativo (Titanic Experience Cobh) que recuerda la efeméride por la que es más famosa esta ciudad portuaria, el Titanic. Y es que Cobh fue el último puerto donde paró el famoso buque antes de naufragar en aguas de Terranova. Recordemos que zarpó de Southampton con destino a New York pero antes hizo paradas en Cherburgo (Francia) y por último en Cobh.

No había prácticamente gente por esa zona, por supuesto cero turistas así que decidimos ir en búsqueda de las casa de colores y su panorámica con la catedral al fondo. Las casitas, todas iguales, puestas en fila en una empinada calle, la verdad que eran de lo más fotogénicas. Enseguida me vinieron a la mente las famosas Painted Ladies de San Francisco que pude visitar en uno de mis viajes (https://apasionadosporviajar.com/2018/06/02/15-dias-por-el-oeste-americano/)

Para la panorámica, el sol que tanto nos hacía sentir bien no nos ayudó esta vez 🤣 porque estaba tan bajo que no se apreciaba la espectacularidad de la panorámica, pero bueno, lo importante era poder verlo con nuestros propios ojos y nos encantó.

Por supuesto no nos fuimos de la ciudad sin visitar el interior de la espectacular y grandiosa Catedral Saint Colman’s, iniciada en 1868 y terminada ya a comienzos del siglo XX y que como curiosidad os diré que posee nada menos que 49 campanas que la hacen inigualable tanto en Irlanda como en el Reino Unido.

Después de esta visita, en un principio tenía apuntada la posibilidad de acercarnos a ver el castillo de Blarney, pero finalmente leí muchas opiniones que hablaban de que no merecía pagar la cara entrada para lo que se veía del castillo y menos por ver la llamada «Piedra de Elocuencia», además tanto en este día como en los previos ya habíamos visto bastantes castillos y fortalezas, con lo que decidimos visitar Cork, la segunda ciudad más populosa del país.

Dejamos el coche en un parking subterráneo y dimos una vuelta por la zona comercial, recorriendo la pequeña isla que crea el río Lee al bifurcarse. Cruzamos la St. Patrick’s Street, llena de comercios, bares y restaurantes y vimos el English Market. Continuamos hasta que nos encontramos con el río Lee al sur y nos acercamos a ver aquella inglesia de imponentes agujas que se veía al fondo.

Era la Fin Barre’s Cathedral, terminada en 1879 y levantada sobre el espacio que ocupaba un antiguo monasterio del siglo VII, la verdad que muy bonita.

Tras esto y dado que era por la mañana y un día laborable, había un ambiente lógicamente más de día laborable que de puro turismo. En fin de semana habríamos podido ver el Mother Jones Flea Market pero todavía teníamos un largo camino hasta Dublín lleno de paradas interesantes así que decidimos emprender la marcha.

A unos 80 kms teníamos un castillo interesante y que merecía una visita, el castillo de Cahir, había visto que era muy bonito, y además era gratis este año por el COVID así que no podíamos perder esta oportunidad.

Construido en 1142 es uno de los castillos más grandes y a la vez mejor conservados del país y tiene un emplazamiento espectacular, junto a un río y situado en lo alto de un peñón.

Entramos dentro y la verdad que había poco para visitar, los patios interiores y poco más, las estancias o estaban cerradas o tenían poco que ofrecer pero es verdad que el castillo es muy muy bonito.

Ya era hora de comer así que buscamos un sitio donde saciar nuestra hambre. Preguntamos a un lugareño y finalmente fuimos al Cahir House Hotel, y aquí te das cuenta de nuevo de la gastronomía tan extraña que tiene Irlanda y el Reino Unido en general. Platos en la carta como alitas de pollo, hamburguesas, mezcladas con ensaladas raras, sopa de tomate, etc. Pagamos 42.35€ por un plato cada uno y bebida, y la verdad, ni fu ni fa…

Continuamos nuestro camino para llegar a un plato fuerte de la ruta y del país en general, la fortaleza medieval conocida como Rock of Cashel. Este lugar, además de por su importancia histórica es espectacular porque al encontrarse en un promontorio elevado, lo vas viendo desde lejos y creerme, impresiona.

Aparcamos en el parking que hay, y ojo porque media hora es gratis, pero si superas esos 30 minutos te cobran ya tarifa plana, 4,5€. Accedimos al recinto pagando la entrada, que no es barata precisamente pero el lugar lo merecía.

Desde sus modestos comienzos, se fueron sucediendo edificaciones encima de la Roca hasta convertirse en el complejo de estructuras que podemos ver hoy en día. Encontrarás una torre redonda, una capilla románica, una catedral gótica, una abadía, el llamado Salón de los Vicarios Corales y una casa torre del siglo XV. La mayoría de ruinas pertenecen a edificios religiosos construidos a posteriori en los siglos XII y XIII.

Rock of Cashel fue desde el siglo V el centro de poder de los reyes de Munster. Este reino ocupaba toda la zona suroeste de la isla y permaneció más de 1,000 años llegando a ser el más próspero del país. Aquí fue donde San Patricio, patrón de Irlanda, convirtió al rey de Munster al catolicismo.

Lo primero que encontraréis en el recorrido por la derecha del complejo será la catedral gótica, construída a mediados del siglo XIII.

Encontaréis enseguida la llamada Hall of the Vicars Coral, en la que en su cripta se puede contemplar la auténtica Cruz de San Patricio. Desafortunadamente se encontraba cerrada, como no por la maldita pandemia, así como la capilla de Cormac, quizás la joya de Cashel, que contiene los únicos frescos románicos que se conservan en Irlanda y que no pudimos ver tampoco.

Capilla de Cormac

Continuando el recorrido rodeando la catedral, veréis la torre redonda, construida probablemente en el primer tercio del siglo XII. Es este el edificio más antiguo de toda la estructura.

Rock of Cashel siguió usándose para el culto durante siglos, hasta que se abandonó definitivamente a mediados del XVIII.

Desde la Roca, que como decía se encuentra en una colina elevada, hay unas fantásticas vistas del pueblo de Cashel y de la campiña irlandesa, paisajes verdes sin fin que merecen la pena ya sólo poder sentarse un rato y disfrutar del paisaje.

También si tenéis suficiente tiempo podéis visitar las ruinas de la Abadía de Hore que se encuentra a apenas 2 kms de distancia. En nuestro caso ya eran las 17h y todavía nos quedaba por visitar Kilkenny así que decidimos emprender la marcha.

Llegamos a la visitada e interesante localidad de Kilkenny tras recorrer unos 50 minutos (normalmente si en Irlanda no tomáis alguna autopista, los kilómetros suelen ser equivalentes a los minutos para alcanzar vuestro destino).

Dejamos el coche en un amplio parking (en el Market Yard Car Park) y nos dirigimos rápidamente a visitar la joya de la ciudad antes de que cerrara, el castillo, otra nueva fortaleza pero esta muy bien conservada y con un interior con bastante más cosas para ver que todos los anteriores visitados hasta ahora.

Entramos sin pagar entrada porque así parece que lo han decidido tras su apertura cuando lo ha permitido el COVID, supongo que para de nuevo atraer a los visitantes.

Castillo de Kilkenny

El edificio fue levantado a principios del siglo XIII por orden de un noble normando aprovechando la torre ya existente. En 1360 la poderosa familia Butler de Ormond, de origen también normando, se hizo con la propiedad del castillo, del que disfrutarían los siguientes 600 años.

Pero por lo que pudimos leer, en 1967 la familia Butler decidió ya deshacerse del castillo que se encontraba casi en estado ruinoso, adquiriéndolo el estado irlandés por 50£. A partir de ese momento empezó una remodelación costosísima que le ha dado el fantástico aspecto que ahora tiene, con unos jardines impresionantes junto al río Nore.

El interior nos gustó mucho, con algunas salas con mobiliario original cuidadosamente restaurado. Nos encantó este salón y por supuesto la biblioteca.

Curiosa esta sala a modo de guardería con juguetes de la época, que los que tenemos hijos podemos comparar con los que tienen en la actualidad.

Pero la sala que me dejó boquiabierto fue el maravilloso Salón de los Retratos.

Visitamos la cocina, que a mí siempre me parece interesante, esta de estilo victoriano y hasta casi nos perdemos, pero finalmente a la hora de cierre salimos ya del recinto y nos dirigimos a recorrir las calles principales de la ciudad.

Tomamos la Hight Street de esta localidad de unos 22,000 habitantes y que destaca por su actividad cultural, con diversos festivales a lo lago del año. También es conocida como la ciudad del mármol y de la cerveza tostada.

High Street

Recorrimos esta calle y es verdad que siendo un miércoles y la hora que era, ya no había mucha animación.

Aquí a la derecha en la foto inferior podéis ver los arcos que pertenecen al ayuntamiento, un antiguo edificio aduanero construido en 1761 conocido como Tholsel.

Por lo visto Kilkenny se llena de ambiente los fines de semana, no sólo de turismo extranjero si no del propio país, que llegan desde sus 3 ciudades más importantes, Dublín, Cork y Killarney, que se encuentran más o menos a la misma distancia de aquí.

A pesar de todo decidimos tomar algo en un pub y degustar la que sería la última sidra y cerveza de este viaje. El dueño del local nos ratifica que ese día no, pero que a partir del jueves las calles y pubs se llenan de ambiente con mucha música en directo, lástima no poder disfrutar de ello.

Muy cerca de las calles principales se encuentra la Catedral de Santa Maria, un templo neogótico del siglo XIX que domina el skyline de la ciudad con los 56 metros de altura de su torre.

Y como ya estaba oscureciendo y teníamos que volver a Dublín, decidimos volver al parking donde habíamos dejado nuestro coche para hacer nuestra última etapa del viaje.

En Kilkenny si disponéis de más tiempo también podéis visitar la fábrica de la cerveza Smithwick’s. También la abadía llamada Black Abbey o la imponente catedral de St. Canice, edificios de gran importancia arquitectónica e histórica. Desde este templo parte la denominada Medieval Mile o milla medieval, que recorre los monumentos más importantes de la ciudad y que termina en el castillo.

Y ya pasadas las 21h llegamos a nuestro alojamiento en Dublín, que fue el mismo que cuando llegamos a la ciudad, el Egans House, por la que pagamos algo menos que la del sábado pasado, 94€ esta vez, recordemos sin desayuno

Esta había sido la ruta de este último día en la isla Esmeralda.

Y ya al día siguiente tomamos el vuelo muy temprano con Ryanair que nos devolvería a Madrid.

Volviendo la vista atrás, este viaje o más bien escapada de unos días a Irlanda, es verdad que a pesar de que no dispusimos de mucho tiempo nos permitió ver bastante del país y disfrutar de sus paisajes y sobre todo sus castillos e iglesias. Seguramente echamos de menos más animación y más turismo que nos habría permitido disfrutar más del ambiente de los pubs del país, pero en septiembre y viajando de domingo a jueves no es fácil. Esto no empaña el haber disfrutado recorriendo intensamente este verde país lleno de naturaleza y pensar ya en algún día poder recorrer también el norte de la isla.

Espero que mi relato os pueda ayudar a elegir lo más interesante del país y que por supuesto os anime a visitarlo, como suelo decir, cualquier rincón del mundo tiene siempre algo interesante que merece la pena una visita.

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